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APROXIMACIONES

El legado musical de Daniel Alomía Robles

12/6/2018


Marcela Robles Rey

Periodista y escritora

¿Cómo suena el Perú? Daniel Alomía Robles intentó responder esa pregunta. Si mi abuelo hubiese imaginado, mientras escribía El cóndor pasa, que su música resonaría en el mundo entero en representación de su pueblo, quizá su mano hubiese temblado ante algunas notas por tamaña responsabilidad.


Pero eso no fue lo que ocurrió. Su fama empezó a crecer desde su estreno, en 1913, en el teatro Mazzi de la plaza Italia, en Lima, como esos pequeños milagros obedientes al misterio. Esos que logran que una melodía sintonice con diferentes lenguas, culturas y maneras de sentir e interpretar. Así como deberían entenderse los habitantes de la tribu global, mediante un lenguaje universal que los apacigüe y los una.

Hoy, en 2018, en que se cumplen 105 años de la publicación de su famosa obra –una zarzuela dramática cuyo argumento fue escrito por el peruano Julio Baudouin y Paz–, me alegra formar parte de este homenaje. Y solo quiero sumarme a él con lo mejor que hago: juntar algunas palabras y recuerdos, como en un cántaro, para refrescar su memoria.

No conocí a mi abuelo. Pero gracias a todas las voces que me hablaron de él, gracias a la fuerza de su música, y debido a esos ojos enormes que me miran desde sus fotografías, lo he sumado al altar personal de mis héroes.

Un héroe que podría semejarse a Andrés Avelino Cáceres –el taita Cáceres–, que también dominaba el quechua, conocido como el Brujo de los Andes. Pero Daniel eligió la empuñadura de un piano en lugar de un rifle o un sable y se adentró en las profundidades de su país en busca de sus raíces musicales.

Esa búsqueda dio sus frutos en una obra monumental. En ella está escondido el mayor tesoro que un aventurero como Daniel podría soñar: el sonido del Perú. Ese que se mantiene intacto en su estado más puro, junto al que evoluciona fusionado con el de la llamada modernidad.

Si bien la cashua (que es la plegaria de El cóndor pasa) es la más conocida y admirada, la elaboración creativa de los motivos populares que recopiló a lo largo de su vida tiene igual valor. Como dijo mi padre, Armando Robles Godoy (1923-2010), en el libro Himno al sol, que recoge además de sus otras obras la mayoría de esos aires y melodías milenarias, Daniel no las seleccionaba para ser parte de un museo, sino para dejar constancia de una herencia que él amaba. Una obra que debería servir de estímulo, catalizador y alimento para otros descubrimientos.

Abuelo, estoy orgullosa de ti y de lo que nos heredaste. Nuestra fortuna, en ese sentido, es incalculable. Contemplo tus partituras y puedo descifrar en esos signos y símbolos la entraña de esa plegaria que entonaste. Y que más de cien años después sigue volando.