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TRINIDAD ENRÍQUEZ

La primera jurista del Perú

Fue una de las primeras mujeres que se enfrentó a las adversidades de su tiempo para hacer realidad el sueño de su vida. Y en esa lucha –o destino– se convirtió en la primera mujer universitaria en el Perú y Sudamérica, y también en la primera jurista de estas tierras. Tales logros, sumados a su discurso feminista y su solidaridad con los más necesitados, hicieron de ella uno de los personajes peruanos más fascinantes del siglo XIX. Sin embargo –qué curioso–, la inmensa mayoría de peruanos ignora su vida y los retos que tuvo que sortear para salir adelante en una época en la que la mujer solía estar limitada a las tareas del hogar.

28/2/2016


Domingo Tamariz Lúcar Periodista



Trinidad María Enríquez Ladrón de Guevara nació en la ciudad imperial del Cusco el 5 de junio de 1846. Fue hija de Marcelino Enríquez, hacendado, y de Cecilia Ladrón de Guevara y Castilla, descendiente de Túpac Amaru I y Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui).



A los 6 años de edad se matriculó en el Colegio de Educandas, primera escuela de mujeres fundada en el Perú por obra de Bolívar en 1825. Desde niña mostró una precocidad asombrosa, al punto que a los 11 años, como anotan algunos de sus biógrafos, ya era profesora de geografía de su colegio.



Por entonces la mujer solo podía estudiar hasta el tercer año de secundaria, y los dos años restantes –si lo deseaban– podían seguir cursos de especialización para alcanzar apenas el título de profesora de primeras letras.



Pero como ella, desde muy pequeña, soñaba con ingresar a la universidad para estudiar Derecho, antes debió prepararse. Y en ese apremio, en 1870 decidió fundar –costara lo que costara– un colegio de señoritas, el Superior, que instaló en su misma casa con el fin de enseñar todas las materias necesarias para ingresar a la universidad. El plantel funcionó tres años, en los que tuvo que soportar las iras de grupos conservadores que llegaron al extremo de apedrear el local varias veces. En ese período se preparó a fondo para hacer realidad sus deseos.



Por entonces fundó la Sociedad de Artesanos del Cusco, que tuvo una importante actuación en la Guerra del Pacífico. Años más tarde, en este mismo lugar acondicionó una escuela nocturna para obreros en la cual ella misma les enseñaba a leer, a escribir y las leyes que amparaban sus derechos. De esta escuela salió el primer diputado obrero del Perú, Francisco González.



El 3 de octubre de 1874, después de varios meses de gestiones, el presidente Pardo autorizó su ingreso a cualquier universidad nacional; sin embargo, debió rendir un examen para revalidar su formación de cuarto y quinto año de secundaria, realizada en el colegio que ella fundó y que no fue oficialmente reconocido.



Y en este ir y venir, en abril de 1875 Trinidad cruzó el umbral de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco para rendir el examen de ingreso. Era la primera mujer en el Perú, y en Sudamérica, que rendía exámenes para entrar a la universidad.



Trinidad contestó todas las preguntas del jurado con gran lucidez, de modo que, sorprendidos, a sus examinadores no les quedó más que permitir su ingreso. Así, ella hizo realidad su sueño de siempre y, acaso suspirando, llegó a la mencionada casa de estudios para escuchar su primera clase en la Facultad de Jurisprudencia. Este hito marcaría el inicio de la profesionalización femenina en el Perú. Su hazaña trascendió en todo el país; desde Lima, un grupo de damas le envió una bella y costosa medalla que fue muy comentada por la prensa limeña.



Obtuvo el grado de bachiller, pero no el de abogada, porque por esos años este título no les estaba permitido a las mujeres. El presidente Piérola le otorgó una autorización especial para que se graduase como abogada, pero ella lo rechazó en forma contundente, “argumentando que su reclamo no es ni mucho menos de carácter personal sino general” (Maritza Villavicencio, Del silencio a la palabra: mujeres peruanas en los siglos XIX y XX).



No había cumplido los 40 años de edad cuando empezó a sentir el peso de tanto trajín y desvelo; superó un resquebrajamiento de su salud y luego, haciendo un gran esfuerzo, colaboró en la fundación del periódico La Voz del Perú, “que contribuyó a propagar la ideología enderezada hacia el progreso social de la mujer y los trabajadores”.



Y en ese permanente desafío le sobrevino la muerte: víctima de una “congestión cerebral”, falleció el 20 de abril de 1891, a la edad de 45 años. Fue enterrada en el histórico cementerio Almudena, el último reposo de los prohombres y celebridades del Cusco.



“Desde muy pequeña, soñaba con ingresar a la universidad para estudiar Derecho”.