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Víctor Larco Herrera: El benefactor

Hace 80 años falleció el empresario y filántropo trujillano Víctor Larco Herrera, a quien el país le debe generosas obras sociales y edificios emblemáticos como la plaza Dos de Mayo y el Palacio Municipal de Trujillo.

12/5/2019


Raúl BordaPachecorborda@editoraperu.com.pe

Raúl Borda

rborda@editoraperu.com.pe

“Mi mente se inspira en la realización del bien y mi corazón en la mitigación del dolor ajeno”, solía decir don Víctor Larco Herrera. Ese corazón generoso dejó de latir el 10 mayo de 1939 en el puerto chileno de Valparaíso. Su muerte causó gran consternación en los círculos sociales, industriales y financieros del país, en los cuales gozaba de innegable respeto.

Larco Herrera dedicó sus años juveniles al comercio y la agricultura primero en la negociación Chiquitoy, donde sucedió a su padre Rafael Larco Bruno en la dirección de los intereses familiares, y luego como propietario de la hacienda Roma, que abarcó una gran extensión del valle de Chicama. En esa oportunidad, se reveló el dinamismo del joven trujillano en la administración de los negocios.



Plaza Dos de Mayo (1937).

Calificado por los que lo conocieron como intransigente con los métodos antiguos y la rutina, de carácter emprendedor, amigo de la renovación y hecho para la acción, introdujo en sus empresas sistemas de trabajo de colaboración industrial que devinieron en el auge de la industria azucarera y la prosperidad familiar que más tarde le ayudarían a financiar su obra filantrópica.

Sus obras

En el norte, al tiempo que le preocupaba el desarrollo de sus empresas, “donde encontraba que no había obras públicas, él las emprendía”. En 1912, Larco Herrera dedicó todo su apoyo a Huanchaco, al que dotó de la primera instalación de agua potable, escuelas y baños públicos. En esos años, el balneario alcanzó su mayor progreso.



Palacio Municipal de Trujillo (1955).

Trujillo, de la cual fue alcalde en 1913, le debe su prestancia de ciudad moderna. Con el fin de transformar su aspecto urbano fundó, como una iniciativa privada, la Junta de Progreso Local, modernizó y pavimentó con mosaicos el atrio y la plazuela del templo del Carmen y obsequió el Palacio Municipal, levantado en el mismo lugar en el que estuvo el viejo cabildo, desde donde el marqués de Torre Tagle lanzó el grito de libertad.

Ya establecido en la capital, en 1924, el filántropo dotó de un magnifico entorno urbanístico al monumento a los vencedores del Callao, que hasta entonces había estado rodeado de arrabales y misérrimas construcciones, levantando los ocho edificios de la plaza Dos de Mayo que le dieron a Lima una puerta de entrada de prestancia parisina.



Club de la Unión (1950).

En la avenida Alfonso Ugarte, mandó a construir el Museo Arqueológico (hoy, Museo de la Cultura Peruana) y lo dotó de valiosas piezas de nuestro pasado precolombino. Su generosidad le alcanzó para donar el terreno sobre el cual se levantaría más tarde el emblemático Club de la Unión en la Plaza de Armas de Lima y para restaurar la iglesia María Magdalena.

Sensibilidad social

Su agitada vida política lo llevó en 1914 a las celdas del Panóptico por exigir una sucesión constitucional tras el golpe que derrocó al presidente Guillermo Billinghurst. Una vez libre, no olvidó su paso por este “albergue” de políticos rebeldes y entregó mil soles “para que se inviertan en buenos libros para el solaz de los reclusos”.



Hospital Larco Herrera (1997).

En 1918, como “inspector de los hospitales para enfermos mentales” de la Beneficencia de Lima y llevado por el doctor Hermilio Valdizán, el empresario Larco Herrera comprobó “la poca piedad de los sistemas de asistencia” hasta entonces empleados para atender a estos pacientes. Convencido de un cambio en el cual el tratamiento científico se impusiera a la religión, donó un millón y medio de soles para construir y equipar el nuevo hospital asilo de la Magdalena que más tarde llevaría su nombre.

Consciente de que no hay obra más eficaz que la atención a la infancia, destinó de su cuantiosa fortuna y de su dieta como senador, a la cual renunció, a la asistencia de los niños pobres de su departamento y de las cunas maternales en Lima, ciudad con la que también contribuyó al otorgar 250,000 soles para el orfanato de Magdalena (Puericultorio Pérez Araníbar), del cual fue su protector hasta el final de sus días.



Puericultorio Pérez Araníbar (1958).

La crisis económica que afrontó a finales de los años 20 lo llevó a vender su hacienda Roma y a radicar desde 1930 en Santiago de Chile, donde incursionó en diversos negocios. Allí también escribió los libros Leguía, el mártir de la Penitenciaría y Cobrizos, blancos y negros, aborígenes de América.

Empresario, filántropo y político de otro tiempo y quilates declaró alguna vez: “Yo he procurado toda mi vida ofrecer un consuelo a la humanidad, aconsejándola, orientándola y sirviéndola en las medidas de mis facultades económicas”. Hay personajes a los que la historia les dio el título de libertador, mariscal o caballero, a don Víctor Larco Herrera bien podría conferirle el de benefactor.