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Año de la Universalización de la Salud
VIERNES 3

de julio de 2020

Fotos referenciales: ACNUR

Día Mundial del Refugiado: La historia de Viviana, una de las 1,600 personas acogidas en Perú

El país ha recibido más de 480 mil solicitudes, de personas de más de 70 nacionalidades. La colombiana Viviana Duarte cuenta las circunstancias que la obligaron a salir de su país con su familia.

20/6/2020


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe



UNO
Viviana Duarte sabe que alguien que estudia se vuelve peligroso. Sí, señor. Peligroso para los extremos. Derechas. Izquierdas. Su esposo, Johan, quien por entonces era policía, y ella, vivían en Bogotá. Ya tenían una hija y ambos estudiaban en una universidad pública colombiana. 

Pero a los grupos armados ese deseo de superación personal, esa independencia, ese libre pensamiento, no les hacía nadita de gracia. Y los subversivos, ataviados de cuadernos, mochilas y rostros de estudiantes comunes y corrientes, empezaron a amenazarlos. 

-Si tu esposo no se recluta con nosotros, nos llevaremos a la niña. 

Viviana y Johan no lo pensaron dos veces y, por salvaguardar la vida de su hija y no ceder al vil chantaje, empacaron las pocas pertenencias, estrujaron los pocos billetes ahorrados, los pañales, la leche y dejaron atrás la familia, los amigos, las pequeñas comodidades que significan vivir en tu país… La vida. 

“Primero estuvimos en Ecuador, pero allá no vieron ni nuestra solicitud de refugio”, recuerda con pesadumbre. Entonces llegaron al Perú. De eso, hace siete años. 

Tuvieron que contar su historia a los funcionarios de Relaciones Exteriores del Perú. Es lo que se hace en todo el mundo. La tranquilidad de su familia dependía de los funcionarios de este sector. Ellos, por su parte, determinarían si su historia ameritaban para concederles la calidad de refugiados o no. 

Fueron casi dos meses llenos de angustia hasta que llegó la respuesta: el Perú acogía a la familia colombiana como refugiados.


DOS
Viviana lo ha dicho hoy. También ayer, el año pasado y desde que llegó. Tantas veces que su voz se llena de coraje, cuando lo repite: “No estamos fuera de nuestro país porque queramos, sino que tenemos una necesidad. Mucha gente no entiende eso.” 

Los refugiados no son inmigrantes comunes, que cruzan las fronteras solo por apremios económicos. El refugiado emigra “porque hay una situación que perjudica nuestras vidas; sí, señor”, recuerda ella. 

Toda su vida de refugiados en el Perú, Viviana, Johan y sus hijos lo han pasado en Lima. Aquí, en la capital peruana, nació su segundo hijo. 

La del refugiado es una vida difícil. No se consigue empleo fácilmente. 

Tampoco casa. “Cuando llegamos, nadie nos quería alquilar una habitación porque éramos colombianos, porque éramos refugiados”. Tuvieron que quedarse en un hotel. 

Pero uno se acostumbra, dice Viviana, tal vez con resignación. El hombre, animal de costumbres, dice esa muletilla. 

Tampoco es fácil conseguir empleo en el país que te acoge. 

Con su carné de extranjería que les da el Estado peruano y se renueva anualmente, Viviana y su esposo, comenzaron a tocar puertas. 

Los empleadores preguntaba, ¿por qué se viene de su país si es tan bonito? Y cuando decían que eran refugiados, la cara, la respuesta era la misma, “¿refugiado y colombiano? Dios sabe lo qué habrá hecho en su país”, decían antes de cerrarles las puertas en la cara. 

Para muchos, un refugiado no solo es un extraño que llega con pasaporte o salvoconducto, sino un sospechoso de algo malo. 

“¡Nosotros no hicimos nada, a nosotros nos lo hicieron!”, gritaba Viviana, pero ya nadie la escuchaba. 

“Mucha gente no tiene los conocimientos de qué significa ser refugiado. Uno tiene que tratar la explicarles; “pero imagínese explicarles uno a uno, imagínese la tarea que le queda a uno”. Explicar a oídos sordos. 




TRES
La vida del refugiado es difícil, “pero uno se acostumbra a todo”, dice, tal vez resignada. Con el paso de los años ella, su esposo, su hija mayor, van adoptando algunas costumbres peruanas y, así, trata de que las cosas sean muchos más fáciles.

Comenzó a trabajar en pequeñas empresas, como agencias de viaje o de empleo, pero no le pagaban lo justo, dice, y le hacían trabajar más horas de lo normal. Lo mismo pasaba con su esposo.

¿Y cómo sobreviven? “Como la mayoría de mis compatriotas, por no decir que todos, somos independientes. Es difícil la inclusión laboral así tengas buenas competencias o habilidades, por eso la mayoría trabajamos a cuenta de nosotros”. 

Sí, se ha convencido con los años, que le conviene ser independiente, porque aquí no hay tíos, madres, abuelas, alguien a quién encargar a sus hijos. 

¿Y en la cuarentena? Su hija mayor ya tiene amiguitos, le agrada su colegio, ha asumido cosas de peruana, pero el aislamiento social obligatorio, la cuarentena, que nos cayó como un baldazo de agua fría, la sienten más los refugiados, sus hijos: Están completamente aislados. El esposo de Viviana sale para conseguir; los hijos sin amigos ni niños de su edad cerca, en su entorno. 

No, no somos el pueblo que abre las puertas fácilmente al extranjero pobre, aunque sea trabajador. Perú, país desconfiado.

Siempre piensa en su país; sobre todo en su familia. 

Su mensaje en el Día Internacional de los Refugiado es que no salieron de su país porque quisieron, sino porque tuvieron una necesidad, lo subraya, ahora con voz ahogada y mucha gente no entiende eso. 

Y que los buenos, como dicen por ahí, somos más. 

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