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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
LUNES 16

de setiembre de 2019

TRABAJO FORENSE EN LAS ALTURAS

Para cerrar las heridas

Restos de 64 personas desaparecidas en los años ochenta fueron restituidos y enterrados en Oronccoy, una de las zonas de Ayacucho más golpeadas durante el período de violencia interna.

21/8/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Aquella noche, la mandolina recibió en sus alturas a los forasteros con acordes alegres y zapateos. Cuerdas de metal que hacían dúo con un cantante que, en quechua, desovillaba la tristeza estacionada en Oronccoy por décadas. El generador eléctrico permitiría unas horas de alumbrado público en el pueblo.

Bailar, cantar. Cada pueblo tiene su forma para exorcizar sus cuitas. Bailar, cantar. Olvidarse por unos momentos de tanta pena como aguas tiene el río Pampas, allá abajo.



En un aula del colegio primario de Oronccoy, las linternas avanzaban con aleteos de luciérnagas; se encendían velas a los pies de ataúdes pequeños y albinos. Sus huesos, sus pertenencias, fueron armados y depositados en aquellas urnas. Diecisiete osarios ya llevaban signados sus nombres propios, gracias a la prueba de ADN practicada a sus familiares. En los demás solo se consignaban códigos que los identificaban. Y serían enterrados como NN hasta que las evaluaciones arrojen resultados.

“Faltan identificar alrededor de más de 40 cuerpos. Hay un compromiso del Ministerio Público y del Equipo Forense Especializado (EFE) para que antes de diciembre, los identifiquemos, ahora que contamos con un laboratorio propio”, explicó el fiscal provincial Alejandro Casallo Díaz, de la Fiscalía Penal Supraprovincial de Huancavelica, con sede en Ayacucho. Empiezan a oírse rezos en quechua. Mañana los llorarán y enterrarán, salvo dos, que sus familiares desearon llevárselos a enterrar a la ciudad de Ayacucho, quizá para no volver más a Oronccoy, al vientre del dolor.



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Las acémilas conocen de memoria el camino. El distrito de Oronccoy queda en las alturas de la provincia de La Mar. Para llegar, son 4 horas en camioneta desde la ciudad de Ayacucho hasta Andahuaylas (Apurímac). Súmele otras tres horas hasta el puente Cutinachaca, a los pies del río Pampas. De ahí se debe salir muy temprano porque se necesitan ocho horas de caminata, cuesta arriba, hasta Oronccoy. Desde su cima se vislumbran águilas. Dicen que también cóndores.

También han llegado familiares que hace tiempo no subían hasta el distrito. Solo quieren dar la santa sepultura a sus difuntos. Cerrar, por fin, ese capítulo.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) ha seguido el proceso de cerca. La diligencia de entrega de los cuerpos se postergó dos veces, entre 2017 y 2018, por diversas dificultades. Una, la falta de nichos para el entierro digno de las víctimas (la municipalidad con apoyo del CICR construyó 80 nichos para recibir a las víctimas). Otra, las temporadas de lluvia dificultan el acceso al distrito altureño.



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“Somos como una paloma que ha perdido sus alas y ahora necesitamos el apoyo de todos para volar”, comentó Félix Oscco Salas, el alcalde. Oronccoy, pueblo de productores de maíz y papa, donde todavía se practica el trueque. Cuando tenía 10 años, Oscco temblaba como todos los niños “por la violencia sociopolítica” que Oronccoy y sus 14 comunidades sufrieron de primera mano, entre Sendero Luminoso y las fuerzas del orden.

“Yo viví en carne propia ese tema”, repitió Oscco. Hoy, 8 de agosto, el Ministerio Público realizó la ceremonia de restitución y entierro de los restos de 64 personas. Pero en cada una de las comunidades hay fosas, dijo Oscco. Se necesita hacer otras denuncias, exhumaciones y restituciones de restos.

“El Ministerio Público, el gobierno regional y la CICR han hecho el trabajo de identificar a los desaparecidos de dos de las fosas del distrito. Exijo que la justicia llegue a nuestro pueblo, haciendo reparación, exhumación y restitución en cada uno de los pueblos”, dijo el alcalde.



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Los cuerpos han llegado para descansar. Pertenecen a dos matanzas perpetradas en 1985 por pelotones del Ejército en Cabracancha e Istacayocc. Se dijo que los campesinos eran “masa cautiva” por Sendero Luminoso. De las matanzas solo escaparon algunos hombres jóvenes. Adultos, ancianos, mujeres embarazadas y niños fueron asesinados.

Hace cuatro años, el Ministerio Público recibió la denuncia e inició el proceso de exhumación. La lentitud del proceso tiene una justificación: los forenses carecían de un laboratorio propio en Ayacucho. Recién ahora cuentan con uno.

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El fiscal provincial Alejandro Casallo Díaz dirigió al equipo de forenses que llegó desde la ciudad de Ayacucho. Ellos armaron los restos (que estuvieron “amontonados en un lugar inapropiado”) y realizaron la toma de muestra de ADN para los familiares de los 47 NN que faltan identificar.

“Se está trabajando en las muestras para la homologación sanguínea. Se están retomando nuevas denuncias y se están llevando a la ciudad de Ayacucho para iniciar las investigaciones convenientes”, afirmó Casallo.



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Simón tiene 60 años y arrastra su tristeza, cojea levemente. “Yo soy sobreviviente de mis familias, señor periodista”. Tiene 60 años y no ha tenido suerte de recibir los féretros de los suyos. Ya le sacaron muestra de ADN hace un par de años. Y ahora, nuevamente. Está molesto. Triste. Se le dificulta hablar en castellano, por lo que prefiere hacerlo en quechua. Recuerda cuando llegaron los militares, él, sus familiares y vecinos, asustados, se fueron a vivir al monte. Pero un grupo quedó en una casa y murieron quemados cuando se cayó el techo incendiado por las ráfagas de bala. Fallecieron su madre y sus hermanas. “No sé cuándo me entregarán, señor periodista”, repite la letanía. Simón Quiere justicia. Lo exige desde la cima de Oronccoy, entre águilas y cóndores.