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Año del Buen Servicio al Ciudadano
JUEVES 27

de julio de 2017

A 25 AÑOS DEL ATENTADO EN TARATA

La noche que Miraflores lloró

El atentado terrorista más cruel que azotó la ciudad de Lima es un símbolo de la lucha contra el terrorismo.

9/7/2017


José Vadillo Vila

Fotos: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano

Si  bien los coches bomba explosionaban en el Centro de Lima (ese año habían estallado 37 carros bomba en otras zonas de la capital), antes de aquel día, el terror, las balas, las violaciones a derechos humanos parecían un asunto lejano. Más propio de las comunidades campesinas de los Andes y la Amazonía.  

Pero aquel jueves 16 de julio de 1992, a las 9 y 30 de la noche, el terror se apoderó del centro turístico y económico de la clase media-alta limeña: Miraflores.

Llegó en forma de un coche bomba con 500 kilogramos de dinamita. Llegó 12 años después de que Sendero Luminoso iniciara su ola de violencia. El estallido destruyó todo lo que estaba 300 metros a la redonda. Afectó a las viviendas ubicadas a cuatro cuadras a la redonda.

***

Primero fue una escaramuza, un intercambio de disparos entre un policía y unos sujetos; luego, una detonación de una bomba, cerca, en la sucursal de un banco, fue cuando cuatro sediciosos dejan el coche bomba y empezó el caos.

En el Youtube puede ver las imágenes con calidad de las viejas cintas VHS, reproducen una calle Tarata desolada, donde solo las estructuras de los edificios –digo Tarata, San Pedro, San Carlos, Residencial Central, El Condado– se mantenían en pie. El resto, el concreto armado de las paredes, las puertas, las ventanas, inclusive los carros, volaron. Los sobrevivientes parecían pálidos fantasmas, de rostros desencajados.

Llegaron rápidamente los bomberos, los serenazgos, Defensa Civil. El desaparecido alcalde Alberto Andrade Carmona fue uno de los primeros en llegar al lugar y luego fue a los hospitales para visitar a los heridos. Al día siguiente, él encabezó el proceso de reconstrucción en el corazón de Miraflores, junto con trabajadores de la comuna.

“Estoy segura de que ni los animales podrían obrar así”, dijo Susana Higuchi, entonces primera dama de la Nación, al visitar Tarata.

A Vanessa Quiroga, sin que lo soñara ni lo pidiera, a los 5 años la hicieron niña símbolo: ella acompañaba a su madre, que era vendedora ambulante y debía de trabajar hasta las once de la noche. Y luego apurar a casa, porque empezaba el toque de queda en toda la ciudad. Cuando estalló el coche bomba, perdió una pierna. Ya joven, Vanessa es una vocera permanente contra los que creen que el terror es una salida para cambiar la sociedad.

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La muerte había llegado sin pedir permiso. Al día siguiente, temprano, empezaron las búsquedas por sus seres queridos.

Los ciudadanos, tal como lo había hecho meses atrás María Elena Moyano (quien había sido asesinada por Sendero Luminoso el 15 de febrero de ese año delante de sus dos hijos), no se quedaron callados, respondieron.

Se alzaron las cadenas de oración. Las personas salieron con carteles, marcharon bajo el eslogan de “Miraflores por la paz”. Así se unieron a los peruanos de Miraflores los de Villa El Salvador, de toda Lima. Juntos, repudiando el actuar de Sendero Luminoso, repitiendo: “No al terrorismo”. Reconociéndose como peruanos, como iguales, exigían paz.

Con la llegada del nuevo milenio, los vecinos de Miraflores, tan igual como los pobladores de los caseríos ayacuchanos y huancavelicanos, también dieron sus testimonios ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación Nacional.

A los dos años se entregaron las primeras obras de rehabilitación, lo que hoy se conoce como el bulevar de Tarata, a cargo del Fonavi y Enace.

Para los “senderólogos”, el atentado, criticado en el ámbito internacional, marcó el comienzo del fin de la subversión. Cada año las velas se encienden, el silencio recuerda a las víctimas, se conmemoran las ausencias, la calle, el barrio Tarata volvió a resurgir, el comercio ha aumentado, pero Miraflores no olvida.