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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
LUNES 16

de setiembre de 2019

IN MEMORIAMTOLA

Huracán de colores

El artista plástico limeño José Miguel Tola de Habich (1943-2019) es considerado entre los más importantes de América Latina. Repasamos sus ideas y su carrera.

7/9/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

En noviembre de hace dos años, José Tola de Habich, el hombre que trabajaba encerrado once meses al año escuchando un sempiterno USB con canciones de Bob Dylan, aunque en realidad lo utilizaba como una “cortina” para aislarse, pintó los personajes de Fausto, la ópera de cinco actos que Charles Gounod creó inspirado en los textos de Goethe. Mejor dicho, los vestuarios y la escenografía que se montaron en el Gran Teatro Nacional de Lima en el 2017 para la versión operática se inspiraron en el ingenio de su plástica. 

Entonces, Mefistóteles se hizo más libertino. Solistas y coreutas del Coro Nacional ingresaron al universo de Tola en “cantantes calvas”, “soldados”… seres abstractos y desenfadados; malditos henchidos de locura, como somos los humanos. Todos surgidos, en técnica mixta, del genio de José Tola; creados durante medio ciclo de cuerda lucha frente al lienzo en blanco.

El 10 de noviembre del 2017, en el estreno, encontramos al artista en una butaca del segundo piso del GTN. Estaba gratamente sorprendido por los resultados de Fausto en la visión de José Tola. Asombrado por los más de 100 artistas en escena “vistiendo” sus creaciones.



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Vivió, creó, amó, sufrió, gozó y se fue. El último jueves, Tola falleció. Sufría de cáncer.

Habitaban en él un doctor Jekyll y el señor Hyde. Algunos conocieron al ángel y bondadoso; y otros, al demonio.

“Un artista es de por sí un ser egoísta, solitario y su obra no está dirigida a este vano y temporal presente. Lo ideal es estar veinte años por delante del momento actual para la comprensión [de la obra]. El arte no es serio, pero es más serio de lo que se supone”, me respondió en una entrevista.

Irreverente. Ser humano y artista. Un lobo estepario. Le gustaba explorar los límites como fuente de inspiración.

Dijo: “El hombre en sí es malo y socialmente está obligado a un tipo de comportamiento. La especie humana tiene un afán de matar inconsciente o conscientemente. La idea está dentro de él. A la vez, tienes que representar una imagen hipócrita. Igual el sentido de la culpa te lo da la sociedad o la iglesia. Te obligan a cierto tipo de moral que es funcional entre ellos pero no para un solitario”.

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Y su estudio, en el tercer piso de su casa en el malecón de Miraflores, era un paso obligado para los periodistas “culturosos”. A veces parecía no contento con estos intrusos. Tampoco con el público.

“El público local es muy exigente con el artista. Sesea que el pintor mantenga un estilo casi estable, repetitivo y complaciente. Los cambios lo asustan. Piensa que su inversión pueda resultarle no rentable o pasada. Esa actitud es la que promueve la mediocridad cultural, que más cuesta modificar. Uno no puede estar condenado a imitarse a sí mismo solo por satisfacer esos conceptos. La libertad del artista radica en su creación, seriedad y honestidad con que enfrenta su obra”.

Allá daba la bienvenida un cuervo retinto de negritud. Para algunos, Tola era un cuervo de voz de barítono envuelto entre volutas de humo.



Publicó tres libros, pero en los estantes de su estudio tenía por lo menos una decena de libros empastados que contenían sus dibujos, su escritura de enormes trazos. Libros inclasificables, diarios, inclusive una obra de teatro.

Su labor creativa empezaba al llegar la noche y se extendía hasta la madrugada. Prefería trabajar aislado y tenía contados amigos. Tuvo algunas colaboraciones a cuatro manos: con Tilsa Tsuchiya (“tuvimos una relación múltiple por 10 años”) o con Ety Fefer, creando personajes cada vez más grotescos y razonando sobre el proceso creativo per se.

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En el 2019 cumplió 50 años desde que volvió de España, tras culminar sus estudios en la Real Academia de San Fernando. En Lima ganó el Primer Premio de Pintura en el Tercer Salón de Artes Plásticas de San Isidro.

Tola, padre de personajes de ojos saltones, multiformes, surgió tras un corte, en la década del ochenta, con “los rezagos del academicismo”. Ya tenía cierto éxito, pero se dedicó durante cuatro años rompiendo, experimentando.

En medio siglo de creatividad ininterrumpida, Tola pintó el caos de la vida, los sueños, los deseos. Fue un expresionista a través de la pintura, el grabado, la escultura y el vitralismo.

“En realidad, el destino de mis obras no me interesa. Mi trabajo es pintar, crear y exponer como un medio de comunicación lateral. La galería desempeña la relación con el comprador”. Vivió, creó, amó, sufrió, gozó y perduró.