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HUELLAS ARQUITECTÓNICAS

Oda al concreto

Entre las locaciones principales de la VIII Cumbre de las Américas figuraron el Museo de la Nación y el hotel Sheraton, dos muestras del brutalismo, el estilo arquitectónico que llegó en los años sesenta al Perú y convirtió al concreto en un heterónimo del poder.

16/4/2018


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

El poder es la clave. Se llama brutalismo y viene de la expresión francesa béton brut: “concreto en bruto”. Es una corriente arquitectónica de posguerra que tuvo como máximos exponentes al suizo Le Corbusier y al finlandés-norteamericano Eero Saarien.


Brutalismo: “Expresar los materiales ‘en bruto’”. La corriente impactó en América Latina a partir de los años sesentas. Y fueron en su mayoría obras estatales –algunos gobiernos militares y otros democráticos– que vieron en la mole la mejor forma de perdurar en el tiempo. En Argentina, Brasil y Cuba fue una marca modernista para sus edificios públicos, ministerios, bancos, etcétera.

Escribió en 1989 el arquitecto brasileño Joao Batista: “Al demarca su espacio, la forma arquitectónica cobra un valor comunicativo gigantesco, que pasa a dialogar con el hombre, como obra humana, y gana personalidad”. Y es citado en el material Concreto expuesto. Expansión y legado de la arquitectura brutalista, que editó en 2017 el Ministerio de Cultura.

Con sello peruano

Moda hemisférica. Reynaldo Ledgard recuerda en La ciudad moderna. Textos sobre la arquitectura peruana (Lima, PUCP, 2015) que los militares peruanos del Gobierno Revolucionario de la Fuerzas Armadas, tal como sus pares de otras partes de América del Sur, se maravillaron de la corriente brutalista por intermedio de Estados Unidos, país donde este estilo arquitectónico había sido “despojado de su significado moral” y donde las grandes masas de concreto se utilizaron como “sinónimo de solidez institucional”.

Los que convencieron a los militares de estos atributos fueron con sus proyectos los arquitectos “de vocación cosmopolita” del Colegio de Arquitectos del Perú (CAP).

Los 34 pisos del Centro Cívico (1974), considerado por cuatro décadas el edificio más alto de Lima. Es una obra que, curiosamente, había sido proyectada por el CAP para ser un espacio eje de la capital, durante el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry –sacado en pijamas de Palacio de Gobierno por el general Juan Velasco Alvarado, el 3 de octubre de 1968–.

El Centro Cívico –paradojas de la convulsionada vida política– es uno de los símbolos de la arquitectura del gobierno del “chino” Velasco. Entre sus creadores figuran los arquitectos Adolfo Córdova, Jacques Crousse y José García-Bryce. Otro símbolo importante del brutalismo es el edificio de Petroperú, diseñado por el arquitecto Walter Weberhoffer.

Inspiración gringa

Reynaldo Ledgard recuerda que las huellas del brutalismo norteamericano institucional se ven en el edificio del Pacto Andino –la actual Secretaría General de la Comunidad Andina de Naciones–, un proyecto arquitectónico parecido al del Ayuntamiento de Boston. O el edificio del Banco de la Vivienda –hoy Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables–, en la esquina del jirón Camaná y la avenida Emancipación, similar al de la Fundación Ford de Nueva York.

De todas ellas, una obra vital es el Ministerio de Pesquería (hoy Museo de la Nación/Ministerio de Cultura), Centro Internacional de Prensa de la reciente VIII Cumbre de las Américas. Se construyó entre 1970 y 1971.

Con esta obra “el velasquismo monumentaliza una concepción megalómana del Estado […] El Ministerio de Pesquería representó, más que ningún otro edificio de la historia reciente del Perú, un desmesurado monumento a la burocracia”, resume Legdard.

El enorme edificio ubicado en el cruce de la avenida Javier Prado con Aviación, durante el primer gobierno de Alan García fue dado para el Museo de la Nación, lo que fue saludado inclusive por uno de sus creadores, el arquitecto Miguel Cruchaga. Y cuando el propio García creó el Ministerio de Cultura (2010) en su segundo mandato, se asignó como sede a este edificio.

Otros edificios emblemáticos son el Cuartel General del Ejército, conocido como “El Pentagonito”; el Banco Central de Reserva (1976) y el hotel Sheraton, una obra privada, que estuvo acorde con lo que buscó el proyecto inicial del Centro Cívico, y donde se desarrolló el Foro de la Sociedad Civil de la Cumbre de las Américas.

Un valor aparte del brutalismo es que varias de sus obras se edificaron en lo que los arquitectos denominaron la “huida del centro”; es decir, apostar por construir en espacios fuera del Centro de Lima, como el eje creado por el Paseo de la República y la avenida Javier Prado, por entonces vías modernas y vacías.