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Año del Buen Servicio al Ciudadano
LUNES 23

de octubre de 2017

CIUDAD

Una Lima que no se va

A diario nos quejamos del caos existente en las calles de Lima, y solemos expresar, como nuestros abuelos, que lo pasado fue mejor. Las crónicas de nuestra tres veces coronada villa refieren que los de antes decían lo mismo que hogaño decimos nosotros.

13/8/2017


José Vargas Sifuentes

Periodista

Los historiadores refieren lo que ocurría en Lima, a dos siglos de su fundación: “Sus calles –a despecho de su bella alineación– ofrecían algunos inconvenientes, de los cuales los principales eran: el polvo, las molestias de la circulación, el ruido y los mendigos”.

¿Simples ‘inconvenientes’? Por entonces, circulaban lujosas carrozas y calesas de dos ruedas, haladas por una mula y con capacidad para cuatro pasajeros. Se calcula que circulaban más de diez mil coches, demasiado para una ciudad con 151,718 habitantes, según el censo de 1795, el último de la Colonia.

A ellos se sumaba el tráfico constante de recuas cargadas de mercancías o alfalfa, que dejaban las vías llenas de estiércol que el sol y el viento transformaban en polvo desagradable; aguateros agitando su campanilla sobre borriquillos cargados con barriles de agua dulce; rebaños de vacas rumbo a la lechería; panaderos sobre su cabalgadura, con capachos llenos de pan, y la lechera a caballo, ofreciendo a gritos su mercadería en recipientes de latón.

Gritos iban y venían desde el alba, hora en que las alcantarillas se llenaban con desperdicios y donde vecinas madrugadoras vaciaban sus bacines y cajas de cartón, causando desbordes pestilentes.

Ambulantes hasta en la sopa anunciaban sus productos de distintos modos y con diferentes pregones: el grito prolongado y monótono del vendedor de pasteles; el desaforado del bizcochero, con su cesto de bizcochos sobre la cabeza; los gritos de la vendedora de tisanas, de los vendedores de loterías, de aceite de culebra, de yerbas curalotodo y raíces para blanquear los dientes.

También vendedores de flores gritando: “¡Jazmines!”, a voz en cuello; y mendigos, elegantes y acostumbrados a la vida indolente y perezosa, rechazando con altivez propinas menores a cinco maravedíes, pues lo mínimo era veinte monedas, si querían que se las aceptasen.

Nuestra ciudad jardín representaba el mundanal ruido del que se quejaba Fray Luis de León en su Oda en la Vida Retirada.

Aparte, las calzadas lucían erizadas de guijarros puntiagudos que cortaban como vidrios de botella, y aceras cubiertas de baldosas flojas que cedían al paso.

De noche, la ciudad quedaba iluminada por lámparas de aceite. Las principales calles y plazas y las tiendas abiertas hasta medianoche, se llenaban de multitudes y jovencitas paseando bajo los portales, sonriendo a los jóvenes . Era imposible circular por Espaderos, Mercaderes o Baquíjano.

Después de lo leído, ¿seguís pensando que “todo tiempo pasado fue mejor”? Lima no tiene la culpa. La tienen sus habitantes y sus autoridades. A ellos, y parafraseando a Juana Inés de la Cruz, diríamos: “Queredla tal cual la hacéis, o hacedla cual la queréis”.