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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MARTES 22

de mayo de 2018

ESTAMPAS

Los entrañables carnavales

Recordando los juegos de carnaval que se celebraban hasta mediados del siglo pasado, hay quienes añoran su retorno, pero solo respecto a las formas que adquiría la celebración “en familia”, sin los desmanes callejeros que condujeron a su prohibición. Esas celebraciones eran una especie de reencuentro familiar, sin los desmanes callejeros que condujeron a su prohibición, donde todos se portaba ‘con algo’ para los días de desenfreno.

11/2/2018


José Vargas Sifuentes

Periodista

Los hombres iban en busca de embutidos para los bocaditos; pescado para cebiche o escabeche; mondongo para el caucáu; pato para el aguadito madrugador; verduras, especias y, obvio, vino y pisco para los brindis. Las mujeres, con ayuda de sus criados, juntaban agua, preparaban las comidas y cocteles; protegían muebles con sábanas y frazadas, y alistaban la parafernalia de carnaval (talco, harina, pintura, picapica).

En cada casa no faltaba un piano o una guitarra y un cajón. Y así brotaban valses y mazurcas, tonderos y marineras, entonados por espontáneos. Célebres eran las fiestas que tenían por escenario solares y casas huertas del centro de Lima, Barrios Altos y Abajo el Puente, de un lado; y callejones y quintas de Azcona, La Victoria y Chorrillos, del otro. Las reuniones empezaban con el desayuno dominical y se prolongaban hasta las primeras horas de la madrugada del día siguiente, cuando el esqueleto decía ¡basta!

Se reponían fuerzas, continuaba el lunes y culminaba el martes en la noche o la madrugada del miércoles, para madrugar e ir a misa para la imposición de la ceniza.

Las familias “de la sociedad” no se mezclaban con el populacho, pero tampoco dejaban de divertirse en esos días. Con tal fin, se juntaban varias familias en casa de una de ellas, y ahí se almorzaba, cenaba y dormía; se echaban agua y pintaban; se bañaban y secaban; y se jaraneaban y embriagaban de lo lindo.

Las jóvenes, tan recatadas otros días, vestían las prendas más ligeras del ropero: camisa y bata transparentes, so pretexto de la canícula. Cuando el juego arreciaba y se convertía en lucha cuerpo a cuerpo, tratando de atrapar al adversario para meterlo a una tina.

Agotados los combatientes, la casa quedaba un desastre por sus cuatro costados: muebles chorreando agua; pisos –de tierra apisonada o cemento recubierto con ocre rojo– con capas de pintura, harina y picapica mezclados; y charcos por doquier.

Quizá por lo último, los deseos de revivir el pasado no sean tantos y mejor es vivir del recuerdo, dejar las cosas tal cual, aprender la lección y no volver a cometer los mismos desatinos. ¿Sí o sí?