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LUNES 16

de setiembre de 2019

HISTORIA EN EL TIEMPO

Memoria del retorno

Se conmemoraron esta semana los 90 años de la reincorporación de Tacna al seno de la patria.

1/9/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe


1 La bandera inmensa en su rojo y blanco, llena de flores, volvió a recorrer el 28 de agosto las calles de Tacna, como todos los años.

El Cantor del Cautiverio, el poeta y periodista tacneño Federico Barreto, quien falleció en octubre de 1929, dos meses después de saber que su tierra finalmente había vuelto al seno patrio, recordaba en un artículo en Variedades cómo nació la procesión silenciosa de la bandera.

La costumbre nació a las 10 de la mañana del 28 de julio de 1901, en plena ocupación chilena, por un pedido insistente de los 800 miembros de la Sociedad de Auxilios Mutuos El Porvenir. Se logró el permiso del intendente chileno para celebrar el paso de la bandera en Fiestas Patrias, con el fin de que recibiera la bendición en la iglesia de San Ramón, la principal de la ciudad sureña. El militar chileno aceptó, con la condición de que se hiciera en silencio. Así nació esa tradición que marcaría 28 de los 49 años del cautiverio.

“Apareció el estandarte en la puerta del templo, y las diez mil personas congregadas en el atrio y en las calles inmediatas se agitaron un momento, y luego sin previo acuerdo, como impulsadas por una sola e irresistible voluntad, cayeron a la vez de rodillas extendiendo los brazos hacia la enseña bendita de la Patria”, escribió Barreto.

Era la bandera que también recordaba a aquellos héroes anónimos: los maestros, los sacerdotes, militares, las mujeres y obreros peruanos, hostilizados durante la ocupación por las autoridades chilenas como los patriotas muertos por los Mazorqueros, una terrorífica pandilla que atacaba a todos los peruanos que no reconocían a las autoridades chilenas. Guillermo Auza Arce, en “Relatos de un período trágico en la vida del pueblo tacneño”, narró de esos peruanos desaparecidos que después aparecían muertos. El propio delegado chileno Agustín Edwards habló de esos “excesos” a su gobierno.

2 En su monumental Historia de la República del Perú, Jorge Basadre Groshmann recuerda que Augusto B. Leguía reanudó una costumbre política que se había olvidado desde tiempos del presidente Billinghurst: personalmente, un mandatario de la República se presentaba al Congreso.

Leguía visitó el Legislativo el 26 de junio de 1929 para leer un mensaje especial recomendando la aprobación del Tratado de Lima, firmado con Chile ese año. Era una herida abierta en la historia tras la Guerra del Pacífico.

El historiador tacneño –cuya familia también sufrió la expropiación de su casa– fue uno de los críticos a la cesión del territorio de Arica a Chile. Y señala a Leguía por carecer de “la independencia y la altivez suficientes con qué presionar al Gobierno de los Estados Unidos”.

Se aplaudió el retorno a la patria después de 46 años, pero, recordaba el historiador, “ni Leguía ni los asesores que tuvo se preocuparon mucho por las consecuencias que la mutilación de Tacna iba a tener para la provincia y sus habitantes en aquella época y el futuro”.

Sin embargo, Basadre reconocía que “nada ganaba el Perú, entre tanto, si continuaba el estado de cosas existente. El paso inexorable de los años podía marchitar los derechos del Perú. Las nuevas generaciones en Tacna eran mucho más chilenas que las anteriores y tan humano fenómeno podía acentuarse”.






También el jurista y diplomático Alberto Ulloa consideró el documento de 1929 como un arreglo valeroso, necesario y conveniente. Escribió: “El Perú ha hecho muy bien en concurrir al cumplimiento del laudo. No se lo imponía moralmente su texto injusto y lacerante. Se lo imponía su dignidad nacional, que no ha tenido ningún desfallecimiento en este largo proceso de tenacidad y esperanza.”

3 Para la ceremonia del retorno de Tacna al Perú se embarcaron en el Mantaro, desde el Callao, el 24 de agosto, 300 oficiales y policías. Llegaron al puerto de Arica y de ahí en tren a Tacna el 27 de agosto. El 28 de agosto, a las 8 de la mañana, un oficial de carabineros entregó, en una ceremonia a puerta cerrada, el cuartel de la Policía al capitán peruano Guillermo Zavala.

En la plaza principal de la ciudad, donde hay glorietas y buganvillas, y en la que se eterniza el Arco con los héroes en cada columna, se habían reunido aquella mañana más de 20,000 personas. Soldados, policías, estudiantes, amas de casa, ciudadanos nacidos en Tacna y Arica, que no abandonaron nunca la patria; a ellos se sumaron hombres y mujeres que llegaron desde Lima o Bolivia para nunca más volverse a ir de Tacna.

Un jovencito de 16 años, llamado Edgar Empson, fue quien izó la bandera en la torre de la catedral de Tacna, que había quedado sin terminar. Y el aire de Tacna volvió a recibir en su aire las notas del Himno Nacional del Perú. Había esperado 46 años para volver a flamear.