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PERFILES

Elmer J. Faucett

Fue el hombre que más hizo por el desarrollo de la aviación comercial en el Perú. Fundó la primera línea aérea que surcó los cielos del país, estableció en Lima la primera fábrica de aviones Stinson del Perú y América del Sur, abrió rutas para el correo aéreo y el transporte de pasajeros, e impuso marcas históricas. Era entonces un orgullo para los peruanos ver sus aviones decolar –vía Iquitos– en la pista de aterrizaje de Miami. Sus máquinas operaron ininterrumpidamente durante 69 años; lo que, creo, es un récord de perseverancia no igualado quizá hasta hoy en el difícil negocio del transporte aéreo.

28/5/2017


DOMINGO TAMARIZ LÚCAR

Periodista

Cuando esta línea apagó para siempre sus motores, a fines de la década de 1990, sentí una pena muy grande, pues fue en uno de sus aviones que realicé mi primer vuelo en 1947, hecho un atado de nervios. Más tarde lo hice sabe Dios cuántas veces más, en misión periodística. Pensar que ahora estamos perdidos en el espacio, lo que no significa que haya que perder el optimismo.

Elmer James Faucett nació en Savona, Nueva York, el 15 de marzo de 1891. De sus padres no se tienen datos; solo se sabe que tuvo dos hermanas, Nelly y Lila. En el apasionante mundo de la aeronáutica, Elmer se inició como mecánico de aviones en la fábrica Custer (1915). Llegó a Lima el 28 de junio de 1920, acompañando, como mecánico, a un grupo de pilotos de la empresa Curtis que ayudó, además de promocionar sus aeronaves con vuelos de exhibición entre Lima y Trujillo, a equipar la histórica academia de pilotos civiles en Bellavista, localidad en la que funcionó el primer campo de aterrizaje que tuvo el país.

Dos o tres semanas después de su estancia en Lima, Elmer Faucett optó por quedarse en el Perú sin imaginar que lo haría para siempre. Su primera actividad fue inscribirse en la academia de pilotos civiles de Bellavista con el fin de obtener su matrícula como piloto peruano. De suerte que recibió el 1º de mayo de 1921 la licencia número uno como piloto de transportes. Ese mismo día realizó su primer vuelo solo.

A partir de entonces llevó a cabo una labor memorable, en la que ni una sola ruta ni región del país le fue ajena.

Dos años después realizó su histórico vuelo Lima-Iquitos en un biplano de esos en los que el piloto viajaba con medio cuerpo al aire. Y así, el 5 de octubre de 1922, trepado en un monomotor de 150 caballos de fuerza y hélice de madera, aterrizó en la Selva, no sin antes jugarse la vida porque no había un campo apropiado para descender. La hélice de madera quedó destrozada y él, por suerte, salió ileso. Fue toda una hazaña.

Faucett fue un hombre visionario que pronto se dio cuenta del potencial mercado aerocomercial de Sudamérica. Y en esa ilusión se empeñó en navegar los cielos del Perú y América con alas peruanas. Arrojado, decidido y encantador, ‘Slim’ –así lo llamaban sus amigos– buscó socios para una compañía de aviación. Dados su optimismo y su firmeza, no tardó en convencer a un grupo de empresarios que no dudaron en acompañarlo en esa aventura que llevó adelante, con el mejor de los éxitos, hasta el fin de sus días: la insigne compañía de aviación Faucett.

La empresa se fundó en junio de 1928, y tres meses después –el 15 de septiembre– inauguró su primer vuelo comercial con un motor Stinson-Detroiter, que podía conducir cómodamente siete pasajeros. El mismo Faucett piloteó el primer avión que despegó de Lima rumbo a Chiclayo y Talara; así se inició el servicio aéreo interprovincial en el Perú. Desde ese día, su fundador y gerente general condujo la compañía que uniría al Perú en tiempos del oncenio.

Como mecánico, estableció en Lima la primera fábrica de aviones Stinson del Perú y América del Sur. En ese entonces llegó a contratar a 1,500 técnicos y obreros, con lo que se constituyó en la más grande fábrica de aviones de la región.

En reconocimiento a su labor, el gobierno le confirió la Gran Cruz de Aviación (1935) y la Orden El Sol del Perú (1937).

Después de 32 años de notable labor, Faucett encontró la muerte en la tranquilidad de su hogar. Este caballero audaz y gentil, y de historia fascinante, dejó de existir tras una penosa enfermedad el 10 de abril de 1960. Alguien diría, poco después: “Su desaparición fue una tragedia nacional”. No exageraba.

Legó su fortuna íntegramente a la Fundación Elmer J. Faucett, asociación que otorgaba becas a los estudiantes que deseaban perfeccionarse en el extranjero como pilotos, mecánicos y otras especialidades afines.

Una gran avenida que conduce al aeropuerto Jorge Chávez perpetúa su memoria.