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Año del diálogo y la reconciliación nacional
LUNES 16

de julio de 2018

PERFIL

Alberto Vargas

Fue un predestinado. Dibujó a las divas de Hollywood y a las coristas de Broadway con una maestría y sutileza sin parangón en la historia. Y en ese arte ha quedado como el ícono de la cultura popular estadounidense de su época. Sus “Chicas Vargas” resplandecieron durante siete años en las páginas centrales de la revista Squire, y en los años de la Segunda Guerra Mundial, en los uniformes de los soldados yanquis, cuarteles y fuselajes de los aviones de guerra en Europa y el Pacífico. Su vida y milagros son dignos de ser contados.

7/1/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Alberto Vargas Chávez nació en Arequipa, el 9 de febrero de 1896. Sus padres fueron Max T. Vargas, pionero de la fotografía arequipeña, y doña Margarita Chávez. En 1911, cuando apenas contaba 15 años, viajó a Europa junto con su padre y su hermano Max para completar sus estudios y luego instruirse en arte en Suiza. El ideal de su padre era que a su retorno él se encargara del estudio de la familia.

Rumbo a Suiza hicieron un alto en París, donde don Max debía recibir una medalla de oro como premio por un estudio fotográfico producido en unas ruinas incaicas. En la capital francesa recorrió con ojos desorbitados la afamada arquitectura gala, sus museos y galerías. Y en esa suerte, dibujó las obras del Louvre, principalmente las estatuas griegas. Aprendió, así, a reproducir las formas humanas, sin ropa ni nada que ocultara la belleza y sensualidad del cuerpo humano.

Pasó cinco años estudiando fotografía en Suiza, como le había pedido su padre. Y en ese sino trabajó en Ginebra antes de abandonar Europa a causa de la guerra. De vuelta a casa hizo escala en Nueva York y, acaso sin imaginarlo, descubrió su verdadera vocación.

Cuentan sus biógrafos que una tarde, caminando por las calles de Times Square, vio a una joven pelirroja y la siguió extasiado. Ella entró en un teatro de Broadway y él la esperó hasta que terminara la función. Venciendo su timidez, se le acercó diciéndole que era artista y le pidió que posara para él. Anna Mae Clift, modelo y actriz –tales su nombre y su profesión– aceptó la proposición, pese a que Alberto no tenía un dólar para pagarle.

Fue entonces cuando le informó a su padre que no iba a continuar el viaje, que se quedaría en Nueva York; y aunque este le deseó la mejor de las suertes, le advirtió que desde ese momento no contaría más con la ayuda económica de la familia. En la Ciudad de los Rascacielos inició su carrera como ilustrador de moda y retratista de las estrellas de Broadway y de la compañía The Ziegfield Follies. El éxito no tardó en sonreírle.

Alberto y Anna se casaron en 1930. Ella no solo sería su musa inspiradora y la modelo de su primera Varga Girls, sino también su ángel de la guarda.

Durante la Gran Depresión de 1929 se vio obligado a buscar nuevos horizontes. Aterrizó entonces en Hollywood, donde trabajó para la 20th Century Fox y la Warner Bros y retrató a divas como Greta Garbo, Ava Gardner y Marilyn Monroe. Trabajando en una de esas productoras, participó en una huelga con otros artistas, con tan mala fortuna que fue puesto en la lista negra y acusado de comunista. Sin trabajo y al borde de la miseria, decidió regresar a Nueva York.

Lo hizo justamente cuando el editor de la revista Squire buscaba un reemplazante para el dibujante George Petty. En la revista, la publicación de cada una de las chicas que retrataba iba acompañada por su firma: Varga Girls (sin la ‘s’). Aparte de laborar en Squire, hacía trabajos en publicidad y para calendarios. Sus Varga Girls llegaron a ser parte de la cultura pop de la época. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de soldados estadounidenses tenían sus dibujos en cuarteles, en trincheras y en el fuselaje de los bombarderos.

Sus chicas adornaron las páginas centrales de Squire hasta 1947, cuando renunció resentido por los bajos sueldos que percibía (12,000 dólares anuales). A partir de la década de 1960 publicó sus dibujos en la revista Playboy. Desde entonces las llamó las “Chicas Vargas”, al tiempo que le agregó la ‘s’ a su firma, les quitó un poco de ropa a sus modelos. Sin embargo, su arte continuó sutil y sugerente.

Vargas siguió trabajando para Playboy, pero la muerte de su esposa, en 1974, resintió su ánimo de seguir pintando. A partir de entonces, su buena estrella se fue apagando, hasta que falleció en 1983.

Sus retratos de actrices y Vargas Girls tienen un alto valor para los coleccionistas. Desde 1985, el Museo de Arte de San Francisco ofrece una colección de dibujos originales de Alberto Vargas.