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APROXIMACIONES

Las raíces del desacuerdo

13/6/2019


César Escajadillo

Decano de la Facultad de Filosofía, Educación y CC. HH. de la UARM.

Un rasgo llamativo de la política peruana es la frecuencia con que el desacuerdo involucra opiniones diametralmente opuestas sobre los mismos hechos. Lo llamativo no es tanto que las personas discrepen entre sí como la disparidad de las opiniones, sobre todo cuando se trata de hechos conocidos y documentados. Tomemos como ejemplo el suicidio del expresidente Alan García, el que ha sido interpretado por unos como evasión de la justicia y, por otros, como un acto de honor y dignidad.

Lo mismo se podría decir de otros temas de interés público, como la reforma agraria de Velasco, la participación de las Fuerzas Armadas en la época del conflicto armado interno y, de manera reciente, la política educativa de igualdad de género. Si las personas conocen los mismos hechos, ¿qué explica que formen opiniones tan dispares sobre la misma realidad?

Las respuestas que señalan como causa a la estupidez o irracionalidad humanas son insuficientes, pues asumen que quienes opinan distinto a uno poseen habilidades cognitivas diferentes a las del promedio de personas, lo que es falso. También resulta insuficiente apelar a la “ideología”, noción con la que se alude a un conjunto de ideas que distorsiona la visión que un grupo de individuos tiene de la realidad. La ideología no muestra que hay personas que, por así decir, viven en otro mundo; a lo sumo muestra que nuestra visión de la realidad, lejos de ser aséptica, responde a intereses y valores que la articulan, lo que no es ninguna novedad.

La epistemología del desacuerdo –una rama de la filosofía que investiga los aspectos epistémicos presentes en el desacuerdo– da intuiciones que pueden ser de ayuda. Según las investigaciones en esta área, los desacuerdos no solo revelan diferencias de parecer sobre un tema específico. De manera más profunda, revelan diferencias sobre qué criterios se consideran adecuados al momento de formar una opinión. Por ejemplo, ‘A’ piensa que un estilo de vida en armonía con la naturaleza es una buena razón para preferir tratamientos homeopáticos, mientras que ‘B’ considera que la falta de información científica es una razón concluyente para no preferir esos tratamientos. Su discrepancia concierne no solo a si cierto tratamiento es conveniente o no, sino también a qué es lo que cada individuo asume como un criterio óptimo al momento de formar una opinión.

El problema es que algunos de estos criterios están fuertemente ligados a nuestras identidades: definen quiénes somos, qué consideramos una vida buena o digna de vivirse, cómo nos gustaría que fuese la sociedad. Nuestras creencias y opiniones expresan, de manera implícita, esas identidades y son, por ello, difíciles de revisar. Este es un punto clave para entender el desacuerdo, el cual podría explicar también por qué en ocasiones los desacuerdos adquieren un matiz tan personal: no solo son nuestras creencias las que están bajo ataque, sino también es nuestra identidad la que se siente amenazada.