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Año del diálogo y la reconciliación nacional
DOMINGO 22

de abril de 2018

ENFOQUE

La Estatua de la Responsabilidad

Huelgas, marchas, solicitudes por los libros de reclamaciones. Todos nos quejamos cuando consideramos que no se nos hace justicia o se está cometiendo un abuso contra nuestros derechos, y todo esto está muy bien, no hay que permitir la injusticia ni el descaro. Pero, ¿somos igual de viscerales y sanguíneos cuando los irresponsables somos nosotros?

6/1/2018


Manuel Arboccó

Psicoterapeuta–Profesor Universitario

El doctor Viktor Frankl, psicoterapeuta existencial, comentó alguna vez la necesidad de que en los Estados Unidos, el país de la libertad por antonomasia, se levantara no muy lejos de donde está la Estatua de la Libertad (Nueva York) otra semejante, pero esta vez dedicada a la responsabilidad. Sería la Estatua de la Responsabilidad. Y sí que tenía razón, pues libertades sin responsabilidades suelen llevar a problemas entre las personas. Así como tenemos una Declaración Universal de los Derechos Humanos, debiera existir una Declaración Universal de los Deberes Humanos, pues todo el mundo exige el respeto a sus libertades y derechos, pero ¿qué hay de nuestros deberes? Ahí nos ‘hacemos los locos’, no siempre somos tan firmes y vehementes cuando de asumir nuestras decisiones y acciones se trata.

Veamos algunos sencillos ejemplos made in Perú: el padre de familia no cancela la mensualidad del colegio privado de su hijo “porque no tiene plata pues, no va a robar”; la vecina de la junta de propietarios del edificio no paga a tiempo sus servicios y mantenimiento “porque no ha cobrado aún, pues”; el estudiante universitario quiere aprobar el curso pero no estudia “porque no entiende y se aburre, es difícil pues”; el empresario televisivo gana suculentos millones con sus contratos por su señal, pero no desea colaborar con levantar un poco el triste nivel de la televisión actual “porque a la gente hay que darle lo que pide, así es el negocio, no hago nada ilegal”; el político vocifera el error o delito del rival de turno, pero cuando se trata de votar en contra de uno de sus camaradas por un delito comprobado, vuelve para atrás y habla de sacadas de contexto y ajusticiamiento político (de ahí esa frase escuchada “otorongo no come otorongo”). O el maestro que vemos en la calle peleando con los policías por un sueldo digno y un reconocimiento –ambos totalmente justificados–, no coge una novela o un libro hace años “porque no tiene plata para estudiar pues”. Hum… ¿Complicado todo esto, no?

Si tuviéramos la misma vehemencia y ardor para cumplir nuestras responsabilidades como cuando reclamamos el respeto a nuestros derechos, posiblemente nuestra educación, televisión, política y comportamiento ciudadano serían mejores. Asumamos nuestras responsabilidades y deberes si queremos que el país mejore.