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Año del Buen Servicio al Ciudadano
DOMINGO 17

de diciembre de 2017

MANUELCHA PRADO. CANTAUTOR Y GUITARRISTA

“Siempre vuelvo a leer a Platón”

Músico ayacuchano llega a sus 48 años de carrera. Cuenta sobre la rebeldía de su cabellera, sus lecturas y cómo llegó a Lima.

26/11/2017


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Hace vibrar las cuerdas de “la condesa mediterránea”, guitarra que lo acompaña desde hace tres años. El músico volverá el miércoles 29 al Gran Teatro Nacional. Habrá varios segmentos: a guitarra sola; dúos con Princesita de Yungay y Nancy Manchego; le cantará a Miguel Grau y recitará con una de sus hijas “Nostalgia”, de José Santos Chocano. 

“A los que desde la orilla socialista apuntalamos cosas, Chocano nos choca, pero en estos tiempos en el que nadie se salva, es necesario poner sobre la balanza lo bueno de cada personaje”, explica. “Y Miguel Grau entrega la idea de nación, de pensar en las nuevas generaciones y el bien común”.

El músico ayacuchano tiene un centro cultural con su nombre en el Centro de Lima. Y, desde los años ochenta, vive en Villa Huanta, en San Juan de Lurigancho.

–¿Tus canciones más emblemáticas nacieron en Villa Huanta?

–Algunas, como ‘Lucero’, ‘Piedra’, ‘Kavilando’ o ‘Panorama andino’, una sinfonía de guitarras en la que describo las vivencias de esos años.

–¿Escribiste el huaino ‘Trilce’ después de leer a César Vallejo?

–No, yo fui vallejiano desde niño. Mis maestros de primaria hacían veladas literarias-musicales en Puquio. En la escuela leí y recitaba Los Heraldos Negros. Trilce lo leí después. Y junto a Vallejo tuve la suerte de conocer a Sabogal, Clorinda Matto de Turner.

Manuelcha estudió los primeros tres años de la secundaria en Puquio. A su mamá no le gustó que él y su hermano, Percy, se volvieran jaranistas y los envió a Lima.

“Estudié en el colegio de varones Pedro Coronado Arrascue, en la cuadra 3 del jirón Moquegua, ahí terminé la secundaria. Formamos el conjunto Tempestad 5 con mi hermano. Yo tocaba el bajo y él era el director. Tocábamos covers de Los Diablos Rojos, Los Destellos, de Manzanita, cosas difíciles. Y antes de que terminara la fiesta, nos pedían huainos, que nosotros sabíamos cualquier cantidad y la fiesta se alargaba hasta el amanecer. Fue una experiencia muy linda que duró dos años. Mi mamá llegó a Lima, se enteró, y mi hermano y yo nos dedicamos a estudiar.

–¿Te golpeó mucho Lima?

–Relativamente. En mi colegio había blanquiñosos, serranos, nikkeis, negritos, gente achorada de Cárcamo… todas las sangres. Esos dos años fueron claves para poder adaptarnos y conocer la idiosincrasia del limeño. Había gente sensible: un roquero tocaba ‘Gipsy Queen’ de Santana, y yo, ‘Adiós, pueblo de Ayacucho’.

–¿Por qué el cabello largo que luces desde los ochenta? ¿Un acto de rebelión?

–Es una mezcla, una rebelión, una búsqueda de imagen propia; siempre hemos sido irreverentes antisistémicos. Y los mayores me hacían bullying por la pelambre. Yo soportaba estoicamente.

–¿Qué queda del Manuelcha de aquellos años?

–No dejaríamos de ser antisistema porque todos los sistemas guardan algo de injusticia. Soñar en una sociedad ideal no está mal, pero también ser realistas de que los sistemas ofrecen lo que pueden. La perfección social es lo más iluso que pueda haber, lo que no quita que sigamos luchando por la verdad, la justicia, la belleza, el derecho al pan, a la vida. En ese sentido, siempre que puedo, vuelvo a La República, de Platón. ¡Cuánto se había adelantado este gran genio hace 2,500 años!

Retorna también a Arguedas. “Nos hizo ver, de una manera didáctica, la valía del mundo andino, junto con Luis E. Valcárcel, Julio C. Tello, Gamaliel Churata, Uriel García”.

–Musicalmente, ¿en qué momento estás de tu búsqueda?

–Creo que me estoy mordiendo la cola. Como diría Nietzsche, “el eterno retorno”. Es una necesidad para poder cerrar el círculo. Tras intentos de fusiones, a veces confusiones, los músicos retornamos a lo que siempre tocó nuestras fibras. Para nosotros, los andinos, la música que emerge de la tierra es la música campesina.