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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MARTES 22

de mayo de 2018

ENFOQUE

La Lima de siempre (II)

Entre los artistas que hicieron de Lima su fuente de inspiración, no puede dejar de mencionarse a Ignacio Merino, quien fue, junto con Pancho Fierro, uno de los considerados pintores costumbristas, cuyos temas principales eran las fiestas limeñas, aquellas llamadas “jaranas”. Y su escenario era Chorrillos, el balneario de moda.

2/2/2018


Celinda Barreto

Periodista

Las pinturas de Merino, como las imágenes de Fierro, retrataron muchas fiestas locales y sirvieron igualmente para perennizar las tradiciones locales, en el momento preciso en que la apertura internacional y la modernización iban desplazando las antiguas costumbres de una Lima provinciana y pacata.

Sin embargo, en sus cuadros, Merino no pintó a los personajes autóctonos y marginales como lo hacía Fierro en sus acuarelas en las que perennizó los carnavales limeños o la práctica callejera de la zamacueca, sino que en sus cuadros los protagonistas eran representantes de las clases encumbradas, mientras que los mulatos y los mestizos eran los que tenían roles secundarios en la escena: cajoneros, guitarristas y espectadores.

Merino emigró a Francia, dejando a Fierro casi como único representante de la pintura costumbrista que permitió conservar vestigios de los inicios de la cultura criolla, aquella en la que se mezclaban los personajes, usos y costumbres de la cultura local con las modas europeas que, poco a poco, llegaban a Lima.

El criollismo costumbrista permitió a las élites limeñas abrazar las modas europeas, pero al mismo tiempo se preservaba una cultura criolla de la que quedan vestigios en textos e imágenes.

Ejemplo de ello es que, desde que llegaron a estas tierras, las autoridades españolas se sirvieron de las fiestas para evangelizar sus nuevos dominios y la religión tuvo un gran protagonismo en la vida cotidiana. Por eso, los pintores nativos dedicaron gran parte de su producción a las imágenes de santos.

En los primeros años de la República, esas costumbres permanecían y las grandes fiestas religiosas introducidas por los españoles seguían congregando a miles de fieles y eran fuente de inspiración para grandes pintores.

Así, una de las grandes obras de Teófilo Castillo, insigne pintor peruano, nacido en Carhuaz en 1857, es La procesión del Corpus Christi, que se había convertido en una celebración masiva en la que participaban autoridades, altos dignatarios de la Iglesia y grupos con sus músicas y danzas.

Otra obra que muestra la influencia religiosa en los pintores peruanos de épocas pasadas es Santa Rosa de Lima. Vestida con su tradicional hábito, con una corona de rosas, la santa es, sin duda, la limeña más famosa de todos los tiempos y fue perennizada por Francisco Laso, otro destacado, aunque ahora olvidado, pintor del siglo XIX.