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Año del Buen Servicio al Ciudadano
DOMINGO 19

de noviembre de 2017

PERFILES

Luis Benjamín Cisneros

Acabo de leer la novela Dejarás la tierra, de Renato Cisneros, narración –dicho sea de paso, espléndida– que revela el pasado de su familia paterna, rebosante de figuras célebres como la de su bisabuelo, el poeta Luis Benjamín Cisneros, uno de los protagonistas centrales de la historia contada por el joven escritor. A propósito, presento a continuación a este singular personaje –además de poeta, dramaturgo, novelista, diplomático y financista– que hace precisamente un siglo fue coronado en Lima con hojas de laurel como “un tributo de admiración” a su obra, y que hoy el torrente de los años prácticamente lo ha sumergido en el olvido.

3/9/2017


Domingo Tamariz Lúcar

Periodista

Luis Benjamín Cisneros nació en Lima el 21 de junio de 1837. Su biografía, tantas veces publicada, se ha completado solo ahora con la publicación de Dejarás la tierra.

Antes del lanzamiento de la novela, en los diccionarios biográficos aparecía como padre del poeta Roberto Benjamín –nombre a todas luces inventado. Ahora, gracias a la investigación de su bisnieto, se sabe que su padre fue Gregorio Cartagena, sacerdote huanuqueño cuyo oficio afloró durante más de medio siglo a media voz en labios de la gente allegada a sus descendientes. En ausencia del padre, acaso forzada por el qué dirán, fue su madre, doña Nicolasa Cisneros, quien veló por su educación (como lo hizo por la de sus otros seis hijos) e incluso influyó en las grandes decisiones que tomó el poeta en su intensa y sorprendente vida.

A los 15 años ingresó al Convictorio de San Carlos, entonces bajo el rectorado del famoso sacerdote y líder del conservadurismo peruano Bartolomé Herrera. En sus aulas trabó amistad con figuras ilustres como Ricardo Palma –su gran amigo y confidente hasta sus días postreros–, Carlos Augusto Salaverry y Numa Pompilio Llona.

Del Convictorio egresó convertido en un escritor de prosa atractiva. A los 18 años escribió su primera obra teatral, El pabellón peruano, drama de corte histórico que estrenó el 28 de julio de 1855 ante la expectativa de un público selecto en el que se encontraba el presidente Ramón Castilla, quien al final de la obra, uniéndose a las ovaciones del público, lo premió con un puesto en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

En la Cancillería alternó su trabajo con su vocación por las letras. Escribió tres novelas en menos de cuatro años: Alfredo el sevillano (drama), Julia o escenas de la vida de Lima (novela) y Edgardo o joven de mi generación (novela). Luego de dirigir por algunos años la sección Continental del Ministerio, renunció para viajar a París, donde siguió cursos voluntarios en la Universidad La Sorbona.

Dos años después fue nombrado cónsul en Le Havre, donde estuvo hasta 1872. A su retorno fue inspector de Instrucción y luego gerente del Banco de Lima y de la Compañía Salitrera del Perú (1878), pero ambas empresas quebraron como consecuencia de la Guerra con Chile, y entonces nuestro personaje se vio en la necesidad de partir nuevamente a Francia con el fin de asistir a la liquidación de las dos empresas. A su retorno a la capital, volvió a la poesía, su primer amor.

Por esos años escribió la elegía A la muerte del rey don Alfonso XII, premiada con medalla de oro en los Juegos Florales de La Habana (1886), y Aurora amor, épica visión del progreso científico e industrial del siglo XIX.

En 1887, andando ya por los 50 años, el poeta fue víctima de una cruel parálisis, cuyos intensos dolores en parte se vieron mitigados por su indoblegable entrega a la creación poética y el cariño de sus compatriotas. Y así, adolorido y rengueando, reemplazó interinamente al tradicionista como director de la Biblioteca Nacional (1892). Y más tarde, bajo el gobierno de Piérola, aceptó la dirección del Archivo Nacional hasta que la parálisis le impidió movilizarse.

El 14 de agosto de 1897, el Ateneo de Lima, por iniciativa de José Santos Chocano, decidió ungir al poeta como “un tributo de admiración” a su obra. Ese día, monseñor Manuel Tovar –arzobispo de Lima– coronó al poeta “por el Ateneo, la municipalidad, la Universidad de San Marcos, la Academia de la Lengua y por todas las instituciones científicas y literarias del país, en nombre de la suprema Belleza, de la Verdad infinita y de la Justicia eterna”.

Con ocasión de su muerte, ocurrida el 29 de enero de 1904, Ricardo Palma escribió: “Yo amé siempre a Cisneros con el cariño del hermano mayor por el menor. Hoy me abandonas egregio poeta e inolvidable amigo, cuando en mi camino encuentro zarzas punzadoras. La ausencia no será larga”.