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REFLEXIONES

Lima después de la independencia

La estratificación social no sufrió modificaciones, aunque el papel proclamaba la igualdad liberal.

10/8/2019


José Luis Vargas Sifuentes

Periodista




A pesar de que el 28 de julio de 1821 pasó a formar parte del calendario cívico peruano como el día oficial para homenajear la independencia del país, lo cierto es que su proclamación aquel día no cambió nada en la nación, pues la emancipación efectiva y real recién se logró con la Batalla de Ayacucho, tres años después. Hasta 1824, los españoles mantuvieron el control de la economía y la política.

Con la independencia, Lima se convirtió en la capital de la República del Perú, pero el estancamiento económico y el desorden político que se vivía paralizó su desarrollo urbano. Esta situación cambiaría en la década de 1850, cuando los ingresos derivados de la exportación del guano permitieron una rápida expansión de la ciudad.

Aunque la vida cotidiana no cambió mayormente, sí hubo que dejar de referirse al “excelentísimo marqués, virrey y capitán general” para acostumbrarse a decir el ‘señor presidente de la República’; y borrar de los letreros la frase “Dios y Rey” para reemplazarla por “Dios, Patria y Libertad”.

El gentilicio ‘peruano’ o ‘peruana’ usado para designar a los ciudadanos del Perú no era común en la época. Los criollos y españoles residentes en el país utilizaban esa palabra para referirse solo a los ciudadanos autóctonos, a los que se identificaba como ‘indios’ o ‘indios peruanos’.

La estratificación social no sufrió modificaciones, y aunque el papel proclamaba la igualdad liberal, en la práctica esta solo se aplicaba a las clases dominantes, herederas de las élites criollas y de advenedizos grupos de poder, con los militares a la cabeza.

Los presidentes gobernaban como reyes y el ejército asumió una hegemonía, que luego se haría crónica y nos llevaría a tener 15 presidentes en cinco años (1822-1827), siete presidentes al mismo tiempo en 1838, y nuevamente 14 gobernantes en cuatro años (1840-1844).

A su vez, los indios siguieron pagando tributo y los negros continuaron siendo esclavos, además de estar al margen de las decisiones políticas y de los planes de gobierno, mientras se configuraba un Estado destinado a favorecer a la aristocracia limeña principalmente y a la provinciana en segundo término.

La relación entre la metrópoli y la colonia beneficiaba económicamente a las élites, es decir, los criollos de la alta sociedad y los eclesiásticos, que rechazaban rotundamente la emancipación y no dudaron en ponerse de lado de los españoles en las diferentes batallas.

En la vida diaria continuaron con su trajín los pregoneros, que tuvieron vigencia durante la época colonial y expendían sus productos alimenticios– dulces, sobre todo– a determinadas horas y a viva voz. De a pocos irían desapareciendo, y lo harían del todo con la inauguración del Mercado Central en 1854.

Las que se quedarían en la historia serían las tapadas limeñas, que ocultaban su rostro con cómodos mantones de seda (saya y manto), con lo que evitaban la condena social a las mujeres que paseaban sin la compañía de su esposo o de un pariente varón. Esa vestimenta, que estuvo vigente durante 300 años, entre 1560 y 1860, les permitía salir de casa sin ser identificadas o mirar la calle desde su balcón.

Durante el mismo período continuaron ejerciendo su labor los llamados serenos –que nada tienen que ver con sus pares actuales–, encargados de iluminar la ciudad con la ayuda de una escalera. Su misión era colocar y encender velas en los faroles de las calles, y dejaron de hacerlo cuando se implementó el alumbrado a gas.

También irían desapareciendo las ‘lloronas’ o plañideras, mujeres muy solicitadas por la misma época. Se las contrataba para que en los velorios se encargaran de llorar desconsoladamente y lamentar la muerte del difunto.

A partir de 1850, gracias a los crecientes ingresos por la exportación del guano y durante los veinte años siguientes, el Estado se encargó de construir edificios públicos de gran tamaño para reemplazar los antiguos establecimientos virreinales, entre ellos el Mercado Central, el Camal General, el Asilo Mental, la Penitenciaría y el Hospital Dos de Mayo.

También mejoraron las comunicaciones al completarse una línea del ferrocarril entre Lima y Callao en 1850; en 1870 se inauguró el Puente Balta, hecho de hierro sobre el río Rímac, y dos años después se demolieron las murallas previendo un futuro de mayor crecimiento urbano. No obstante, ese período de expansión económica también ensanchó la brecha entre ricos y pobres, y originó un extendido descontento social.

En conclusión, se hicieron muchos cambios, pero todo se modificó muy poco.