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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MIÉRCOLES 18

de julio de 2018

HÉROES DE LA MÚSICA LATINOAMERICANA

El rock en la era argentina

Si queremos hablar del rock al sur del río Grande, la mirada se posa obligadamente sobre la Argentina, donde el género tiene una relación de medio siglo. El periodista Carlos Polimeni escribe la historia por dentro, con Charly, Spinetta, Fito, Calamaro, Gieco, Miguel Abuelo, Cerati.

14/1/2018


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

El rock es cultura. Por algo astrofísicos y arqueólogos le pusieron ‘Lucy’ tanto a una estrella como a la osamenta de una Australopithecus, inspirados en una canción de John Lennon, “Lucy In The Sky With Dimmonds”.

–El rock no es un género, es una actitud, no un género de cuatro por cuatro; eso es rocanrol. Cuando digo rock, pienso también en Astor Piazzolla, en Mercedes Sosa, en Alberto Ginastera. Yo creo que en Chabuca Granda y Nicomedes Santa Cruz hay rock. Tipos que tuvieron actitudes no solo en la rítmica, en la precisión, sino también, como dice Bob Marley, en pararse y pelear por los derechos. Eso son los verdaderos roqueros. Si Charly toca el himno nacional de la Argentina es rock, pero una banda marcial tocando a Los Redonditos de Ricota no será nunca rock.

Así me lo explica el periodista Carlos Polimeni, frente a una ensalada griega y una soda, en Palermo Soho, Buenos Aires. El calor se pega desde el asfalto y con él hablamos de sus “crónicas salvajes”. “Yo creo que cuando escribo de rock no solo escribo de rock, sino también de otras cosas que están en los textos. Es una herramienta para conocer una época, una cultura, una sociedad, no solo música”.

Polimeni ha respirado bajo el agua junto a Charly (García) y minutos después el hombre del oído perfecto se tiraba desde el piso ocho de un hotel en Mendoza para acuatizar en una piscina. (Andrés) Calamaro le hizo escuchar doscientas canciones nuevas un maratónico domingo, con esa confianza que se forja durante 15 años. Ensaya cómo Spinetta creaba canciones de manera elíptica; hace un acercamiento inquietante a Federico Moura (Virus), cuando el gay-rock no era glamour, sino tensión; cuando el rock aceptaba drogas y condenaba el homosexualismo. O que Miguel Abuelo era “barro sublevado”.

En El día que Charly saltó (y otras crónicas salvajes de rock) (Buenos Aires, editorial Planeta, 2017), Polimeni hace un perfil sobre el Fito Páez antes de la fama, en un caótico departamento enano en Caballito, pidiéndole que le pasara los calzoncillos. O por qué el Indio Solari, el día que Los Redonditos de Ricota debutaron en el estadio Obras Sanitarias, en 1989, mandó mentarle la madre en público al periodista, un hecho que ya es histórico en las páginas de la historia del rock argentino. Polimeni cuenta de dónde surgió la inquina.

–Acá se formó más una cultura que un género musical –cuenta Polimeni–. El rock argentino venía de chicos que, además de tener ambición por la música, la tenían por otras cosas estéticas. La escritura, la arquitectura, las artes plásticas, el periodismo… hicieron un movimiento mucho más amplio que el propio rock. Cuando uno lo ve solo como el negocio de las discográficas, de grabar canciones y que eso se pase por las radios, se pierde de partes muy importantes. Para la gente que tiene entre 40 y 70 años, es la vida completa, no es solo un artista o un disco.

Menos lugares verticales

Dice el adagio que cada vez los espacios para las crónicas y la crítica se recortan, y el fenómeno de escribir bien sobre el rock se va quedando como un objeto del pasado. Sucede en la mayor parte de América Latina.

Polimeni lleva más de 40 años de carrera trabajando en los medios de circulación masiva de su país –radio, televisión y prensa gráfica–. Opina que con las redes sociales y el avance de los medios electrónicos “hay más horizontalidad y menos lugares verticales”.

Ampliar el marco

Este año, Polimeni cumplirá 60. “Estoy en una edad en la que puedo contar solo con libertad interna. Tengo el pacto conmigo mismo, de respetar la verdad, y con el público que está al otro lado, que tiene derecho a escuchar buenas historias reales”.

En radio conduce el programa Mediodía de Del Plata, pero escribe libros –ya van 15–, que son “la ampliación de un punto de vista de una nota que salió en un medio gráfico”. Mira a la distancia, se anima a contarlo todo. Ventajas que da el tiempo.

–Hay cosas que uno ve en el bar, en las casas, donde nos invitan para las entrevistas. Todos los protagonistas saben que soy un periodista y que escribo las cosas que veo y que cuento, y lo hago siempre de buena leche. Es una mirada cariñosa. Me parece que ayuda al público a conocer al personaje.

Los nombres que forman parte del libro son referentes hasta hoy en América Latina: Charly, Soda Stereo, Calamaro, Spinetta, León Gieco, Los Abuelos de la Nada, Fito. ¿Por qué ya no seguimos el rastro, salvo raras y esporádicas excepciones, al rock argentino? ¿Está en sus cuarteles de invierno, pasó de la primera fila al último lugar?

