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APROXIMACIONES

Revalorando la paternidad

11/6/2019


Ana de Mendoza

Representante de Unicef

En América Latina solo uno de cada seis niñas y niños participa en actividades de aprendizaje temprano acompañado de su padre. Esto no extraña, pero sí preocupa.

Desde el nacimiento, las sociedades asignan roles femeninos y masculinos que, en la dinámica familiar, terminan encasillando al padre en el papel del proveedor que satisface las necesidades materiales familiares y a la madre como única responsable de las tareas de cuidado. En el Perú, la incorporación de la mujer al mercado laboral avanza todavía con grandes retos, pero la participación del hombre en las tareas de crianza y cuidado de sus hijos continúa siendo un desafío.

Contar con cuidados y afectos de padres y madres es un derecho de niños y niñas. Pero, además, la participación paterna en la crianza contribuye a la formación de mejores ciudadanas y ciudadanos, fomentando nuevos referentes de familias, donde la corresponsabilidad en el cuidado de la niñez constituye un ejemplo de valores compartidos. Además, contribuye al desarrollo laboral y profesional de las mujeres y a que los varones recuperen espacios para vivir su masculinidad desde un rol de cuidador. Situaciones todas que abonan al desarrollo sostenible del país.

Al momento del nacimiento, el cerebro de niñas y niños se ha desarrollado en 22%; a los 6 meses tiene 1,000 conexiones neuronales por segundo; y a los 3 años alcanza del 60% al 70% de su potencial. Conseguir el máximo desarrollo posible en los tres primeros años de vida requiere de un entorno en el que prime el cuidado cariñoso y sensible, se les brinde seguridad emocional, se atiendan sus necesidades nutricionales, se alienten sus aprendizajes y se asegure buena salud. El ambiente donde nacen, crecen y viven niñas y niños determina favorable o negativamente su desarrollo.

Urge promover entornos de crianza libres de violencia. No puede tolerarse que en algunos lugares del país el 33% de niñas y niños menores de 5 años sea víctima de maltrato físico. La imagen del padre gruñón y amenazante frente al televisor mientras el bebé llora y la madre intenta atenderlo, a la par que cocina, lava o plancha, debiera resultar absolutamente impensable en un país como el Perú, que se ha convertido en un referente del crecimiento económico de la región. Es hora de enterrar esa imagen en el pasado.

Este desafío implica un cambio cultural que no se dará de la noche a la mañana. Se requieren políticas públicas promotoras del ejercicio pleno de la paternidad y de la crianza compartida, y que garanticen tiempos, espacios e inversión para cuidar. Además, el compromiso del Estado, el sector privado y las familias para que ese cambio cultural se acelere.

Las regulaciones laborales para permitir que padres y madres pasen más tiempo con sus bebés, la ampliación de licencias por paternidad obligatorias en sectores formales y el acceso universal a espacios de cuidado de calidad son medidas imprescindibles para avanzar en la corresponsabilidad en el cuidado y garantizar que todos los niños y niñas tengan el mejor comienzo posible. Ellos y ellas se lo merecen y el Perú también.