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ENFOQUES

Obsolescencia programada y consumo

Acostumbrados a vivir en una sociedad de consumo, donde el sinónimo de ser parte del mundo moderno es comprar, usar, tirar y volver a comprar productos, no ayuda a tomar conciencia de las consecuencias que estos hábitos ocasionan en la contaminación por residuos que afectan al planeta.

5/1/2019


Pilar Marín Bravo

Periodista

Los efectos de la denominada obsolescencia programada de los productos de consumo, en este contexto, juegan un papel importante en este círculo vicioso en el que se mueven los individuos y plantea la urgencia de buscar otros caminos que impidan que este estilo de vida agudice la amenaza de la acumulación de desperdicios y termine estrangulando el medio en el que vivimos.

La historia de este fenómeno que impuso en la sociedad el fin de la vida útil de un producto impulsándonos a adquirir otro tiene casi 100 años. En 1924 las empresas General Electric, Osram y Philips acordaron limitar la vida útil de las bombillas de luz a 1,000 horas, en lugar de las 2,500 que duraban. Se iniciaba así la era de la obsolescencia programada.

Una era de caída en desuso de las cosas, a la que siguió la fabricación de artículos para damas, como las medias irrompibles, que progresivamente se hicieron más débiles, hasta los artículos electrónicos, cuya caducidad es cada vez más riesgosa para el medioambiente. Y así, bajo la filosofía de un modelo económico que postulaba que “un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”, se imponía un nueva era del consumo.

Esta etapa de consumismo, inicialmente marcada por intereses económicos, se ha expandido a todo tipo de bienes de consumo, apoyados por la publicidad. Se creó la falsa idea de alcanzar la felicidad adquiriendo otro producto antes de lo necesario y de insatisfacción por querer siempre lo nuevo y más moderno.

Fruto de la globalización, el mundo consume productos y servicios a un ritmo insostenible, lo que genera cantidades de residuos que no se eliminan con la misma celeridad.

Las experiencias de campañas contra la contaminación por plástico en los océanos, por ejemplo, o las medidas que ya se comienzan a adoptar para la eliminación gradual del uso de bolsas y sorbetes, nos muestran la importancia de pasar a la acción.

Ese cambio apunta también a una transformación que debe comenzar en el hogar y la escuela con educación, una educación que oriente a las personas desde pequeñas a valorar las cosas, más allá de la responsabilidad de las tres R para cuidar el medioambiente (Reúsa, Reutiliza, Recicla), a pensar que no se trata de un derecho cuando adquirimos algo para después tirarlo y que otro se haga cargo.

El derecho y la obligación de todos es hacerse cargo de las consecuencias que genera ese consumo. Tal vez de allí parta la conciencia para un consumo más responsable y menos contaminante para el planeta.