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Jarana del Bicentenario

Hay ritmos que se han perdido en el tiempo. El lundero o la moza mala, por ejemplo, hoy solo se mencionan en antiguos escritos de criollos añejos y es muy raro ver alguna representación de estos ritmos tanto en música como en baile. Sin embargo, un ritmo que se resiste a morir pese a su longevidad es la marinera, y específicamente hablo de la marinera de Lima.

9/6/2019


Sergio Salas

Abogado, músico criollo

Antiguamente, este género era llamado zamacueca; luego se le conoció como chilena y finalmente el Tunante Abelardo Gamarra propuso cambiarle el nombre a marinera en honor a la Marina de Guerra del Perú. Y si bien el género tiene presencia en todo el Perú, nos centraremos en la marinera limeña.

No se sabe a ciencia cierta cómo se forjó. Los académicos han tratado de rastrear sus orígenes y algunos han llegado incluso a los Archivos de Indias, en los que escritos del siglo XVII mencionaban a la zamacueca como un baile de pareja que se ejecutaba en el Nuevo Mundo. Algunos dicen que vino de España, mientras que otros dicen que es notoria la influencia africana. Tal vez se mezcló aquí en el “reino del Pirú”, pero lo que sí es cierto es que, para el momento de la independencia del Perú, la zamacueca ya se había popularizado entre la población.

Las acuarelas de Pancho Fierro nos grafican una zamacueca ejecutada con arpa, cajón y guitarra, mientras que los bailarines, siempre en pareja, sostienen cada uno un pañuelo, costumbre que hasta hoy permanece. Sabemos, además, que el género era infaltable en los paseos que los limeños hacían a las pampas de Amancaes en junio. Ahí, junto a esa flor de Amancaes propia de las pampas limeñas (y que es el símbolo de los Juegos Panamericanos que se desarrollarán en Lima), las personas la bailaban y cantaban, e incluso hasta concursos hacían.

Montes y Manrique grabaron varias marineras en 1911, y luego de ello el género solo se cantó en las cofradías de cantores, mientras que en los discos se incluía solo una para completar el lado B, ya que en esa época el vals cobró más protagonismo.

¿Y qué sucedió con la marinera en los últimos veinte años? Creo, según mi percepción, que para la década del noventa había más bailarines que cantores. Yo entré en contacto con el género a principios del 2000, y a cantarlo propiamente a partir del 2003. Puedo atestiguar que para ese año todos los que cantábamos marinera de Lima nos conocíamos porque éramos poquísimos. La situación hoy es distinta, ya que hay una inquietud mayor en los jóvenes por conocer el canto de la marinera limeña y practicarlo. Es más, los mismos bailarines están haciendo un esfuerzo para conocer las letras y las líneas melódicas, y es que, como siempre lo he sostenido, aquel bailarín que no está pensando en contar los tiempos para hacer un cambio, sino que se deja llevar por el sabor de la letra y de la música de una marinera que conoce, tiene una gran ventaja sobre el resto. Eso sí, cada bailarín debe luchar por crear algo diferente, que sea suyo y que con eso se distinga. No hay nada más aburrido que ir a un concurso de marinera de Lima y ver a tres parejas en el escenario haciendo exactamente lo mismo. Si es un concurso, se supone que gana el que lo hace mejor y, sobre todo, diferente al resto.

El tema es bastante amplio, y así lo ha entendido el colectivo Jarana del Bicentenario, que lo conforman profesionales que aman este género y que lideran Enrique Piedra y Nora Cassana. Ellos organizan una serie de eventos culturales para dar a conocer al gran público (y no solo a los del ambiente criollo) de qué se trata la marinera de Lima. Se han programado conferencias, concursos de canto y baile, exposiciones en plazas y convenios con municipalidades para acercar el género a todos los barrios limeños. Inclusive este servidor participará en una exposición didáctica en julio que el colectivo está organizando. La iniciativa es fabulosa, no solo porque se aprecia un trabajo serio, sino también porque es tal vez el ritmo más antiguo de nuestra música criolla que aún vive; la propuesta puede generar un punto de quiebre. Tal vez esto anime a personas a crear marineras distintas a las que ya conocemos (y que se cantan hace 100 años). Me parece extraordinario preservar, pero igual de extraordinario me parece avanzar, y para ello hay que crear. El mundo es dinámico. La marinera también tiene que serlo. Solo ello hará que siga viviendo y gustando a la generación que viene.