Tipo de cambio:

Compra: 3.417

Venta: 3.423


Año de la Universalización de la Salud
LUNES 30

de marzo de 2020

CRÓNICA

Hasta que la muerte los separe

Se dieron el “Sí” 109 parejas en el matrimonio civil comunitario que organizó la comuna capitalina en el Parque de las Aguas.

15/2/2020


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

“¡Irmaaaa, estás a tiempo de arrepentirte!”, grita el papá armando la chacota mientras toma la foto a los novios camino al altar. Y la morena, guapa en su felicidad de futura señora, se ríe por la ocurrencia paterna; el yerno se “paltea”, aunque finalmente sonreirá, tomando de las manos a su prometida.  

Ayer al mediodía, la cola avanzaba a ritmo de bossa nova en el Circuito Mágico del Agua. Eran 109 parejas que se dieron el “Sí”. Todas recibieron el certificado de matrimonio de manos del alcalde metropolitano de Lima, Jorge Muñoz. Aprovecharon para tomarse la selfi de rigor con la autoridad edilicia, que les recordaría que el matrimonio civil genera “un compromiso real y derechos”. Destacaría a los 218 emparejados como una buena señal de una sociedad que asume cumplir sus compromisos, a pesar de que el camino de la vida en común es “una carrera de resistencia”.



Algunos novios lucen corbata; otros, michi. Unos llevan saco; otros, chaleco. Un tercer grupo se basta con la camisa formal y alguien llegó a la vital cita con la camisa salsera. Ellas, vestidas de blanco, perla, rosado, azul eléctrico, rojo pasión, serán desposadas. Un anillo las definirá en la fila de las casadas.

000

Luis Alberto Soto, empleado de telemática del Ejército peruano y vecino de Barrios Altos, podría ser personaje de una versión limeña-mazamorrera de El amor en los tiempos del cólera: A los 19 años fue enamorado de María Esther Fernández, quien, luego, se casó y tuvo cuatro hijos. Ella enfrentó problemas en su primer matrimonio, mientras Luis Alberto, estoico y soltero, esperaba que el destino le devolviera a los brazos el amor de su vida. Hace 22 años, Luis Alberto y María Esther volvieron a ser pareja y hoy, a los 68 años, él la ha desposado.

“El amor es algo sublime, algo que no se puede describir así”, define María Esther, emocionada y feliz. Cerca observan la escena los hijos de María Esther y la mamá de Luis Alberto, aquella señora que sabía de ese amor romántico que latía en el corazón de su amado vástago.



000

Por cábala o coincidencia, Gladys y Eduardo se han dado el sí luego de convivir durante siete años. “Ya estamos mayorcitos. Nos casamos ahora para estar más juntos”, explica ella, que tiene dos hijas y dos nietas; él llega a la boda también con tres hijos de un anterior compromiso.

Mismo Carlos Vives, el 25 de diciembre del año pasado, frente al Niño Dios, él –Patrick– le dijo a ella –Karolyn–:“Quiero casarme contigo”. Ambos tienen 20 años; llevan un año y siete meses saliendo juntos y conviven hace unos meses en el sabroso Breña. Él acaba de egresar de la Escuela de la Policía y trabaja en una dependencia policial del centro de Lima; Karolyn se dedica a las labores de la casa y a estudiar.

Me aleccionan: saben que la convivencia es difícil, pero no imposible. Karolyn dice que les ha pasado de todo, pero viven tranquilos. “Si nos casamos es porque nos amamos. El amor es suficiente”. ¿Y ya encargaron? “Los niños vienen en camino más pronto”.

000



Él toma delicadamente la silla de ruedas y guía en los pasos del bolero “Contigo aprendí” a su esposa, junto con las otras 108 parejas de recién casados.

Raúl Martínez ha venido bien al terno decidido a cumplir la promesa que le hizo hace 34 años a Rosa Paniagua cuando le pidió la mano. La futura señora tiene 56 años, pero jura que se siente como una joven de 18 o 20 porque está cumpliendo “el sueño que toda mujer tiene”.

Mi amor, ¿por qué no nos casamos?, preguntaba Rosa, pero los hijos crecían, había que pagar el colegio, la universidad, “y nos olvidamos de nosotros”. Se metieron de lleno a ser comerciantes en un mercado del Cercado de Lima. Sus tres hijos –todos casados– han venido junto con los nietos para participar del matrimonio masivo comunitario y ver a sus papás, finalmente, llegar al altar. Raúl Martínez, me aclara, lo hace por convicción: “Porque cada año que pasaba me enamoraba más de mi esposa. Sentía que el amor crecía más y más, hasta que llegó el momento de casarme con ella”.