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Año del Buen Servicio al Ciudadano
VIERNES 24

de noviembre de 2017

ENFOQUELABORAL

Jurisprudencia y rigidez laboral (Parte final)

La terminación de la relación laboral por iniciativa del empleador, sin causa justificada, está penada legalmente con el abono de una indemnización.

6/9/2017


Germán Serkovic G.

Abogado laboralista

Pese a que el monto de la reparación por el despido no ha sido objeto de un tratamiento uniforme –era de un sueldo por año, pasando luego a ser de medio sueldo, regresando al sueldo y finalizando con el sueldo y medio actual, para no hablar de la vigente en la pequeña y micro empresa– se consideró siempre que se trataba de una “única” suma resarcitoria. 

Es intención del legislador que el monto de la indemnización quede claramente establecido en las normas, con el obvio propósito de que el empleador pueda tener un conocimiento previo bastante aproximado de la suma que el despido genere. Distinto habría sido el panorama si la determinación de la indemnización resultante del despido hubiese quedado al criterio del juez.  

Sin embargo, el concepto de la indemnización por despido como “única reparación” por el daño sufrido no ha resultado ser precisamente respetado por la jurisprudencia. Han surgido pronunciamientos judiciales amparando el pago de indemnizaciones adicionales por daño moral u otros conceptos. 

La predictibilidad del costo del despido podría ser dejada de lado. La concepción del ordenamiento laboral vigente, en cuanto a la finalización de la relación laboral por voluntad del empleador, nos coloca entre las legislaciones más rígidas del mundo. 

Las interpretaciones tanto del Tribunal Constitucional como de la justicia ordinaria del trabajo, en relación con la reposición y al tema de las indemnizaciones –fundadas en un exceso de entusiasmo social o celo protectorio– han puesto su granito de arena para hacer más complicado el cuadro.

Cuando la Constitución de 1979 aprobó la estabilidad laboral absoluta, un conocido político expresaba su crítica señalando que se protege a los que ya tienen un empleo, pero no necesariamente a los que aspiran a tenerlo, los desempleados, decía –y habría que adicionar que también los informales– son igualmente trabajadores.