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APROXIMACIONES

El encierro de todos los días

14/6/2019


Rolando Donayre

Periodista

En los establecimientos penales del país –69, para ser precisos– la cuenta de la población penal se impone como un mecanismo de control. Los somnolientos reclusos deben formarse en los patios de sus pabellones, muy temprano en las mañanas, y responder a la lista con sus nombres y apellidos.

Es el momento del desencierro, cuando las rejas de los pabellones se abren, cuando los candados se desbloquean y, posteriormente, los presos salen de sus celdas y empiezan la rutina diaria, sea estudiando o trabajando.

Es lamentable que la misma escena se repita día a día en las calles de la ciudad con personas libres pero que viven la rutina de un patético desencierro, un país que se aísla y se vuelve a recluir todas las noches en sus hogares.

Las rejas no son propias de las prisiones, son las cicatrices de un período de violencia que nuestras ciudades parecen no olvidar, tiempo atrás con el terrorismo.

Hoy en día, el encierro voluntario es la prueba del temor a violentos y desalmados extraños de la noche que, como orcos encapuchados, intentarán ingresar a los hogares para robar o matar si se les hace frente. Cientos de videos de serenazgo dan evidencia de ello.

Vivir el encierro en libertad es toda una vergüenza para nosotros como sociedad. No es difícil observar, desde el viaje en ómnibus, el espectáculo de las rejas que se abren y cierran cuando el ciudadano promedio sale de su casa para ir a trabajar.

Las calles nos revelan el estado de desconfianza de los negocios que atraviesan largos tubos de fierro ante sus puertas enrollables de metal. Estamos ante la evidencia de la inseguridad.

Tal vez sea lógico que muchos turistas nos vean como una sociedad insegura y gris, por lo cual un selfi delante de los fierros reclusorios en farmacias, pollerías e inmuebles –incluso de residenciales– capten lo extraño que es vivir en un país enrejado.

A la vista del turismo, resultamos ser una sociedad interesante, un tema de análisis antropológico, digno de un documental de National Geographic. Pareciera que vivimos una psicosis de guerra a la cual ya nos hemos acostumbrado. Hay zonas donde simplemente es imposible pernoctar sin ser víctimas de la delincuencia.

¿Habrá algún momento de paz para nuestro país? ¿Algún día podremos gozar los peruanos de viviendas con menos rejas, menos fierro, menos barras con puntas, menos techos con vidrios rotos para que “el extraño” agresor se corte, se clave o se electrocute en su intento de invadirnos?

Mire su vivienda y compruebe que el encierro también es parte de su vida y no solo de las cárceles con sus presos y celadores. Usted también lucha y se defiende. Es increíble que siendo libres resultemos ser, nosotros mismos, carceleros y encarcelados. ¡Dios nos ayude!