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DUNIA FELICES, ATLETA PARAPANAMERICANA

Nadar sin límites

La historia de nuestra principal carta de la paranatación peruana en Lima 2019 es un ejemplo del desarraigo involuntario por el terrorismo y también un ejemplo de cómo el ser humano puede reponerse de la adversidad con voluntad y valentía.

8/5/2019


Luis Iparraguirre

liparraguirre@editoraperu.com.pe

Yallí estaba, escondida en el arbusto de flores de retama. Tenía dos años y temblaba de miedo. Esperaba que su mami terminara de cocinar para esos terroristas que siempre venían a exigir, a gritar y a matar. Con los ojos bien abiertos, los cabellos despeinados y el rostro chaposo por el frío, Dunia rogaba de que todo terminara pronto. El amarillo profundo de las flores de retama la distraían del terror.



Era 1992 y Sendero Luminoso estaba enquistado en Ayacucho, atormentando la vida de muchos campesinos como los padres de Dunia Felices Rojas, quienes vivían encima de los 3,000 metros de altura en el distrito de Sarhua. Ellos sabían que no era un buen lugar para que creciera la pequeña Dunia, por eso la trajeron a Lima, a la casa de una tía que la crio como si fuera su madre, y primos que se convirtieron en sus hermanos.

Terrible enfermedad

“Mi vida era normal. Mi infancia transcurrió con normalidad luego de dejar Ayacucho. Hasta que a los 13 años sentí cambios en mi cuerpo: sentía dolor, tenía fiebres altas y mi sistema inmunológico estaba por los suelos”, nos cuenta. Le diagnosticaron por error reumatismo juvenil, pero después de varios meses de análisis le dijeron que tenía vasculitis sistémica, una enfermedad que ataca los vasos sanguíneos y produce necrosis en las extremidades.

“Por nueve meses estuve encerrada en un cuarto aislado con solo una ventana alta en el que veía cómo entraban los rayos del sol. Me trataron médicamente de muchas maneras, como con la cámara hiperbárica, con pastillas, y varias máquinas que lavaban mi sangre para limpiarla. Y fue allí que la enfermedad se detuvo, mas mis manos y mis pies ya estaban muy dañados. Me dijeron que tenían que amputarlos para poder salvar mi vida”, recuerda sin un rastro de depresión, pero sí con mucha seriedad.



Nos comenta lo feliz y dispersa que fue de niña. “Siempre he sido una persona libre. No he sido una niña que estaba pegada al televisor. No era una niña sedentaria. Era una niña que corría por todos lados. Hacía deporte, jugaba. Extrañaba mucho eso. Y me dije: ¡quiero vivir! Si esto [la amputación] es lo que me va a dar vida, me dije, bueno, voy a volver a nacer. Por eso, cuando me dieron la noticia, mis hermanos y yo brindamos por ese volver a nacer”.

Descubrió su pasión

Al día siguiente de la operación lloró todo el día porque se veía tan diferente. “Creo que tenía derecho a llorar. Y mi familia respetó mi llanto; luego, decidí seguir con mi vida. Descubrí que podía pintar con la boca y por eso estudié la carrera de Artes Plásticas Visuales y he podido exponer mi trabajo en Europa”. Cuando cursaba sus estudiso descubrió al conocido fotógrafo estadounidense Michael Stokes, quien retrató a personas amputadas, varias de las cuales eran paradeportistas que representaban a sus respectivos países.

“Más que sus fotografías, que eran preciosas, me interesó mucho la vida de esos paradeportistas, y con eso en la cabeza me metí en la piscina de un hotel. Crucé con mucho esfuerzo los cinco metros… ¡y fui feliz! Decidí entonces que quería competir. Mis tíos me dijeron que podía nadar por salud, pero les dije que no, que yo quería representar a mi país en los juegos Parapanamericanos de Lima 2019. Ellos ni sabían de qué hablaba”, recuerda entre risas.

Dunia, quien ahora ostenta el tercer puesto en su categoría en el ámbito sudamericano, nos dice que la Asociación Nacional Paralímpica del Perú la representa y la apoya con todos los viajes y competencias. “Mi progreso ha sido rápido. He clasificado para el Mundial de Londres 2019 y pienso obtener un cupo para las Paraolimpiadas de Tokio 2020 y, además, soy embajadora de Lima 2019”, nos informa.



Dunia posee una mirada fija, propia de esas personas que tienen la respuesta correcta ante cualquier pregunta. Ostenta una inmensa seguridad en sí misma que resulta atractiva e intimidante a la vez.

Nuestra paranadadora ha tenido una vida difícil. Más que difícil, ha tenido una infancia en medio del terror y una adolescencia desgarradora, pero ahora, durante los primeros años de su juventud, ha descubierto en la natación un motivo más para seguir perseverando.

“Cuando escucho el agua, mi cuerpo se va calentando. Me gusta nadar. A veces he faltado un día o dos, y lo extraño. Antes, mientras nadaba, miraba las mayólicas que están en el fondo de la piscina y me aburrían. Ahora, al ver las rayas de esas mismas mayólicas que pasan rápidamente, siento que estoy volando. La natación es lo mejor que tengo en mi vida”.

Ella es un ejemplo de cómo familias enteras quedaron divididas por el terrorismo, un modelo del desarraigo involuntario. Es un ejemplo de cómo el ser humano puede reponerse de la adversidad con voluntad y valentía para continuar disfrutando de la vida, que aunque dolorosa también nos trae inmensas satisfacciones.

Pastillas de autoayuda

“A las personas que están pasando por momentos difíciles les diría que tomen en cuenta estas palabras: conciencia, resiliencia, perseverancia y esfuerzo. Conciencia, para aceptar que pasando por momentos difíciles. Resiliencia, para saber darle la vuelta a lo malo que se te presenta. Perseverancia, para dedicarte con muchas ganas a lo que haces, y esfuerzo, para saber sanar todo lo que te han herido y seguir adelante con tu vida”.

No lo dijo, pero lo que en verdad tiene Dunia es pasión. Pasión por el deporte que practica. Pasión por volar en el agua. Por llegar a la meta. Esa misma pasión que tuvo al observar, introspectivamente, el amarillo profundo de la flor de retama, cuando tenía tan solo dos años, allí, donde los cerros se extienden hasta alcanzar la aurora; allí, donde en sus faldas se hacen mujeres.