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ENFOQUES

La educación y la enseñanza del amor

La calidad del rendimiento académico y el comportamiento del estudiante deberían ser el resultado de una adecuada pedagogía infantil, de hábitos saludables de estudio y, sobre todo, del afecto que el niño recibe tanto en el seno de la familia como en el ámbito educativo. A esto llamamos pedagogía del amor y creemos que es el elemento clave que hace falta hoy en la formación de las nuevas generaciones cuya característica es la frialdad e indiferencia que muestran hacia estos dos objetivos como son el rendimiento y el comportamiento.

26/5/2019


Wilfredo Montenegro

Pedagogo, articulista de la revista cultura de la USMP

Los padres no tienen tiempo para ayudar a sus hijos con las tareas, tampoco los escuchan y no hay mucho acercamiento que permita mostrarles afecto. Más aún, las nuevas corrientes educativas parecen colocar la dimensión afectiva en un segundo plano y, en este contexto, la pedagogía del amor aparece como una filosofía que busca solucionar los problemas relacionados con el crecimiento sano del ser humano, con su personalidad, sus capacidades intelectuales, axiológicas y sociales, contribuyendo no solo con el éxito académico sino en la consolidación de la convivencia familiar, laboral y social.

En este proceso, los padres de familia deben considerar al amor como una herramienta de motivación para que sus hijos, sintiéndose queridos, amados, respetados y valorados puedan superar los desafíos del rendimiento académico y el comportamiento.

Si a un hijo, por ejemplo, se le dice antes de un partido de fútbol que se va a caer porque es un inútil, ese hijo se caerá; al contrario, si se le dice, campeón, disfruta, corre, si te caes yo estaré allí, ese niño jugará mejor. Al docente se le sugiere confiar en la posibilidad de cambio de sus estudiantes, ser empáticos y saber escucharlos.

La Programación Neurolingüística (PNL) se presenta como una estrategia de comunicación interpersonal que busca mejorar la capacidad de respuesta de los alumnos a las exigencias de una educación integral; esto implica, por ejemplo, un tipo de dirección afectiva de la clase con una disciplina flexible, firme, suave, activa, que propicie la asistencia y participación activa del alumnado.

Tales actitudes tienen el poder de generar cambios significativos: elevan la autoconfianza y autoestima, potencian las capacidades comunicativas, las relaciones interpersonales y sociales de los niños y adolescentes. La formación integral de la persona implica no solo el desarrollo de conocimientos, habilidades, normas sino, sobre todo, reflexión y práctica de los valores éticos y morales, cuya consecuencia es la inserción del hombre en su comunidad y la cultura de su pueblo o nación, además de permitirle su realización personal, de sus metas y su felicidad. Un enfoque pedagógico no solo cognitivo, sino también humanista y afectivo, que respete las propias raíces culturales, ayuda mucho a la educación a lograr sus objetivos.