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Año del Buen Servicio al Ciudadano
SÁBADO 18

de noviembre de 2017

HOMENAJE

Jorge Avendaño Valdez

La muerte de Jorge Avendaño estaba como preanunciada. Lo habíamos visto semanas atrás bastante delicado, pero sin perder esa sonrisa que le era tan característica y que trasmitía un saludo, un deseo o un afecto. Ahora que se nos ha ido irremediablemente, son muchos, con justa razón, los que lo han evocado, motivo por el cual he pensado que no debo decir lo mismo, sino algo distinto o por lo menos no tan parecido. Al fin y al cabo, si bien nunca llegamos al nivel de intimidad, guardé con él una amistad directa y fluida que empezó hace varias décadas.

5/11/2017


Domingo García BelaundeJurista




Conocí a Jorge cuando fue mi profesor de Derechos Reales, allá por 1964,cuando la Facultad de Derecho de la Universidad Católica estaba ubicada en los altos de la casona de Riva Agüero, en la vieja calle llamada Lártiga, hoy jirón Camaná. Un año antes había iniciado mis estudios de Derecho, cuando era decano Raúl Ferrero. El consejo universitario presidido por Felipe Mac Gregor S. J., gran rector a quien conocía desde las aulas escolares, designó decano a Jorge, cargo que asumió con pasión.

Haciendo un análisis a la distancia, diría que en la historia de la Facultad de Derecho hay dos etapas: la primera, fundacional y formativa, y la segunda, de modernización y expansión que inició el nuevo decano. Es decir, la facultad tiene dos etapas: antes y después de Jorge. No se trata de negar lo que se hizo antes, sino de rescatar lo que se hizo después, pues tuvo muchos detractores. No estuve entre los impulsores de esa reforma, pero los acompañé en sus momentos más difíciles.

Avendaño tuvo el acierto de renovar la planta de profesores, buscarles mejores horizontes, retomar y alentar la investigación, actualizar el currículo y los métodos de enseñanza y acercar la profesión de Derecho a la sociedad. Contaba para ello con grandes condiciones: simpatía personal, trato afable, capacidad deslumbrante para el trabajo y gran receptor de ideas nuevas.

Se ha hablado mucho de su calidad de profesor –era sencillamente brillante – de su impulso al derecho civil y a las nuevas vocaciones –así como su apertura a las disciplinas más modernas–, lo que lo convertía en un líder nato. Fue, pues, sin querer, un conductor de grandes proyectos con una característica especial: convencía pero no abrumaba, y, llegado el caso, aceptaba la disidencia.

En lo que a mí se refiere, debo decir que he adquirido con él deudas impagables. Voy a mencionar solo una: el apoyo que desde un primer momento me dio en mis afanes docentes cuando era un abogado recién graduado. Por motivos que no voy a explicar ahora, me tocó asistir en la Universidad de Wisconsin, con compañeros inestimables –Luis Carlos Rodrigo y Baldo Kresalja–, a un período de estudios y entrenamiento durante un año académico (1969). Vivíamos un gobierno de facto y la Constitución no importaba, pero aun así me apoyó plenamente, no solo en mi estancia en el exterior, sino también durante mis primeros años en la docencia, que no siempre son fáciles.

Pero su apoyo constante, su consejo y, sobre todo, su comprensión fueron decisivos para que no abandonase la posta y pudiese hacer lo que hice. Incluso –antes de viajar– se cuidó de orientarme en libros sobre ciencia política –que me atrajo muchísimo– y de constitucionalismo norteamericano. Aún más, si bien el velascato se volvía cada vez más agresivo, siempre creyó que tarde o temprano volveríamos a los cauces constitucionales, a diferencia de algunos colegas suyos que me tomaban el pelo y me decían que perdía el tiempo. Esas risas de algunos colegas –y que hoy fungen de “constitucionalistas”– empezaron a desaparecer cuando en 1977 Morales Bermúdez anunció la convocatoria a una asamblea constituyente y luego a elecciones generales. El propio Jorge comprobó con el tiempo su acierto y sobre eso conversamos mucho. En un arranque de sinceridad me dijo que en esa época –1982– las tesis de bachillerato, obligatorias entonces, eran más de temas constitucionales que de derecho civil.

Mucho más queda en el tintero. Pero lo importante de mi homenaje, al igual que el de otros, es que se hizo en vida de nuestro amigo y maestro. No fuimos mezquinos en esperar su fallecimiento, sino lo dijimos y lo pusimos por escrito mientras él vivía. Te recordaremos siempre, querido Jorge.