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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MARTES 20

de febrero de 2018

PERFILES

Luis Jaime Cisneros Vizquerra

Conocí al maestro en abril de 1948, cuando hacía apenas unos meses había vuelto al país tras una ausencia de veintidós años. Tiempo en el que, obligado por el exilio de su padre, residió en Buenos Aires. Ese mismo año se incorporó como profesor a la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), en la que se erigió, con el devenir de los años, en el maestro acaso más afamado y querido de las últimas seis décadas.

11/2/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Luis Jaime Cisneros Vizquerra nació el 28 de mayo de 1921. Sus padres fueron Luis Fernán Cisneros, periodista y diplomático, y doña María Esperanza Vizquerra. A los 4 años viajó a la Argentina para reunirse con su padre, desterrado por Leguía. En 1939, una vez que hubo terminado la secundaria, ingresó a la Universidad de Buenos Aires para estudiar simultáneamente tres carreras: Medicina, Filosofía y Letras. Finalmente, se decidió por la Filología.

A su retorno, cuando contaba 27 años, fue el maestro más joven de la Universidad Católica. Era entonces el profesor de aire solemne al que yo observaba siempre de lejos en el viejo patio de la PUCP –entonces ubicada en la Plaza de La Recoleta–, rodeado de un enjambre de alumnos, lo que despertaba en mí una gran curiosidad. En esa época la Escuela de Periodismo funcionaba en ese local.

A mediados de la década de 1950, el Partido Popular Cristiano lo eligió como uno de sus candidatos a diputado para las elecciones de 1956, y sus alumnos (entre ellos Mario Vargas Llosa), celebraron su elección levantándolo en hombros.

No tuve la suerte de llevar un curso con él, pero me considero su discípulo porque formé parte de una selección de fútbol de la Católica que él comandó en una gira por el norte del país y que me permitió alternar con el maestro. Y como reportero tuve la suerte, muchas veces y en diversas circunstancias de la vida, de acercarme a él, incluso en el crepúsculo de su vida. Además, tuvo la generosidad de prologar y presentar uno de los tomos de mi libro Memorias de una pasión, de modo que pude escuchar sus opiniones que me ayudaron a tener una mejor percepción de mi país.

En el derrotero de los años, Cisneros fue decano de la Facultad de Letras de la PUCP, presidente de la Comisión de Reforma de Estudios Generales, profesor visitante y conferencista en universidades extranjeras. Asimismo, fue presidente de la Academia Peruana de la Lengua (1991-2005). En 1994 fundó la Asociación Civil Transparencia, institución orientada a la defensa de los valores democráticos, en una coyuntura en la que la difusión de esos valores era más necesaria que nunca.

Su apego por las letras lo llevó por el camino del periodismo. Fue director de La Prensa –igual que su padre– y de El Observador. Además, un escritor fecundo: publicó alrededor de veinte libros. El último fue un trabajo póstumo: La novena maravilla de Juan Espinosa Medrano (El Lunarejo) –obra cumbre de la cultura barroca peruana.

Doblando el siglo lo entrevisté para Caretas. El maestro redondeaba ya los 80 años. Lo visité entonces en su casa de Miraflores; me recibió en su biblioteca, en medio de anaqueles preñados de volúmenes y su máquina de escribir. Recuerdo que entonces me dijo: “Yo creo que Basadre le dio a nuestra generación una lección y una tarea de hacer del Perú una preocupación. La preocupación mejor del hombre es el Perú, el Perú profundo que fue. El Perú que viene, y sobre todo la conciencia de que sin esa preocupación, el Perú nunca será nada”.

En junio de 2009 el Club de Periodistas del Perú le concedió la Pluma de Plata en reconocimiento a su labor como maestro, académico y periodista. Premio que, como presidente de la institución, tuve la satisfacción de poner en sus manos. Pocas veces lo vi más radiante.

En su vida fue reconocido y premiado por incontables centros de estudios e instituciones que sería largo enumerar. Sus distinciones más importantes fueron: la Orden El Sol en el grado de Gran Cruz, Las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta y el Premio Nacional de Cultura en tres ocasiones. A solo unos pasos de cumplir 90 años, siguió dictando clases y escribiendo una columna semanal titulada “Aula precaria” en el diario La República, cuyo último texto entregaron sus familiares días de antes de que el maestro falleciera (20 de enero de 2011). Con su partida, el país perdió a uno de sus hijos más nobles y talentosos, y sus miles de discípulos, a un maestro entrañable.