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Año de la Universalización de la Salud
SÁBADO 30

de mayo de 2020

APROXIMACIONES

La idea de la esfera pública

19/3/2020


Gonzalo Gamio Gehri

Profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Una sociedad democrática está basada en el autogobierno ciudadano y en la observancia del sistema de derechos universales. Los ciudadanos son los protagonistas de una sociedad libre. “Ciudadano” no es únicamente un titular de derechos y libertades individuales; es también, un agente político. 

Aristóteles decía que el ciudadano (polités) es aquel que gobierna y a la vez es gobernado. Él es responsable de la buena marcha de la sociedad entera y de sus instituciones políticas.

El ejercicio de la ciudadanía activa requiere de espacios para la acción política. Hannah Arendt sostenía que el espacio público era el “espacio de aparición” de lo humano, en la medida que se trata de escenarios en los que las personas deliberan y actúan en conjunto. Para los especialistas en teoría política, es común evocar el ágora ateniense, pero es preciso preguntarnos con qué foros públicos contamos en nuestro tiempo. Espacios en los que los ciudadanos puedan encontrarse, discutir y forjar consensos que configuren el bien público. Dichos espacios componen la llamada “esfera pública”.

Tenemos, en primer lugar, el sistema político, al que pertenecen el Estado –sistema de instituciones y leyes que organiza la vida social–, y los partidos políticos, asociaciones que persiguen convertirse en opciones de gobierno y de acción política en el Congreso. Ellas se edifican en torno a una ideología que convoca a sus militantes y los impulsa a movilizarse. Tanto el Estado como los partidos políticos estructuran sus acciones desde la lógica de la representación; sus funcionarios y autoridades actúan en nombre de los ciudadanos o de quienes los han designado por encargo popular o por elección de las bases.

Sin embargo, el ciudadano independiente necesita espacios en los que pueda intervenir directamente en los asuntos públicos. Tenemos, en segundo lugar, las instituciones de la sociedad civil en las que los ciudadanos discuten sobre temas que conciernen al bien público, con el propósito de formar el juicio político y generar acciones de vigilancia cívica. Las universidades, los colegios profesionales, las ONG, los sindicatos, las Iglesias, forman parte de la sociedad civil. Son foros de participación y deliberación cívica, no de representación.

Una democracia liberal requiere de un sistema político sólido y de una sociedad civil organizada. Los mecanismos de representación son necesarios, pero no suficientes. Sin una ciudadanía activa el sistema democrático se corrompe y prosperan las políticas autoritarias.

En una auténtica democracia no existen “instituciones tutelares” sino ciudadanos que actúan a través de espacios públicos e instituciones libres. Sin una opinión pública alerta e informada, la política se convierte en un asunto de “políticos de oficio” que no siempre persiguen la justicia y el bien común.




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