Tipo de cambio:

Compra: 3.409

Venta: 3.412


Año de la Universalización de la Salud
JUEVES 27

de febrero de 2020

Para no olvidar

La prolífica producción de escritoras peruanas de los años ochenta y noventa es expuesta en “La vida sin plazos”, oportunidad para conocer o recordar cómo se vivía en la capital a fines del siglo pasado, a través de la mirada de la mujer.

24/1/2020


Suplemento Variedades


Texto y foto 

Luis Francisco Palomino

Sentada en el piso, una joven habla moviendo sus manos. Intercambia opiniones con una mujer mayor, de pelo corto y canoso. El asunto es un cuento de Pilar Dughi, titulado “Futuro prometido”, impreso 2,500 veces en formato de bolsillo (de billetera, diría yo) para que se reparta a todos los participantes del club de lectura en Casa de la Literatura.

Detrás de ellas, cuelgan ventanas con cintas pegadas en los vidrios, muy reconocibles para quienes vivieron en la Lima de los atentados terroristas y saben qué son las “ondas expansivas”. En tanto que cuadros en la pared, como quioscos noventeros, sostienen diarios de esos explosivos años: “Cierran el Congreso”, “El salario del miedo”.

El debate continúa entre las mujeres. El citado texto de Dughi aborda la incertidumbre económica, la relación de madre e hija. En resumen, se trata de una maestra, con un sueldo menor al de su primo microbusero, que espera por un aumento mientras el dueño de la casa que alquila está a punto de desalojarla. Un fragmento:

“Cuando veía esas imágenes por televisión, a la gente llorando sobre las pertenencias en medio de la calle, muchas veces se había imaginado que terminaría así. Y ahora esa profecía se iba a cumplir. ¿Cómo dar la cara después? ¿Qué comentarían sus alumnos o sus colegas? Tendría que irse a un asentamiento humano, en las afueras de la ciudad, en una choza cubierta por esteras. Mucha gente vivía así, sin agua ni luz eléctrica. También había pensado en ello. Ella sabía de colegas que habían empezado a construir así sus viviendas, pero era muy duro”.

En medio de esa tensa situación, su hija, una chica que recién acaba el colegio, es seducida con latas de atún por el vendedor de abarrotes de la esquina, un huancaíno viudo y adinerado que está dispuesto a “cuidarla”.

“Falta algo importantísimo en esa familia: la figura paterna”, interviene de pronto un hombre.

Cada uno interpreta desde su subjetividad.

Archivo

Además de contextualizar, los recortes de periódicos también recuerdan el trabajo en prensa de los poetas Victoria Guerrero Peirano –una crónica a toda página de los punks Leusemia– y Dalmacia Ruiz-Rosas, con un crudo reportaje sobre infantes trabajadores. El espíritu pesimista de la época se puede resumir cuando ella pregunta: “¿Qué hace falta para que un niño viva bien en el Perú?”, y un menor le responde: “Cariño”. 
En un cuadro anexo, se lee en letras negritas: “Solo una minoría de niños peruanos puede dedicarse únicamente a jugar y estudiar”.

Como cantaba Rafo Ráez en 1999: Inestabilidad. Inestabilidad. ¡Todo es precario, con...!
El fondo musical es subte. Leusemia, Dolores Delirio.

Libros, fotos y poesía

En la exhibición también se encuentran libros y fotografías de las autoras, desde Carmen Ollé hasta Mariella Dreyfus, desde Rocío Silva Santisteban hasta Grecia Cáceres, desde Giovanna Pollarolo hasta Montserrat Álvarez. Dos poemas de esta última llaman mucho la atención de los visitantes. Uno es “Barranco Blues”: “Supongo que los micros aún no salen de sus incógnitas guaridas, donde duermen el sueño de las bestias de acero, y que ya está en mi paradero el consabido niño vendedor de tamales, mucho antes de que sus primeros compradores remotamente piensen en desayunar”. 

El otro, en poster de colección, manifiesta: “Pero a veces la poesía debe llegar más lejos que el amor y más lejos que todo. Y romper cosas”.

“¿Por qué tu poesía gusta tanto a los jóvenes”, quiso saber Enrique Sánchez Hernani en una entrevista del 2007? Montserrat Álvarez, rapada, con pucho en labios, contestó: “Los psicoanalistas, que me han hecho el honor –que yo debí haber declinado– de investigar mi psiquismo atrofiado, dicen que soy una personalidad absolutamente inmadura. Dicen que mentalmente tengo 80,000 años, pero emocionalmente no más de tres meses”.

Visita obligada

“La vida sin plazos. Escritoras de la ciudad de los 90” es justo homenaje a aquellas creadoras que se dedicaron y dedican a un arte que aún hoy no es valorado más que por cuatro gatos, pero que, como verán, va contando una versión de la historia del país a las generaciones sucedáneas y propiciando el diálogo entre los peruanos. 

En estado de alerta, con todos sus sentidos en acción, estas escritoras captaron la esencia de una época, ¡los coches bomba, el cólera, el fujishock!, y supieron transmitirla al papel con honestidad, con rebeldía adolescente. Yaneth Sucasaca y Nicole Fadellin, curadoras de la expo que va hasta el 19 de junio en la antigua Estación de Desamparados, han elaborado un ambiente, una atmósfera, un catálogo, una guía, una memoria que cualquier amante de la literatura apreciará.

Ya sumaron nuevos gastos a mi presupuesto: la obra de Patricia de Souza.

Una yapa de Montserrat, si no fue suficiente: “Que venimos de un tiempo de tabernas y de airadas consignas, vociferadas bajo los rochabuses. Decid que nuestros perros eran largos y tristes y caníbales. Que en la medianoche de la plaza de Armas el Hambre conversaba con Pizarro”.