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de setiembre de 2019

REFLEXIONES

Novelas: basta con una sola

Otro caso excepcional es el de Boris Pasternak con su Doctor Zhivago, novela épica publicada en 1957.

17/8/2019


José Luis Vargas Sifuentes

Periodista




En la historia de la literatura se recuerda a grandes escritores de libros maravillosos, a los que leemos y releemos con deleite, pero pocos recuerdan que en la mayoría de los casos constituyó su única novela que lo llevó a la cumbre, o que fue la obra que los catapultó y solo por ella es recordado, aunque hayan escrito otras.

Y esa sola novela que los llevó a la fama se mantiene pese a los años, no deja de ser tomada en cuenta y continúa siendo un punto de referencia de la buena literatura universal.

En primer lugar, recordemos a cuatro autoras cuya obra completa se limita a un único libro: Emily Brontë y su Cumbres borrascosas, un clásico de la literatura anglosajona a pesar de que inicialmente desconcertó a los críticos. Ella murió en 1848 a los 30 años.

Margaret Mitchell, quien nació y murió en Atlanta (1900-1949), ciudad que influiría en su única obra: Lo que el viento se llevó, una de las más populares de la primera mitad del siglo XX, que ganó el premio Pulitzer en 1937 y dos años después fue adaptada al cine con gran éxito.

Harper Lee tuvo un éxito inesperado e instantáneo con su única novela, Matar a un ruiseñor (1960), que le hizo ganar el Pulitzer en 1961; y Betty Smith solo escribió Un árbol crece en Brooklin, una de las obras maestras de la literatura y retrato del sueño americano de millones de inmigrantes.

Otros son los casos de escritores con una variada producción (poesía, cuentos, ensayos), pero solo una novela en su haber, como Sylvia Plath, más conocida por su poesía y con una única novela, La campana de cristal; Edgar Allan Poe con La narración de Arthur Gordon Pym, y Óscar Wilde con El retrato de Dorian Gray. Una y no más.

Es el caso también de Giuseppe Tomasi di Lampedusa con El gatopardo y de Walt Whitman con Franklin Evans, el borracho; Arthur Golden con Memorias de una geisha, que también fue llevada a la pantalla grande; y Arundhati Roy, quien ganó el premio Booker en 1997 con El Dios de las pequeñas cosas.

Otro caso de un solo éxito es Los girasoles ciegos, libro de relatos de Alberto Méndez, ganador de diversos premios y que se convirtió en el fenómeno editorial del año de su publicación (2004).

Azabache (o también Belleza negra), de Anna Sewell, es una novela escrita durante los últimos meses de vida de la escritora, que vivía confinada por invalidez. En su caso, sí le dio tiempo a ver la fama que adquiría su obra, ya que fue un best seller inmediato y lleva más de 50 millones de copias vendidas.

Un caso singular fue el de John Kennedy Toole porque su obra La conjura de los necios se publicó póstumamente, ya que él se había suicidado en 1969, frustrado tras ser incapaz de publicar su novela. Diez años después, y gracias a la insistencia de su madre, la novela se publicaría y también ganaría un Pulitzer.

Mary Shelley se hizo famosa con Frankenstein o el moderno Prometeo, o simplemente Frankenstein (1831), que escribió cuando tenía 18 años; J. D. Salinger con El guardián entre el centeno; Juan Rulfo con Pedro Páramo; Antoine de Saint-Exupéry con El principito; Chordelos de Laclos con Las amistades peligrosas; Carlo Collodi con Pinocho; James Matthew Barrie con Peter Pan, y Jorge Isaacs, cuya obra literaria se reduce al libro de poemas que publicó en 1864 y a su única novela, María (1867), considerada una de las obras más destacadas de la literatura hispanoamericana del siglo XIX.

En nuestro país ocurriría otro tanto con Enrique Congrains y su única novela No una, sino muchas muertes.

Otro caso excepcional es el de Boris Pasternak con su Doctor Zhivago, novela épica publicada en 1957, con la que el escritor ruso ganaría el Nobel de Literatura un año después.

Con independencia de su talento y creatividad, a los grandes genios de la literatura universal se les recuerda habitualmente por un único libro, obra maestra de su creación literaria que con la misma facilidad que los encumbra y hace conocidos en todo el planeta ensombrece el resto de su obra. Miguel de Cervantes con Don Quijote de la Mancha, y Víctor Hugo con su inolvidable Los miserables, son dos buenos ejemplos de nuestro aserto.

Existen también casos excepcionales como los de William Shakespeare o Alejandro Dumas, que cuentan entre sus obras con al menos dos libros imprescindibles de igual o similar calidad.

En el Perú, un caso similar es el de Mario Vargas Llosa, más recordado por La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral.

Para qué más.