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MIÉRCOLES 16

de octubre de 2019

IMÁGENES EN EL TIEMPO

El día que Lima tembló

Hace 45 años, el 3 de octubre de 1974, se produjo un terremoto en Lima. El movimiento telúrico de 100 segundos afectó la vieja infraestructura de la ciudad y generó caos vehicular.

6/10/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

A las 9:21 de la mañana del jueves 3 de octubre de hace 45 años, Lima tembló. Lo hizo durante 100 segundos. Cuando la polvareda se despejó, habían más de 70 muertos y 2,000 heridos. 

Tras el sacudón, el tráfico vehicular capitalino colapsó. Por algunos minutos se interrumpió el fluido eléctrico, los semáforos no funcionaron y los nerviosos dueños de autos se creyeron en el derecho de saltarse el ‘pico y placa’ de la época.

Era jueves y solo podían circular por Lima los vehículos con calcomanías rojas. Pero los limeños sacaron sus autos de placas azules y blancas. Claro, no podían avanzar (parecía una Lima del siglo XXI). Algunos autos estacionados quedaron inutilizados por el desplome de paredes aledañas.



Mes del Señor de los Milagros, y algunas mujeres con hábito morado se lanzaron al medio de las calles a implorar la bendición del Cristo de Pachacamilla. Hasta las plegarias generan tráfico.

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Y los bomberos voluntarios no pudieron responder con la celeridad que se ameritaba. Porque ni la policía de tránsito, apoyada por los pitazos de sus colegas de turismo, pudo hacer mucho para agilizar el tránsito.

Amén de los vidrios rotos que saltaron de edificios de instituciones y casas, los templos católicos, herencia del virreinato, fueron de las piezas arquitectónicas más afectadas, como la iglesia de la Merced, en el jirón de la Unión. A ello se sumó el aniego que produjo la rotura de una tubería matriz en Barrios Altos. El agua, en busca del río Rímac, llegó hasta la cuadra uno de la avenida Abancay.



Mientras los limeños corrían espantados a refugiarse bajo las riendas de la estatua del general San Martín, en la plaza homónima, los turistas del hotel Bolívar salían emocionados a fotografiar ese momento. Y los alojados en el Sheraton no tuvieron reparos en salir a la calle vestidos o calatos para resguardarse en los vientos del hoy Paseo de los Héroes Navales.

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Tembló tanto la tierra que el presidente Juan Velasco Alvarado, que se solazaba en su casa de Chaclacayo, tuvo que aplazar para el miércoles 9 el discurso que preparaba por el Día de la Dignidad Nacional, el sexto aniversario de la Revolución Peruana.

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Mientras Lima se sacudía, en el hemiciclo del Congreso la voz de Saturnino Huillca cortó el aire. “¡Kausachun Revolución!”, dijo subido sobre una silla. Como un brigadista entrenado, pidió con voz de mando a los delegados asistentes al Congreso Campesino mantener la calma y no salir del recinto. La mayoría hizo caso, salvo los infaltables nerviosos. Por precaución, la sesión se retomó en la Plazuela de la Inquisición (hoy plaza Bolívar).



El epicentro del fuerte seísmo fue a 50 kilómetros de la costa, entre Cañete y Santa Rosa de Asia, y su magnitud fue de “6.8 grados en la escala de Richter” y “8 grados de la escala Mecalli”.

Los helicópteros recorrieron el cielo plomizo para cuantificar los daños y visualizar las zonas más afectadas. Los aviones de la FAP se dirigieron al Sur Chico con el mismo fin.



En el Rímac, el distrito de tradición de Lima, las casonas de adobe y quincha sufrieron derrumbes y desprendimientos de cornisas. Parecía que había soplado con saña el lobo del cuento Los tres cerditos.

Lo mismo sucedió en Barranco: las casonas de la calle Bolognesi y las fincas se vinieron abajo. Los 40 bomberos voluntarios tuvieron un arduo trabajo removiendo escombros, auxiliando a personas atrapadas y brindando los primeros auxilios a los heridos.

La Molina fue una de las zonas más afectadas por el seísmo: 100 casas se destruyeron por completo y 200 resultaron seriamente dañadas. Los automóviles fueron aplastados como si un gigante invisible hubiera usado las calles para hacer footing.

Los terremotos no conocen de límites provinciales. En el Callao fallecieron cuatro niños y cinco adultos, entre ellos, un cadete, cuando se desplomó un pabellón de la Escuela Naval; y en Bellavista, un niño por salvar la vida de su madre.



Mundo de paradojas. En Carmen de la Legua, una iglesia de 400 años vio caerse la pared más joven, que acababan de renovar. El resto del edificio, más antiguo que el tiempo, permaneció incólume. También modernos almacenes y depósitos de la avenida Argentina se hicieron añicos.

Fue un fin de semana atípico, entre trabajos y réplicas. Para el domingo ya se habían distribuido más de tres millones de litros de agua para los vecinos; 14 camiones y un remolque se encargaron de recoger más de medio millón de toneladas de escombros. Y 300 trabajadores de la Municipalidad de Lima colaboraron con la acción cívica de recuperar Lima. La vida, poco a poco, volvería a su caudal.