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Año de la Universalización de la Salud
JUEVES 27

de febrero de 2020

Guerras perdidas

La reposición de ‘Mi nombre es Rachel Corrie’, obra basada en la vida de la activista que titula al proyecto, nos brinda la oportunidad para conversar con Gisela Ponce de León sobre la responsabilidad del teatro en los debates sociales.

24/1/2020


Suplemento Variedades


Texto y foto 

Luis Miguel Santa Cruz

Luego de la primera función de ‘Mi nombre es Rachel Corrie’, Gisela Ponce de León escapa hasta la parte más recóndita del teatro La Plaza para fumar un cigarro, una costumbre que está intentando abandonar. La justificación de esta ocasión es que hay cierto estrés que uno no puede combatir en casos como estos, cuando se retoma un proyecto después de trece años.

En el escenario, la actriz es una activista norteamericana que murió en la Franja de Gaza. En la vida real, sin embargo, todavía se pone nerviosa ante las entrevistas y las funciones de prensa. Pero existen paralelismos entre persona y personaje, más allá de lo evidente. 

–El primer montaje de esta obra se dio hace trece años, contigo también en el papel protagónico e igualmente con la dirección de Nishme Súmar. ¿Cómo has cambiado en ese lapso de tiempo?

–Era muy chiquita y menos consciente. Recién tenía tres o cuatro montajes y ser parte de esto fue como una bomba. Sentía que todo era importante porque le daba vida nuevamente a alguien que existió y porque yo estaba sola en el escenario.

Remar contra la marea 

–¿Tu juventud era un sinónimo de dudas? ¿Llegaste a sentir que había mucha presión? 

–Había noches en las que no quería salir, pedía que cancelen la función. Da miedo hablar una hora y cuarto sobre el conflicto árabe porque nunca sabes si el público está realmente contigo. Es como remar contra la marea. 

–¿Cuánto sabías del conflicto en Palestina? Como periodista sé cosas, pero tengo la idea de que la persona promedio tiene ciertos datos, pero no ha profundizado en eso nunca.

–Tuve que empaparme del tema, porque yo sabía muy poco. Pero creo que eso ayuda al realismo de mi actuación porque Rachel llega sin saber nada. Va descubriendo en el camino qué son los toques de queda y la hambruna. Intento olvidar todo para recordarlo en escena. 

–¿Qué tan importante crees que es estar pendiente de todo lo malo que pasa en el mundo? Por ejemplo, cuando somos chicos y no queremos comer, la estrategia de los padres es recordarnos que hay niños en África que no tienen comida, pero no sé si podemos vivir siempre con esa carga emocional…

–Ahora es importante porque estaríamos desconectados del mundo. Tenemos que mirar el caso de Greta Thunberg como una guía, ya que muchos dicen que ella está perdiendo su infancia o que está patrocinada, pero solamente es una niña que tiene claro un mensaje. Sabe que el mundo es de todos y si todos tuviéramos pensamientos así, viviríamos mejor. Hay que hablar de conflictos porque eso no significa apegarnos a lo malo. Al contrario, eso es unirnos como raza, aunque suene cheesy. 

–¿Has pasado y salido por esa adultez tóxica que nos hace creer que hablar de unión es ridículo o cheesy? 

–Sí, pero lo dejé atrás porque soy abiertamente sensible. Todos pasamos por una fase en la que nos avergüenza decir que queremos la paz mundial porque las misses han hecho que ese deseo pierda seriedad. Con el perdón de todas las misses.

Pequeños pasos

–¿Explorar la juventud de Rachel ha sido explorar la tuya? ¿Qué te falta hacer? ¿Qué has hecho por el mundo?

–No estoy haciendo mucho, excepto esto. Y lo cotidiano, como ser empática y no desearle el mal a nadie. Son pequeños pasos porque no tengo los ovarios de Rachel y poca gente los tiene. 

–Últimamente he conversado con muchas personas mayores ligadas al arte y la muerte siempre es un tema que sale a flote. ¿La muerte prematura de Corrie te hace pensar en tu muerte? 

–Sí, estoy pensando constantemente en eso. Pienso en morir y en envejecer, en que no sé quién me va a cuidar, en que la sociedad no protege a la gente mayor. Es horrible saber que eres menos importante al hacerte viejo, cuando debería ser todo lo contrario. 

–¿Esta preocupación invade tus decisiones laborales?

–Desde hace poco. Antes solo buscaba trabajar, necesitaba llenar mi año de proyectos, pero ahora siento que no se trata de mi carrera, ni de retarme. Prefiero reconocer mi voz en el escenario, darle valor a cada momento y cada montaje.

Vamos al teatro

‘Mi nombre es Rachel Corrie’ se presenta hasta el 2 de febrero en el Teatro La Plaza (Malecón de la Reserva, Miraflores).