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Año del diálogo y la reconciliación nacional
LUNES 22

de enero de 2018

REFLEXIÓN

El valor de la tardanza

LLEGAR TARDE SE HA CONVERTIDO EN UNA alternativa para que un alumno no pierda su día escolar. No es un valor más, pues si un escolar llega minutos después de la hora de ingreso, nadie puede dejarlo afuera porque eso supone poner en riesgo su seguridad; así, es mejor dentro del colegio antes que en la calle, una cabina de internet o en una plaza pública expuesto a los peligros de la selva de cemento.

6/1/2018


Luis Lagos

Historiador

En otras palabras, la institución educativa tiene que resolver esta anomalía que nace desde la formación en el hogar, de la responsabilidad de los padres de familia que no forjan el valor de la puntualidad desde niños. Los directores de colegios lo saben muy bien por la actual legislación educativa del Estado, y por eso, en horas de la mañana existe una larga cola de alumnos con tardanza, para los que llegar temprano no es una de las condiciones elementales del respeto mutuo y un ingrediente básico para la convivencia.

Estos chicos utilizan el colegio como un espacio cotidiano y de asistencia ineludible y sus padres poco hacen para priorizar el tema de los valores como regla de un buen comportamiento en la sociedad, pues al día siguiente las colas dibujan las mismas sonrisas, los mismos uniformes. ¿Es posible comprender a un alumno que tiene 25 tardanzas por mes?

Es curioso, pero la enseñanza en valores tiene entrampamientos que empiezan desde el hogar y se enmadejan dentro de los centros educativos porque los profesores y autoridades educativas carecen de soportes legales que los ayuden en la corrección de este tipo de faltas en la conducta de los escolares. Lo que es peor, corregir puede ser la semilla para una futura demanda judicial porque muchos padres de familia se han dado cuenta de que los colegios privados podrían convertirse en un buen recurso para ganar dinero –recurriendo a juicios– por un posible “maltrato psicológico” que los abogados podrían considerar por negar el ingreso a sus menores hijos. Mucho más en los colegios privados donde las pensiones alcanzan precios considerables.

Un ligero sondeo explica que donde más se paga, más queja se recibe, porque existe la tendencia de que un padre tiene derecho a exigir que su hijo obtenga una “buena educación”, y en esto el padre debe tener una participación directa, pues “para eso paga”. Visto así, actualmente no hay notas que el alumno merece, el profesor pone las notas que puede porque se ha disociado la conducta y el rendimiento académico; eso quiere decir que si un alumno llega tarde, falta el respeto, no demuestra valores, pero, al mismo tiempo, tiene buenas notas en sus exámenes, su nota de promedio podría ser muy buena porque se le evalúa por sus conocimientos y la disciplina no tiene nada que ver en este asunto. Y mucho más cuando ese alumno pertenece a la selección del colegio de algún deporte –como el caso del Adecore en los colegios católicos–, donde adquiere una condición privilegiada porque es más importante la obtención de los primeros lugares en los campeonatos escolares en desmedro del comportamiento y el rendimiento académico en las asignaturas. Esa es la regla en muchas instituciones educativas. Tremendo dilema para los maestros, que se ven en la obligación de aprobar a un alumno que no respeta a nadie ni con el saludo diario, pero es un excelente deportista con medallas para lucir.

Volviendo al tema de la puntualidad, ¿cómo formar a un alumno que está seguro de que a pesar de que tiene dos horas de retraso nadie le impedirá el ingreso a su centro de estudios?, ¿cómo inculcarle ese valor a un adolescente en un ambiente que te invita al desacato porque no existen medidas de corrección y no se aplica el reglamento? En estas condiciones de trabajo se entiende por qué algunas autoridades de áreas educativas han llegado a la conclusión que la única salida para ejercer bien la labor docente es instruir al personal para dejar el papel de formador y esforzarse por convertirse en un transmisor de conocimientos.

Ser impuntual, muchas veces, es una costumbre que también se arrastra desde la educación básica, y lamentablemente, se ha insertado en nuestras relaciones diarias y aún no nos libramos de poner “hora exacta” en las tarjetas de invitación de misas, matrimonios u otras actividades sociales.

Cada día el docente pierde oportunidades y espacios para guiar a sus alumnos, y, en cambio, el padre de familia cada vez se impone más para intervenir de manera incómoda en esa magistral relación que debe existir entre maestro y alumno.