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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MIÉRCOLES 15

de agosto de 2018

PERFILES

Dora Mayer

Fue uno de los personajes de la Lima del 900. Alemana de nacimiento, pero profundamente peruana a fuerza de enraizarse y amar nuestras costumbres y encarar nuestros problemas. Escritora, periodista, luchadora social; sus sueños y batallas tuvieron como propósito la redención de los indígenas, negros, mestizos e inmigrantes chinos.

28/1/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Injustamente olvidada, al extremo que las nuevas generaciones ignoran su nombre y su obra y, también –por qué no decirlo– sus desvaríos.

Ante el advenimiento del sesquicentenario del natalicio de esta excepcional mujer, es preciso, desde el saque, reconocer su labor intelectual y su lucha en favor de los marginados y, en ese designio, rendirle el homenaje que el país le debe hace medio siglo. ¿Quién fue esta mujer que le dio todo a un país que hizo suyo a fuerza de amarlo?

Dora Mayer nació en Hamburgo, Alemania, el 12 de marzo de 1868. Hija de Anatol Adolf Mayer y Matilde Loehts, llegó al Perú cuando tenía 5 años y vivió frente al mar del Callao, en el antiguo jirón Loreto, durante cincuenta años. “Nunca fue al colegio: se educó con la música de Mozart y muchas lecturas”, dice José Adolph, como ella, periodista y escritor de cuna alemana, fallecido en 2008.

Sin embargo, algunos de sus biógrafos contradicen lo que afirma Adolph: señalan que estudió primaria en el colegio Andino y secundaria en la Gran Unidad Escolar Santa Isabel de Huancayo. Felizmente, son pocos los cronistas –sin duda, extraviados– que anotan ese disparate. Hago hincapié en este error porque a menudo me encuentro con estos dislates. Dora Mayer fue una autodidacta notable: dominó cuatro idiomas (alemán, inglés, francés y español) y escribió obras de carácter sociológico y filosófico, así como crítica literaria.

Fue una niña muy despierta, inteligente, que lo quería saber todo. Ya adolescente, empezó a preocuparse por dos temas que atenazarían su vida: la postergación de la mujer y la marginación del indígena.

En el amanecer del nuevo siglo, El Comercio –seguramente informado de su talento– le abrió sus páginas para que expresara sus pensamientos e ideales. Escribió asimismo en La Prensa, La Crónica, El Tiempo, El Callao y la revista Amauta, que fundó José Carlos Mariátegui.

En 1902 falleció su padre, que le dejó una pequeña fortuna que desgraciadamente no supo administrar. Desde entonces tuvo que hacer malabares para sobrevivir, pues, como todos saben, siempre ha sido muy raro en nuestro país que un escritor viva de su producción literaria.

Era la época en la que la clase dominante regía los destinos del país marginando a las llamadas “razas inferiores”. El interés de algunos intelectuales por combatir esta exclusión y el abuso del que los marginados eran víctimas fue el comienzo de la redención indiana. Esta corriente fue conocida más tarde como indigenista.

En esa onda, y tras denodados esfuerzos, Dora Mayer fundó la Asociación Pro-Indígena, junto con el senador Joaquín Capelo y el joven filósofo Pedro Zulen, hijo de chino, quien coincidía con muchos de sus ideales.

Dora se enamoró perdidamente de Zulen. Fue un sentimiento irreprimible que la acompañó hasta el fin de sus días. Ella era 21 años mayor que él. Sin haberse casado, adoptó su apellido y lo llamó su “esposo espiritual”, pese a que él incesantemente repitió: “Esa señora no es nada mío”. Proclamó abiertamente su amor por Zulen en la Lima santurrona del 900. El escándalo estalló, pero ella supo llevar con estoicismo y dignidad su tristeza por un amor no correspondido.

Dora Mayer concurrió a muchos congresos representando al Perú con suficiencia y brillo: el Primer Congreso Femenino Internacional, realizado en Buenos Aires (1910); el Primer Congreso Universal de las Razas, en Londres (1912), y el Congreso Indigenista de Pastcuaro, en México (1940).

De sus libros, que llegan casi a la veintena, sobresalen: The conduct of the Cerro de Pasco Mining Company (1913 y, en versión en castellano, 1914); El indígena peruano a los cien años de la república libre e independiente (1921); La China silenciosa y elocuente, estudio sobre la inmigración china al Perú (1924); El indígena y su derecho (1929); El oncenio de Leguía (1932), y El indigenismo (1949). Sus Memorias han sido póstumamente publicadas por el historiador Pablo Macera (tres tomos, 1992).

Su vida se extinguió el 7 de enero de 1959 en su casa del pasaje Inclán, ubicada a un paso de la plaza San Martín. Se fue a los 91 años. Sus restos descansan en el cementerio Británico de Bellavista, Callao.