Tipo de cambio:

Compra: 3.320

Venta: 3.325


Año de la Universalización de la Salud
DOMINGO 26

de enero de 2020

Gran Biblioteca Pública de Lima: voluntarios para leer

¿Usted donaría su tiempo, capacidad visual y voz a quienes padecen ceguera y necesitan acceder a lecturas diversas o postular a una universidad o emprender un negocio?

15/1/2020


La sala Delfina Otero Villarán de la Gran Biblioteca Pública de Lima ofrece diversos servicios a las personas con discapacidad visual, pero sus cuatro voluntarios no se dan abasto. ¿Usted donaría su tiempo, capacidad visual y voz a quienes padecen ceguera y necesitan acceder a lecturas diversas o postular a una universidad o emprender un negocio?

Luis Antonio Quispe apenas tiene dos días como voluntario y ya se maneja con gran destreza en la sala Delfina Otero Villarán, cuyo acervo bibliográfico está compuesto, en su mayoría, por obras de literatura, terapia física, lenguaje, historia del Perú y música.

Él se mueve al ritmo de los requerimientos de los usuarios, que no son pocos. Lo encontramos editando textos frente a la computadora y, minutos después, atendiendo a los visitantes; buscando en la base de datos la información que ellos requieren; colocándoles los audífonos para que escuchen los libros digitales y luego volver a la edición de textos.

“Tenemos un programa que convierte el texto escaneado a Word, pero siempre hay que revisarlo porque aparecen inconsistencias y es allí donde el voluntario entra a tallar para editar porque una ‘c’ se confunde con una ‘e’ y al momento de transformar el texto en audio se puede escuchar mal. Por eso es importante hacer una buena edición”, explica.



Luis Antonio buscaba hacerse voluntario y al enterarse de que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), donde estudia, tiene con la GBPL un convenio, como parte de la responsabilidad social, no lo dudó y se puso al servicio de la sala.

Solicitudes diversas

“Las solicitudes de los usuarios son diversas. Algunos quieren que los ayudemos con trámites, como comprar un pasaje aéreo o conseguir un certificado. Buscamos siempre cómo ayudarlos. Es muy satisfactorio estar aquí”, comenta el voluntario.

Otra voluntaria es Gianina Benites. Estudia el sexto ciclo de Contabilidad en la UNMSM. Recuerda cuando una señora vino y le pidió descargar una serie de obras habladas.

“Llegó con su lista y su dispositivo de MP3. Buscaba El Caballero Carmelo, El hombre invisible, Aves sin nido, Paco Yunque. Me comentó que las escuchaba con sus hijos antes de dormir y luego les preguntaba sobre las obras. Decía que era para aprender un poco de cultura con ellos. Ninguno de sus cuatro hijos tiene ceguera”.

Gianina ha recibido muchos pedidos personalizados, como el de un profesor de colegio que le pidió grabar con su voz lo que estaba escrito en un libro de historia de la Segunda Guerra Mundial.

“Es bonito porque sientes que aportas a la sociedad y ayudas a que otras personas accedan a material que de otra manera les resultaría imposible”, dice.

Tu voz existe

Rosa Yataco, encargada de la sala Delfina Otero Villarán, explica que si bien, gracias a la tecnología, ahora es muy fácil transformar las letras de un libro en audio, hay ocasiones en que se necesita la voz humana. Esto ocurre cuando, por ejemplo, la obra está muy deteriorada y no hay manera de escanearla. O cuando los usuarios requieren de una mejor lectura, con inflexiones de voz y pausas, como lo haría quien puede ver.



“Necesitan lectura en voz humana cuando se trata de obras literarias: quieren darse un poco más de tiempo para escucharla con calma porque la voz humana posee calidez, tiene pausas y entonación”, explica Yataco.

Debido a la gran cantidad de pedidos en la sala, los interesados en ayudar con la grabación de obras en voz humana pueden hacer esta tarea desde sus casas. Previamente, deben comunicarse con la oficina para saber qué tipo de obras se han solicitado porque los intereses de los usuarios son muy variados, como el caso de Bryan Vidalón.

Bryan tiene 31 años y es un emprendedor de sonrisa inagotable. Extrovertido y curioso, perdió la vista a los 8 años debido a un glaucoma congénito. Ha terminado dos carreras: Computación e Informática, así como Administración y Marketing. Ahora es un emprendedor en el campo del merchandising.

“Vengo a la sala desde el 2009; así conocí a Rosita, a Camargo, a los antiguos voluntarios. Me ha servido mucho. Si no fuera por la sala de invidentes no habría tenido el espacio ni el tiempo para llevar a cabo mis trabajos de investigación. A veces me daban tiempo extra para hacer mi tesis. Los voluntarios que prestan su ayuda solidariamente lo son todo”, dice agradecido con cada uno de ellos.

Recuerda que en su época estudiantil muchos lo ayudaron grabando las separatas de sus amigos “en casetes”.



“Así repasaba cuando iba a dar examen o si no lo transcribían al braille. Yo siempre invito a todos a la GBPL, de la avenida Abancay, a su sala de invidentes, en la que tanto los voluntarios como los encargados les van a dar la mejor ayuda posible”, comenta.

Biblioteca viva

La sala Delfina Otero Villarán la visitan personas completamente ciegas y otros con escasa visión. Universitarios y profesionales, artistas, cantantes, escolares y hasta amas de casa que llegan con sus hijos, invidentes o no, en busca de ayuda para resolver las tareas del colegio.

Estamos en la cuadra cuatro de la avenida Abancay, pero el ruido aquí es casi imperceptible. Los usuarios son asistidos desde su llegada para ubicarlos frente a alguna de las 15 computadoras con lector de pantalla NVDA (voz artificial), los cuatro magnificadores de texto para los que tienen visión disminuida o las mesas acondicionadas para lectura en braille.

Esfuerzo propio

La sala cuenta con 600 obras en tres formatos: braille, libro digital y libro hablado. El 80% ha sido confeccionado por sus propios servidores. Solo don Rigoberto Camargo Alfaro, uno de los fundadores de la sala hace 18 años, elaboró 50 libros.

Él perdió la visión tras la explosión de un coche bomba cuando regresaba del Callao a su casa. Trabajaba como vigilante en la GBPL y tras quedar ciego –como buen fondista que es– no se amilanó por estas circunstancias y aprendió braille. Elaboró todas esas obras con ayuda de su vieja máquina de escribir en braille y ahora es uno de los más entusiastas servidores de la sala.

“Ahora hay más demanda de libros y sin la colaboración de los voluntarios no podríamos atender a todos. Lo que más necesitamos es que nos ayuden a corregir digitalmente los textos para luego convertirlos a audio o imprimirlos en braille”, relata.

La sala cuenta con una impresora braille a disposición de los usuarios. Solo deben traer las hojas por emplear, de tamaño A4. Gracias a este equipo se pueden llevar libros completos en cuestión de minutos u horas. Sin ella solo podían “imprimir” de tres a cuatro libros al año. Es una impresora, como dicen, que no contamina ni gasta nada porque solo hace huequitos.

40 “lectores” visitan diariamente la sala Delfina Otero Villarán.