Tipo de cambio:

Compra: 3.231

Venta: 3.236


Año del Buen Servicio al Ciudadano
MIÉRCOLES 13

de diciembre de 2017

ANDRÉS ‘CHIMANGO’ LARES. VIOLINISTA

“He sabido salir desde abajo”

Con 47 años de carrera como violinista de danzantes de tijeras, el músico ayacuchano es uno de los baluartes del folclor andino.

11/6/2017


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Foto: Dante Zegarra

Hace 45 años que Andrés ‘Chimango’ Lares vive frente a los Pantanos de Villa, desde cuando ‘El Maleño’ o el de Pucusana eran los únicos buses con los que se llegaba a esa parte de Chorrillos. Ahora ahí, en la urbanización Villa Marina, da vida cada verano al centro musical que lleva su nombre, con clases de música y danza para niños de bajos recursos económicos “porque nos sentimos en necesidad de transmitir nuestros conocimientos”.  

–¿Qué recuerda de sus primeros viajes desde Cabana Sur (Lucanas, Ayacucho) a Lima?

–Se caminaba duro. Solo para ir de Cabana Sur a Nasca demorábamos entre 8 y 10 días. Los mayores chacchaban su coquita y nosotros comíamos canchita, charqui y queso. Hoy se llega a Lima en solo 14 horas.

En mayo, ‘Chimango’ cumplió 60 años; de ellos, 47 los ha dedicado a la música. Ha registrado, “junto a distintos compañeros musicales”, cuatro long plays, seis mini long plays, cuatro discos de 45 r.p.m., medio centenar de casetes y 40 discos compactos. Es su legado musical.

Su vida da para un guión cinematográfico. Quedó huérfano de madre al año de nacido, estuvo en cautela de sus abuelos maternos, en Nasca, hasta los 7 años, cuando falleció su abuelita. Luego su papá lo recogió y vivió con él un par de años en Lima, pero pidió volver a Cabana Sur, donde lo acogió su abuelita paterna. “Ella colmó el espacio de mi mamá”.

–¿Y de dónde nace su vocación de artista?

–Allá, en Cabana Sur, estuve viendo las fiestas y a los 13 años descubrí el violín. Conocí al maestro Severo Díaz. Al principio me dijo que no, es una profesión sacrificada, hacer largas caminatas, porque no había transporte, pasas malas noches, dependes del mandato del pueblo: cuando está sana, la gente es chévere; pero después, cuando está con el ‘néctar’, se transforma. Pero fui perseverante.

–Usted toca de oído.

–Sí, toco en [la afinación] ‘común’, de acuerdo con el estado del tiempo: si hace frío, un poco alto; y en calor, a bajar las cuerdas. Porque prima lo que ‘diga’ el arpa. Ya en Lima conocí a distintos maestros y me ubiqué en la nota del afinamiento universal, la 4.40.

–¿Y cómo es su vida de artista?

–Más que todo viajo por las fiestas. Estamos con las comparsas en Lima y provincias. Y cuando se acerca junio hay viajes para el extranjero porque en Europa es verano.

Desde los años ochenta, Chimango ha viajado por toda América Central y del Sur, Estados Unidos, Canadá y gran parte de Europa. Este año viajará a Taiwán, Chile y México, junto a danzantes de tijeras y también con el grupo Encantos Andinos, “siempre llevando el mensaje de los Andes y sintiéndonos orgullosos de las raíces culturales para que las nuevas generaciones continúen el camino musical”.

–¿Nunca pensó en quedarse en otro país?

–Hubo momentos y amigos que han querido hacerme quedar en Canadá o Europa. Pero como todo andino, me sentía demasiado nostálgico con mis hijos pequeños.

–A mucha gente le impactó cuando sale en la cinta Sigo siendo (2013) con su carrito de helados.

–La música es los fines de semana, y el resto de días hay que sudarla. Venían Gianmarco, Christian Meier, que vivían en esa zona exclusiva. Gracias a los helados he educado a mis hijos, hemos sabido salir desde abajo y sentirnos orgullosos de cualquier trabajo que se nos presentaba.

–¿Hoy en día solo se dedica al arte?

–Sí, más a la parte de grabación, apoyo a los compañeros. Y también a la enseñanza. Nuestra música tiene un nivel tremendo. Hace tres meses estuve en Chile, y ahí se acercó el ministro de Cultura, Ernesto Ottone, y nos felicitó. Dijo que sentía una envidia sana por la riqueza que tenemos.

–¿Si volviera a nacer, seguiría haciendo música?

–Sí. Con un poco de más orden, claro. En la juventud uno deja escapar las oportunidades, pero nunca es tarde.