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IMÁGENES EN EL TIEMPO

El país que recibió las 8 horas

Mañana se cumplen 100 años del comienzo del paro de 48 horas que permitió conquistar la jornada de las 8 horas laborales en el país. ¿Cómo era el Perú de ese momento histórico?

13/1/2019


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

1. 

El 1919 empezó con una gastritis aguda para la oligarquía nacional: dos semanas antes, el 16 de diciembre de 1918, los trabajadores le propinaron un jab al bolsillo de los empresarios: el gobierno del presidente José Pardo y Barreda reconoció el descanso dominical a estos obreros que tenían jornadas diarias de 16 horas, que no sabían de descansos, vacaciones ni seguros contra accidentes.

No era la primera manifestación en territorio peruano por los derechos de la clase obrera. El 1° de mayo de 1905, la Federación de Obreros Panaderos había logrado –durante el primer gobierno del citado Pardo– que se otorgaran las 8 horas laborales a los obreros de la Provincia Constitucional del Callao. En los siguientes 14 años solo aumentó el descontento en la clase trabajadora peruana y los sindicatos afinaron su estrategia para alcanzar nuevas conquistas laborales.

2. 

Decíamos que el 1° de enero de 1919 fue un frío baldazo de (día) miércoles. Ya se sabía que el descontento de las clases populares iba en aumento, y sin edulcorantes, la página de Opinión de La Crónica hacía conocer el malestar de la clase dirigencial, calculaba que ese pliego de reclamaciones de “exorbitantes aumentos en el precio de los jornales” elevaría en un 50% los sueldos de los trabajadores. Decía el editorial que “la mala orientación que se da a los movimientos huelguísticos van a atraer consecuencia que ese derecho a la huelga sea virtulaasaltmente [sic] nulo.”

Claro, se reconocía que había “dueños de talleres y capitalistas” que no querían reconocer la ley ya dada sobre el trabajo de la mujer y el niño en las fábricas. Decían que la “opinión general” estaba disgustada por la “agitación obrera”, no solo los empresarios, sino también los trabajadores que querían seguir laborando.

3. 

El nuestro era entonces un país de gamonales y empresarios; un país que se comunicaba con el mundo por medio de los barcos a vapor que salían periódicamente rumbo a Puerto Colón, Mollendo y Valparaíso. Iban caleteando en Paita, Eten, Pacasmayo y Salaverry.

Tiempos en que la Backus y Johnston operaba las minas de Morococha (cuyos trabajadores también jugarían un papel trascendental en el paro nacional). Se anunciaba que finalmente, tras varios años de promesas incumplidas, se fundaría la primera escuela de aviación en el Perú (los “aviadores” peruanos se formaban por entonces en la escuela bonaerense de El Palomar).

Tiempos en que se resaltaba cómo el filántropo Víctor Larco Herrera obsequiaba al Manicomio doscientos mil soles. Año en que los doctores Honorio Delgado, León M. Vega, Guillermo Arosemena y otros, junto con sus “practicantes adscritos”, trabajaban mano a mano con la Dirección de Salubridad Pública del Ministerio de Fomento para tratar a los enfermos de la epidemia de “grippe”.

Se aconsejaba tomar aceite de hígado de bacalao de Noruega a los que usaban medicinas para “purificar” la sangre, y los boticarios juraban que el resfriado común se curaba con pastillas de “laxativo bromo quinina”. Y buena noticia fue que el Matadero General inaugurase los nuevos ambientes y servicios de “mondonguerías” de cerdos y reses. El país se modernizaba por cuentagotas.

4. 

Enero del 1919 y los cables celebraban el fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El gobierno del presidente José Pardo iniciaba el año fiscal con una “fortuna pública” de 50 millones (de soles) de ingresos, cerca del doble de los “28 o 30” millones con los que inició su segundo período presidencial cuatro años antes, en 1915. En el plano internacional, Chile todavía tenía en su poder Tacna y Arica.

