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Año del diálogo y la reconciliación nacional
LUNES 20

de agosto de 2018

PERFILES

Daniel Hernández

21/5/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Fue el fundador y primer director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, que este año celebra el primer centenario de su fundación. Vivió gran parte de su existencia en Europa, donde estudió  intensamente y se consagró como un pintor de estilo equilibrado y preciosista. Hernández nos dejó  una lección de vida y una obra digna de ser contada.


Daniel Hernández Morillo nació en Tayacaja, Huancavelica, el 1 de agosto de 1856.

Desde muy niño gustó del dibujo, a tal punto que a los 14 años su padre no tuvo más remedio que inscribirlo en la academia de Leonardo de Barbieri, ubicada en la calle San Pedro de Lima.

Dos años después, el alumno sorprendía a su maestro con una obra clásica, La muerte de Sócrates, hecho que llevó al presidente Pardo a enviarlo a Europa (1874) y asignarle una pensión que naufragó a pocos meses de llegar a París. Cuando arribó a la Ciudad Luz, lo primero que hizo fue visitar a Ignacio Merino –el pintor acaso de mayor trascendencia en nuestra historia pictórica–, quien, ya sesentón, le aconsejó trasladarse a Italia.

En Italia, como su pensión no funcionó, tuvo que ingeniárselas para sobrevivir. Vendió cuadros suyos por sumas irrisorias e incluso realizó copias de pinturas famosas para cubrir los costos de sus estudios y subsistencia. Y así, durante diez años, persistió en el estudio del arte clásico.

Dejó Italia para viajar a España, donde estuvo algunos años para, luego, volver a la Ciudad Luz, en la que conoció a Padilla, a Villegas y otros artistas españoles que ejecutaban una pintura más suelta y preciosista y que terminaron por arrobarlo y, claro, influir en su trabajo.

En la capital de Francia, donde residió más de 30 años, ganó la segunda medalla del Salón de París (1899), la medalla de oro en la Exposición Universal (1900) y, al año siguiente, la Legión de Honor, reconocimientos que demuestran la gran aceptación de la obra de Hernández en Europa en los últimos años del siglo XIX.

En París vivió la tensión de la Primera Guerra Mundial. Cuando aún no se habían silenciado los cañones (1917), recibió la invitación del presidente Pardo (hijo) para organizar y dirigir la Escuela Nacional de Bellas Artes, que en setiembre próximo celebra cien años de su fundación.

En ese sino, después de una ausencia de 40 años, Hernández volvió al país ansioso de volcar en las futuras generaciones de artistas peruanos todo el bagaje de conocimiento que asimiló en el Viejo Continente

Entre sus obras más destacadas figuran los retratos de Simón Bolívar, pintado para el Palacio Legislativo; de Francisco Pizarro, destinado al Palacio de Gobierno; La Capitulación de Ayacucho; La Perezosa y una variada obra en la que desfilan acuarelas marinas, paisajes y bodegones que destacan por su estilo equilibrado y preciosista.

Hernández estuvo al mando de la ENAE hasta el final de sus días: 23 de octubre de 1932. Uno de los distritos de Tayacaja perpetúa el nombre del pintor que fue ejemplo de superación y amor a la patria.