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Enseñar español en España

Dar lecciones de la lengua de Cervantes a inmigrantes de los cinco continentes le sirve a la autora de esta nota a integrarse a la sociedad de la Madre Patria.

5/5/2019


Soy peruana y desde hace seis meses doy clases de español de manera voluntaria en Barcelona. Enseño en una fundación que brinda atención a personas vulnerables; es decir, a inmigrantes de los más de 200 países que viven en esta ciudad. 

Tengo una pequeña sede de la ONU en la clase: mis alumnos son de Nigeria, Marruecos, Rusia, Nepal, Brasil, Francia, Armenia, India y Pakistán. Compartiendo con ellos (los lunes y miércoles de 7 a 9 de la noche en el periférico municipio de Hospitalet de Llobregat), he aprendido sobre el Ramadán, que no todas las mujeres musulmanas llevan hiyab o velo y, en general, cuestiones sobre culturas con las que jamás imaginé estar en contacto.

El tema con las personas que a pesar de vivir en España no saben hablar bien el castellano es bastante complejo. Muchas nunca llegan a integrarse porque viven en comunidades de gente de su nacionalidad, hablan solo con miembros de su familia o tienen trabajos en los que no es tan necesaria la interacción social (como en limpieza).

Algunos ni siquiera están escolarizados. Fátima Zohra, por ejemplo, me contó que tiene varios hermanos y que algunos estudiaron y otros no. Ella fue una de estos últimos. “Quiero aprender, ¿enseñar verbos, por favor?”, me dijo una vez Lujain, una alumna de Siria, de piel morena e inmensos ojos negros. “Con marido hablar árabe; hijos, árabe. Siempre quedo en casa, mi nieto aprende español en escuela ya. Me da vergüenza no saber”.

El español universal

Cualquier hispanohablante conoce las diferencias entre el español que se habla en España y el de América Latina: el uso del “vosotros” frente al “ustedes”, emplear otras palabras (“móvil”, “celular”) y el “seseo” o nula pronunciación de la “z” que llevamos como signo los nacidos en América.

Frente a este panorama, ¿qué le toca hacer una peruana enseñando español en España? Sencillo: tiene que adaptarse. Porque los indios, marroquíes o georgianos que van a mi clase viven en este país y, por tanto, tienen que aprender el idioma como se habla aquí. En conclusión: no os imagináis cuánto me esfuerzo por hablar así con ellos.

Me di cuenta cuando tuve que explicarles la diferencia entre los verbos “cocer” y “coser”. ¿Cómo es que la reflejas si tú, profesora, dices igual la “c” que la “s”? Pues te tienes que esforzar por pronunciar la “c”, así como también por entender frases como “qué palo” (“qué flojera”), “me mola” (“me gusta mucho”), “es coña” (“es broma”) y un largo etcétera.

Muchas veces tengo que preguntar a mis propios amigos españoles el significado de alguna frase o palabra, con lo que, indirectamente, esta experiencia me ayuda a mí misma. Porque, además de la satisfacción de hacer algo altruista por personas que lo necesitan, ser profesora de español me sirve para volverme cada vez más parte de una sociedad donde yo también soy una invitada. A “buscarme la vida”, como se dice en España, pero también a encontrármela. (Cristina Llanos)