Tiempos en que el Concejo Provincial eligió como nuevo alcalde de la ciudad a Manuel Irigoyen Canseco, con beneplácito del saliente alcalde Luis Miró Quesada. ¿Y de cultura? Abraham Valdelomar daba a conocer a los lectores nacionales sobre la calidad del movimiento intelectual y artístico que se forjaba en el norte, después de su gira por Chiclayo y Piura; citaba a figuras como Enrique López Albújar, Ricardo Espinoza, el doctor Pedro Labarthe o Aurelio Román.

5. 

Los sindicalistas supieron darles donde más les dolía a los limeños. Era el 4 de enero y ya se contaban 3 días de huelga de los panaderos. Solo las panaderías La Teatina, la Lechugal, la Cinco Esquinas, la Encarnación y el Panóptico (la penitenciaría de Lima) habían preparado el alimento vital. Los panaderos no daban su brazo a torcer: el Gobierno debía bajar la jornada laboral de 16 a 8 horas.

Diez días después, el lunes 13 de enero, los obreros, reunidos en la biblioteca Ricardo Palma del “parque Neptuno”, del parque de la Exposición, habían dado soplo de vida a la Asamblea de Sociedades Unidas y presentaron una moción: el primer punto era la declaratoria del paro general de 48 horas.

La huelga la organizaban los principales gremios –panaderos, tejedores, tranvieros, chauffeurs, carroceros, herreros– con el apoyo de la Federación de Estudiantes del Perú. Tomó Lima a punta de exigencias y pedradas. Gendarmes, la “infantería de línea” y la caballería se unieron para disolver a los huelguistas, que habían interrumpido el tráfico en varias partes de la ciudad; principales vías, como la “alameda Grau”, estaban bloqueadas. Todas las autoridades estaban en alerta, inclusive los bomberos hacían guardia ante cualquier imprevisto.

Los operarios de abarrotes de primera necesidad eran “protegidos por la fuerza pública”, ya que los huelguistas apedreaban los locales que no asumían la medida de fuerza y los asaltantes aprovechaban el desconcierto y los brazos en alto del proletariado peruano. Los heridos llenarían las camillas del Dos de Mayo y también del hospital Militar.

Durante las 48 horas iniciales de la medida de fuerza, las carretas volvieron a ser el vehículo principal para desplazar a los viajantes de Lima al Callao. Una medida política urgente fue nombrar a un prefecto de Lima y un intendente de Policía interinos.

6.

El paro nacional de los sindicatos era el último escalón de las manifestaciones obreras que pedían mejora de salarios y menos horas de trabajo. Significó para el Perú oligarca la toma de decisiones urgentes.

El tercer día de protestas, 15 de enero, no cabía un alma más en la Asamblea de Sociedades Unidas en el Parque de la Exposición, donde obreros de distintos gremios habían llegado para escuchar las conclusiones de la Asamblea del Comité Ejecutivo de la Huelga y el Comité Pro Paro. Primero hubo una protesta contra un falso pasquín que había sido elaborado por supuestos obreros, el cual asociaba a los huelguistas con Chile; también se dio el nombre de varias autoridades policiales que habían cometido abusos con los obreros. El paro causó cuatro muertes y más de cien huelguistas quedaron heridos por la gendarmería.

Esa tarde del 15 de enero de hace 100 años, el comité de reclamaciones de los sindicatos se dirigió al Ministerio de Fomento y Obras Públicas, donde fueron recibidos por el ministro Manuel Vinelli y el director de Fomento (el primero apoyaba las demandas y solo estaría en su puesto hasta marzo de ese año). Al día siguiente, 16, en El Peruano se publicaba el decreto, con rúbrica del presidente Pardo, en el que se decretaba la jornada de las 8 horas laborales para las dependencias y talleres del Estado; la Asamblea de la Sociedad Unida, reunida en el Parque de la Exposición, decidió poner punto final a la medida de fuerza. Comenzó a normalizarse la venta de carne en los mercados de la capital.