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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
MARTES 15

de octubre de 2019

AUGUSTO HIGA OSHIRO

Memorias de un dekasegui

Después de 25 años, el Premio Nacional de Cultura 2017 reedita Japón no da dos oportunidades, una crónica extensa sobre su experiencia como trabajador migrante en el país del Sol Naciente que se convirtió en un clásico de los estudios sobre la migración. El escritor limeño lamenta la presencia de la xenofobia en las sociedades.

5/10/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

De agosto de 1990 a mayo de 1992, el escritor Augusto Higa Oshiro radicó en el Japón. Perteneció a la primera ola migratoria de niséis (hijos de japoneses en el extranjero) y “sanseil” (nietos) que llegaron al país del Sol Naciente huyendo del descalabro económico y social que vivía el Perú. Dejó en Lima a su esposa y sus dos hijos universitarios. 

Consiguió contrato por medio de agencias de empleo.Era el único nexo laboral con las fábricas y lucraban con el sueldo, el pasaje en avión, los gastos de estadía. No cubrían ni el seguro social ni la jubilación. “He conocido gente que ha estado 15, 20 años en el Japón y no tiene nada”, recuerda con agritud. Silencio. “Nada”. “El extranjero es visto como alguien por debajo de un ciudadano japonés”. Era solo un dekasegui, alguien que migra por trabajo.

Cuando Augusto Higa llegó al Japón, ya había publicado dos libros de cuentos, Que te coma el tigre (1977) y La casa de Albaceleste (1987). Higa mostraba gran creatividad literaria mezclada con un dominio del lenguaje popular aprendido en barrios como Montserrate y El Porvenir.

Pero durante esos 21 meses en el país de sus ancestros no escribió nada. Tampoco leyó. Solo la Biblia –el único libro que llevó– porque es creyente y le daba “ánimos para calmar la depresión”. Escuchaba valses, boleros, a José José, Camilo Sesto, Los Beatles.



Laburó en cinco fábricas y compartió casas con más de una docena de personas. El japonés que aprendió de sus padres era demasiado casero, no le servía para comunicarse en la tierra de sus ancestros.

Nunca más volvió al Japón. ¿No deseó volver?, pregunto. “No, Japón no me da dos oportunidades”, sonríe.

Choque cultural

“Los muchachos ‘sanseil’ están mejor adaptados al Perú y mantienen sus costumbres. Cuando viajan al Japón proyectan ese orgullo peruano y latinoamericano que no siempre conecta con la sociedad japonesa. Escuchan música a alto volumen en los parques, lo que está prohibido en cualquier parte del mundo, menos en el Perú”.

En las enormes fábricas de más de 7,000 trabajadores, el descanso para almorzar era solo de media hora e inmediatamente se encendía “la línea” de producción. Allá se sentía como Charles Chaplin protagonizando Tiempos modernos (1936), esa colosal tomadura de pelo a la industrialización.

Mundo de migrantes

Le pido opinar sobre los peruanos que reciben a los venezolanos. “Se ha creado un gran anticuerpo contra los venezolanos, que no debería ser, pero, desgraciadamente, en todos los países hay xenofobia. Hay malos venezolanos, pero sucede en cualquier fenómeno migratorio. Allá, en el Japón, los peruanos éramos mal vistos porque no nos adaptábamos a sus costumbres; somos más bulliciosos”, recuerda el narrador.

Cuando Higa retornó al Perú, también se reencontró con la escritura. Con la lectura de Ribeyro, Arguedas, Vargas Llosa... Empezó a escribir crónicas periodísticas sobre su experiencia en Japón. Luego, surgió la propuesta de escribir el libro. “Fue mal negocio para mí, ¡año y medio, trabajando mañana y tarde, a pan y agua!”. En 1994, salió Japón no da dos oportunidades.

Algunos niséis lo criticaron. “Solo ves lo negativo”, le decían. Higa cree que fue “lo más sincero posible”. Escribió la larga crónica desde su forma de ver el mundo. Aunque, en general, reconoce que los sanseil se adaptaron mejor.



La publicación de Japón no da dos oportunidades fue vital. Le permitió ver cómo los descendientes japoneses se “enmarcan” en la sociedad peruana. E inició una etapa prolífica. Publicó Okinawa existe (2013), Gaijin (2014), La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008) y Saber matar, saber morir (2014).

“Japón… fue una suerte de parteaguas”, rememora. Publicar le ayudó a consolidar ese punto de vista.

Volver a publicar

Veinticinco años después se reedita Japón no da dos oportunidades. “La editorial Animal de Invierno creyó que la obra podía tener vigencia y dar a conocer algunos aspectos del Japón”, dice. Higa no niega la satisfacción de ver la nueva edición porque los mil ejemplares de la primera edición tuvieron “una circulación restringida”. No llegó a librerías. Sin embargo, el libro fue muy comentado por los investigadores del fenómeno migratorio internacional.

Higa dice que tiene una idea contradictoria porque vivía en un país del primer mundo con todas las comodidades, donde los obreros son bien pagados. Le alcanzaba para mantenerse y enviar dinero a Lima. Sin embargo, extrañaba el Perú. Con sus amigos crearon una frase: “Para trabajar, Japón; para divertirse, Perú”. Valía la pena volver a casa.

El Ministerio de Cultura lo reconoció como Personalidad Meritoria de la Cultura en el 2017. Fue profesor universitario, y ahora que es jubilado se dedica totalmente a la literatura. “El problema es que ahora soy muy viejo, tengo 73 años y escribir me cuesta”.

Más que escribir, relee. Higa ha vuelto a los trabajos sobre José Watanabe –otro literato niséi notable–; a los tres tomos de la Tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro, y a un estudio sobre la Biblia.

Sí escribe, y a lápiz, un par de horas por las noches. A ese paso sosegado de escritura, Higa ha terminado cuatro cuentos. Los intitula Cuentos informales y espera que salgan para la próxima FIL Lima. También reeditará Que te coma el tigre (1977), su primera obra. Como sucede con lo ya escrito, prefiere no leerlo para no caer en la tentación de cambiar frases.