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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MIÉRCOLES 18

de julio de 2018

REFLEXIÓN

Encarnar a Dios en la justicia

Nos decimos creyentes, vamos a misa de gallo y celebramos la Navidad, pero no nos escandalizamos de la injusticia. Entonces, algo está fallando en nuestro sistema de creencias y nuestra real afiliación a la fe. Estoy persuadido de que, como decía el teólogo jesuita Karl Rahner, “el cristiano del futuro será místico o... no será cristiano”. ¿Qué quería decirnos con ello? Pues que para asumirse como “creyente” el sujeto del mañana no necesariamente coloca por encima su filiación institucional. En otras palabras, por encima de una pertenencia, lo que importa es cómo sentimos internamente el vínculo con lo divino.

25/12/2017


Juan Dejo, SJ

Director de Formación ContinuaUniversidad Antonio Ruiz de Montoya

No nos escandalicemos si los jóvenes de hoy critican o se distancian de las viejas prácticas, pues con ello levantan la protesta ante las generaciones que les preceden por su aparente incoherencia. Para ellos queda clara la relación entre la forma y el fondo. Algo de eso vimos en el pasado con tantos movimientos dizque revolucionarios, pero que, entreverados con ideologías, terminaron absorbidos y enredados con los micromecanismos de poder, que son aquello que las grandes religiones han buscado combatir.

Los creyentes de ayer deberíamos sentir optimismo porque la conciencia de la justicia se va abriendo paso entre las nuevas generaciones. Deberíamos alegrarnos, además, porque en esto no siempre se han infiltrado ideologías (aunque claro está, algunas se aprovechen del momento). Algo en el espíritu humano colectivo va asomando para decirnos que muchos de los sistemas institucionales han estado manipulados por la mentira, el abuso y el egocentrismo de unos cuantos, pervirtiendo ideales que son usados perversamente para encubrir los deseos de poder de una cúpula a costa de la gran mayoría. Lo novedoso es que las nuevas generaciones parecen más alertas y conscientes de esos mecanismos microscópicos del poder denunciados por Foucault, que se reproducen, engendrando las dinámicas de exclusión de las cuales la humanidad parece ser hoy más consciente.

No vayamos a creer que la corrupción, ese flagelo que comienza a desmontarse a escala global, refleja solo las dinámicas de la codicia; en el fondo vemos lo que los grandes líderes espirituales nos han advertido: en todo humano subyace la tentación de dominar y sojuzgar sin ninguna otra razón que ese ego oscuro que busca absorbernos y alienarnos y que la tradición denomina Satán.

Conmemorar el nacimiento de un “salvador” nunca será suficiente si no se hace justicia. Cristo es la encarnación de un dios que se revela haciendo justicia. Dar a Dios lo que es de Dios es, hoy por hoy, retornar a ese Niño divino que vive en cada uno de nosotros creyendo que el mundo puede ser más justo. Pidamos eso hoy, en que nuestra esperanza necesita el impulso de un dios cuya misericordia se abre paso con la fuerza de la justicia.