–No hay una sola explicación. Primero, el MTV Latino en los noventa empezó a difundir a aquellos artistas que eran funcionales a su estrategia; que tenía que ver con los países con más (televisión por) cable, que eran Colombia, Chile y Argentina. En segundo lugar, con el gobierno neoliberal de Carlos Menem, Pinochet en Chile, Fujimori en el Perú y Collor de Mello en Brasil se originó el apogeo del “rock barrial” o “rock chavón”, de respuesta a Menem; más de consumo interno, diferente a las figuras descollantes de los setenta u ochenta, cuya forma de cantar y hablar, así como su estrategia, era de difusión internacional. En los noventa, el rock argentino se centró demasiado en su ombligo y dejó de ser influyente en el resto de América Latina. Dejó su carácter de pionero.

–Haces una diferencia entre un artista y un “entretenedor de público”.

–El sistema, cuando te está robando, te entretiene siempre. Pan y circo. Inclusive hubo el roquero que entretenía a multitudes: Enrique Guzmán en México; Elvis Presley en Estados Unidos; Miguel Ríos en España. Sandro representó el tipo ideal que es modestamente transgresor, ideal para un sistema, para la derecha. Lo contrario es el artista que empieza a meter ideas.

La fama, esa cuestión

Nombro a León Gieco, uno de los íconos que parecen más consecuentes, “el rey del rock comprometido”. Polimeni coincide. “De todas las personas importantes que conozco en la vida, León es el más legítimo. Es la única que no cambió nunca, y para bien”.

Gieco, rara avis del estrellato, de “un sistema de negocio que pervierte al músico; un tipo que hace canciones es un ser humano como cualquier otro, con algunas condiciones de humanista”. Polimeni ha entrevistado a Paul McCartney, a Sting, a Mercedes Sosa. “Si hay algo que, después de pasar los filtros, me transmitieron, es la normalidad absoluta. Los grandes de verdad, Atahualpa Yupanqui, Astor Piazzolla, Jorge Luis Borges, no se comportaron como las estrellas de rock descerebradas; una vez que uno salta la barrera, son personas normales que hacen cosas extraordinarias”.

–¿Y el rock cambia al mundo?

–El rock es un grito de rebeldía, pero al mundo no lo puede cambiar una canción, una guitarra eléctrica ni un artista. Sin embargo, al artista, el público le da el poder para usar su música, y él debe usar ese poder para generar algo más que regalías, John Lennon lo hizo con una idea revolucionaria, hablar de la paz en medio de la guerra de Vietnam; Bono y U2, con la violencia política en Irlanda. Otros son artistas ecológicos, como Sting. Me parece que ese tipo de artistas son más interesantes. Me interesa más el Picasso de Guernica que el del período cubista porque del Guernica hay un solo artista que pintó en esa dimensión”.

–¿Te cambió la vida?

–Si hay algo de los personajes del libro, es que creo que mejoraron la vida a muchas personas con canciones y actitudes. A mí me la mejoraron, seguro. Si pensara mi vida sin esas personas, sería más chata, más ordinaria; igual viviría, pero las canciones de Charly, Fito, León, Calamaro y Miguel Abuelo me iluminaron, me hicieron mejor persona y eso le debe de pasar a muchísimas personas.

El periodista se disculpa de opinar sobre el rock peruano porque su mirada es foránea; solo estuvo en Lima tres veces, y uno de los pocos nombres que recuerda es el de Miki González.

–¿Con este libro cierras un ciclo?

–He contado sola la punta del iceberg. Vienen cien historias, relevantes, con ellos mismos y otros personajes. Hay un montón de cosas por publicar que duermen en mis archivos y mi memoria.

Ahora que planifica su próximo libro de “crónicas salvajes”, basado en lo que vio y nunca contó, tal vez se anime a relatar lo sabroso de cuando le tocó venir de comisión a nuestra capital acompañando al seleccionado argentino para las eliminatorias de México 86. Era junio de 1985, tiempos de AG, y la seguridad gaucha estaba aterrada con la idea de que Sendero Luminoso secuestrara a Diego Armando Maradona en las previas al encuentro.

Valdano lee a Vallejo

Fue en ese mismo viaje cuando Polimeni ayudó a Jorge Valdano a huir de la concentración para comprar las obras completas de César Vallejo. “No importa si Valdano se enoja. No cambia nada. Y se revela otra cosa de un jugador, otras circunstancias. Tiene todos los elementos de una novela de Vargas Llosa o de un cuento de García Márquez, solo que son verdad y están todas las pruebas”.

Hay más “crónicas salvajes” porque Polimeni tiene anécdotas fuertes con los expresidentes Carlos Menem, Néstor Kichner, Raúl Alfonsín. Incluso fue profesor de medios de Mauricio Macri, antes de su primer debate televisivo en 2003. “Y fue el peor alumno que tuve en mi vida, ¿cómo enseñarle a alguien que es millonario y cree que lo sabe todo? Tantos años después adquiere otra relevancia con Macri como presidente”.