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Año del Buen Servicio al Ciudadano
SÁBADO 23

de setiembre de 2017

PERFILES

Susana Baca

Es la reina de la música afroperuana y acaso la artista nacional que más ha recorrido el mundo en los últimos veinticinco años. Ha ganado el Premio Grammy dos veces, ha sido embajadora de la Unicef, ha publicado libros y hoy debe sentirse la mujer más feliz del mundo luego de haberse reencontrado con su público –cantó en el Municipal el último fin de semana–, cosa que no hacía muchos años debido a sus inacabables giras internacionales.

10/9/2017


DOMINGO TAMARIZ LÚCAR

Periodista

Recordar su vida, trayectoria artística y posición frente a la discriminación –”el racismo nos lesiona y atrasa”– resulta gratificante.

Susana Baca de la Colina nació en una humilde casa de Chorrillos el 24 de mayo de 1944. Sus padres fueron Ernesto Baca Ramírez, guitarrista, y doña Carmen de la Colina González. Ambos estaban emparentados con artistas que le dieron lustre a la música afroperuana, como Ronaldo Campos, fundador de Perú Negro, y Caitro Soto, el creador de “Toro mata”. Y en esa suerte, Susana creció escuchando el bordonear de las guitarras, el canto alegre y jocundo de sus tías, así como viendo, con ojos desorbitados, el baile generoso y espectacular de sus ancestros.

Al terminar la secundaria, aún no tenía claro el norte que seguirían sus pasos. Fue entonces cuando su madre, según uno de sus biógrafos, le dijo: “Eres negra, eres pobre. Tienes que estudiar”. Y ni modo: estudió para maestra en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta.

Una vez graduada de profesora (1968), tengo entendido que trabajó como tal, incluso en un pueblito de los Andes, Acolla, en las alturas de Tarma. Ella estaba feliz en su papel de maestra, pero interiormente sentía el llamado de su verdadera vocación: el canto, la música, que aprendió a amar desde temprana edad. Y así, acaso sin terminar de explicárselo, empezó a estudiar y ampliar sus conocimientos musicales en el Instituto de Arte Moderno del Perú y, poco después, en el Instituto Nacional de Cultura del Perú.

Debutó como cantante a los 27 años, un poco tarde, pero lo hizo en grande, pues se llevó el premio a la mejor intérprete del Festival Internacional de Agua Dulce. Inició así una carrera llena de luces, que, 46 años después, la sigue fascinando.

Su primer disco lo grabó en 1987, y se llamó Poesía y cantos negros del Perú. Sería el primero de una larga serie que a la fecha suma catorce álbumes. Ese mismo año fue nombrada embajadora de Buena Voluntad por la Unicef.

Y en ese devenir, ganó el Grammy Latino 2002 en la categoría Mejor Álbum Folklórico, con el llamado Lamento negro, en el cual registró un repertorio de canciones de raíces negras del Perú y Latinoamérica. Se convirtió así en la primera artista peruana en ganar este afamado premio (la excelencia en logros discográficos).

Por aquellos años conocí a Susana en casa del colega y amigo Augusto Elmore (q. e. p. d.), en un agasajo que este le ofreció a Tania Libertad. Cuando Susana llegó, se produjo un hecho nunca visto y oído: el canto a dúo de las dos divas peruanas más universales de nuestra música. Tuve así el privilegio de escuchar un chorro de canciones que, creo, no volverá a repetirse así nomás.

De color canela, físicamente menuda, ojos grandes, modales suaves, voz aterciopelada y elegante, Susana me dejó esa noche la sensación de una mujer sensible y culta.

Susana Baca ha realizado más de ochenta giras internacionales, ha participado en festivales y concursado en eventos internacionales como conferencista en temas sobre cultura afroamericana: varias ponencias suyas han sido publicadas, como La diáspora africana y el mundo moderno (en Estados Unidos) y La música y la herencia negra (en La Habana, en 1986).

Y en ese transcurrir, el 28 de julio del 2011 fue nombrada como la primera ministra de Cultura del gobierno de Ollanta Humala. Pero su mundo era la música, del que no podía estar ausente mucho tiempo, razón por la cual dejó la cartera antes de los seis meses.

Hace tres años abandonó su querido Chorrillos para mudarse al poblado de Santa Bárbara, de San Luis de Cañete, su nuevo hogar. Allí ha fundado un centro artístico y cultural, donde prosigue sus investigaciones sobre la música afroperuana, junto con Ricardo Pereyra, su esposo y mánager, con quien recorrió durante diez años la Costa peruana recogiendo testimonios y documentos de afrodescendientes que, luego, volcaron en el libro titulado Del fuego y del agua.

En Santa Bárbara vive los pocos meses que pasa en el Perú. Los contratos no cesan, y para ella “cantar la música negra es algo mágico”. Asombroso, ¿no?

De color canela, físicamente menuda, ojos grandes, modales suaves y voz aterciopelada.