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Año de la Universalización de la Salud
LUNES 17

de febrero de 2020

APUNTES

La primera lección de historia

Los crucigramas son fuentes que han nutrido mi base cultural. No puedo establecer, sin embargo, a qué edad comenzó mi interés por descifrar nombres y conceptos que alguien esconde con arte de escriba de jeroglíficos. Quizá inicié esta afición a los 11 años, al cursar el último año de primaria en una “Gloriosa Gran Unidad Escolar” (así llamaban al colegio los regordetes y sudorosos profesores). Cuatro o cinco compañeros nos arremolinábamos alrededor de una página de periódico para resolver el crucigrama, mientras en el patio de recreo más de 100 condiscípulos gritaban su alegría. Todos los miércoles, día en el que un diario de circulación nacional publicaba el más grande, repetíamos la reunión.

8/2/2020


Ricardo Montero Reyes

Periodista

Pues bien, la afición, transformada en poco tiempo en adicción, me llevó a recluirme, armado de inmensas enciclopedias y diccionarios, en largas y solitarias jornadas de trabajo. En el colegio compartía la tarea, en los períodos vacacionales la lucha era entre el papel y mi intelecto.

Un miércoles de verano salí de casa en procura del periódico que solía adquirir para enfrentarme a la dura y a la vez satisfactoria labor. Caminé un par de cuadras hacia el quiosco del barrio, pero estaba cerrado. Ocurría lo mismo con otro un poco más distante. Era febrero, aproximadamente las nueve de la mañana. Seguí buscando, pero cambié el rumbo y me dirigí por la avenida 28 de Julio hacia La Parada, a unas diez cuadras de mi casa.

Once años. No tenía más que dos monedas en uno de los bolsillos del desgastado blue jean y un cabello ondulado y desordenado. No había andado ni tres cuadras cuando me percaté de que era el único avanzando en sentido contrario a mucha gente que no caminaba, corría. Me llamó mucho la atención cómo una mujer ambulante y su pequeña corrían y lloraban inconteniblemente; empujaban una carreta con tanta fuerza y angustia que me pareció que huían de un campo de batalla.

La curiosidad me invadió y empujó mi caminar; seguí avanzando en sentido contrario al de la fuga de esa gente. Conforme me acercaba a La Parada, más angustia descubría en los rostros, más velocidad en sus pasos. Nadie hablaba con nadie, nadie miraba a nadie. En medio del desorden sentí la fuerza de una mano adulta que sujetaba uno de mis brazos. Era un hombre con el rostro medio oculto por un pañuelo que refregaba sobre sus ojos. Me sorprendí, también lloraba.

¡“Anda a tu casa, carajo”! El grito retumba hasta hoy en mi recuerdo. Sentía miedo, pero quería, anhelaba seguir avanzando, no deseaba retroceder. Quise soltarme, traté de zafar mi brazo, pero fue inútil. Esta vez el hombre me habló más despacio: “Regresa a tu casa”. Me soltó y se alejó. Hice lo propio, caminé, aceleré el paso y de pronto me vi corriendo como mucha otra gente. No sabía de qué huía.

Al llegar a mi calle me percaté de que mucho humo cubría el ambiente. Minutos después corrió el rumor que al poco tiempo se confirmó: “Toque de queda desde las siete de la noche”. El 5 de febrero de 1975, la Policía se declaró en huelga y se atrincheró en sus comisarías, el Ejército se le enfrentó para recuperar esos recintos y los agitadores, que aprovecharon el desgobierno en las calles, saquearon negocios e incendiaron locales públicos y privados, incluso medios de comunicación.

La noche de aquel caluroso miércoles 5 de febrero nos acostamos más temprano que de costumbre, pero nadie pudo dormir por temor a las balas disparadas en la batalla por tomar Radio Patrulla, a escasas cuadras de mi casa.

Aquella fue mi primera lección de historia.




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