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APROXIMACIONES

Casa de Pizarro: dueños e inquilinos

La oficialmente llamada Casa de Gobierno del Perú acaba de cumplir 480 años desde que el conquistador Francisco Pizarro empezara a ocuparla en 1538 como centro de su administración; y 80 años de construido o reconstruido desde que el actual, sin ninguna ceremonia, entró en funciones en tiempos del general Benavides.

5/1/2019


José Vargas Sifuentes

Periodista

El viejo recinto, llamado también Solar de los Conquistadores, Casa de Pizarro, Heredad del Mayorazgo, Palacio de los Virreyes, Vivac de los Conquistadores, Caserón de los Caudillos y Palacio de Gobierno, ha sido escenario de mil y una travesuras históricas y sus puertas han cedido a los tanques de caudillos militares, cuando no semidestruidas por incendios y terremotos.

Quien lo ocupa, gracias al voto popular –o por la fuerza–, es un inquilino y al mismo tiempo dueño del inmueble, como lo fue desde un inicio el fundador de Lima, que se apropió del palacio y desalojó a su titular, el cacique Taulichusco, sin orden judicial.

Su titular tiene así la potestad de modificar, ampliar, remozar, remodelar o hacer en el inmueble lo que le venga en gana, como lo hicieron sus anteriores ocupantes y que le dieron la fisonomía que luce actualmente.

Sin embargo, en sus orígenes, la cosa no fue tan simple, pues la propiedad del inmueble originó algunos juicios por quienes se consideraron sus legítimos herederos, casos de la esposa e hijos de Pizarro y del hijo del cacique Taulichusco.

Recordemos parte de esta historia. Cuando se produjo la fundación de Lima, el conquistador reservó para sí cuatro solares de una manzana ubicada en el mismo terreno que ocupa en la actualidad.

A su muerte, en 1541, se inició la construcción de los tres solares restantes, destinados a sala de la Audiencia Real; Caja Real, para recaudar los quintos para el rey; Tribunal de Contadores Mayores; cuartel con caballerizas para la guardia; Sala de Armas; cárcel de la Corte y Capilla Real.

Allá por 1550, y muertos también Gonzalo y Juan Pizarro, primer y último hijos del fundador de Lima, sus dos herederos, Francisco, hijo de la ñusta Angelina Yupanqui Huaylas, y Francisca, hija de la ñusta Inés, hermana de la anterior, iniciaron en España un intrincado pleito ante la Real Corona para que se les reconociera la propiedad de las llamadas casas de la Real Audiencia.

En mayo de 1554, se dispuso un pago a doña Francisca, por “los alquileres de las casas del Marqués su padre de todo el tiempo que en ellas había estado y estuviese la Audiencia, hasta el día que se le desembarazasen o se le comprasen”. No existen evidencias de que se cumpliera lo uno ni lo otro.

Por el contrario, en diciembre de 1555, el fiscal de la real Audiencia de los Reyes comunicó al Consejo de Indias haber logrado, en nombre de Su Majestad, dos ejecutorias contra doña Francisca, por un total de 67,000 pesos. Al año siguiente, y a cuenta de lo que Pizarro adeudaba a la corona, se ordenó el embargo de “todos los bienes inmuebles y semovientes, derechos y juros reales” de la heredera, que quedó, así, despojada incluso de sus alhajas y vestidos.

En 1557 se pronunció una sentencia final que dispuso que en pago de que “cuando murió o mataron al Marqués Pizarro debía al rey veintiocho mil pesos de oro”, se adjudicase a la Corona lo que fueron solares y moradas, casa y tumba del conquistador.

Paralelamente y ante la Real Audiencia de Lima, en 1545, Gonzalo de Lima, segundo hijo del entonces ya fallecido cacique Taulichusco, había iniciado un juicio para recuperar los terrenos y viviendas de los que había sido despojado.

El juicio –jamás estudiado ni analizado a fondo, pese a la copiosa documentación existente– fue iniciado porque los terrenos de Maranga fueron entregados a Gerónimo de Silva, escudero del conquistador Domingo de la Presa, y a los cuales este se hizo merecedor tras contraer matrimonio con la hija de Nicolás de Ribera, el Viejo, primer alcalde de Lima.

Los oidores de la Audiencia, a pesar de darle la razón al joven litigante, prolongaron el juicio por años hasta que el reclamante abandonó sus pretensiones vencido por al cansancio y jamás reclamó ni se dictó sentencia.

A la fecha no se conoce de ningún otro juicio por la propiedad del edificio, el principal de nuestro país, detrás de cuyas paredes se conservan profundos secretos de hechos y personajes que durante el tiempo transcurrido se conjugaron para señalar los destinos de nuestra patria. Pero esa ya es otra historia.