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JUEVES 14

de noviembre de 2019

EL PRIMER PINTOR PERUANO

Sabogal: el pincel indio

El pintor cajabambino José Sabogal Diéguez (1888-1956) promovió desde las aulas y su trabajo el desarrollo del movimiento indigenista peruano. ​

24/3/2019


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

El hombre de los cabellos alborotados, de las madreselvas por cejas estaba predestinado al arte. En convertirse, como lo definiría en 1928 José Carlos Mariátegui, en el “primer pintor peruano”.

Primero, a los 9 años, se escapó del valle de Cajabamba (Cajamarca), donde había nacido, solo para conocer la inmensidad del mar que conocía de oídas. Se maravilló de ese verde esmeralda inconmensurable. Fue la primera vez, pero no la última, que huiría de casa.



Lima. Década 1930/José Sabogal, director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, acompañado por estudiantes de la época.

Luego, ya jovenzuelo, trabajó quemando caña en la hacienda azucarera Cartavio. Ahorró cada centavo soportando los duros oficios solo para poder concretar su viaje a Europa y ser testigo de su tiempo y empezar a estudiar pintura en Roma; luego se fue a Francia, a África. De 1908 a 1911 está en Europa. A su paso por España “recibe la influencia determinante de los pintores regionalistas: Ignacio de Zuloaga, Valentín y Ramón de Zubiarre y Hermenegildo Anglada Caramasa”, dice la Enciclopedia Biográfica e Histórica del Perú, de Milla Batres.

Después, hay un Sabogal que toma las petacas, vuelve para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Lima y después parte a Jujuy (Argentina) como profesor de una escuelita normal. Ahí tiene un encuentro con las raíces indígenas, lo que sobrevive en la tradición de las costumbres incas. Luego vuelve al Perú y se dice que en Cusco inició la etapa indigenista de su pintura. “[…] permanecí seis meses, tratando de interpretar su carácter, su bella luz plateada y sus dorados ‘soles de los gentiles’”, dijo en una entrevista de 1954 a Manuel Jesús Orbegozo, de La Crónica. Ponía su caballete en la calle y empezaba a pintar, rodeado de una multitud asombrada.



El recluta, 1926. Óleo sobre tela. 60 x 60 cm.El recluta, 1926. Óleo sobre tela. 60 x 60 cm.

Llama el indigenismo

Aquella exposición pictórica de 1919 en la casa Brandes sacaría roncha a la racista sociedad limeña, aunque cuatro quintas partes de aquel Perú era población indígena. A los académicos les sorprendió que “indios feos” estuvieran en un cuadro.

Pero Sabogal encontraría en el crítico de arte Teófilo Castillo un apoyo. El indio, con esta exposición, ya no era un elemento decorativo, un extra de la escenografía de su propio país, sino el protagonista del arte pictórico. Era la semilla para el cambio en el imaginario del país.

“Me tocó la suerte de ser el portaestandarte del movimiento iniciado, pero también fui la ‘cabeza de turco’ para la diatriba”, recordaba el pintor en esa entrevista con MJO.



La Santusa, 1928. Óleo sobre tela adherida a nórdex; 65 x 56 cm.

Parte a México ya casado con la escritora María Wiese. Allá entabla amistad con el trío de muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. La experiencia le sirve para determinar que está en la línea correcta. Un momento consagratorio en su carrera es su cooperación con el pensador José Carlos Mariátegui, y es autor no solo del logotipo y de las portadas más emblemáticas de la revista Amauta (1926-1930), sino también quien propuso el nombre de la publicación.

Renovador

No solo ilustró Amauta, sino también diversos libros (entre ellos el poemario Así ha cantado la naturaleza, de Daniel Ruzo). César Lévano resume en un artículo que Sabogal “renovó no solo la pintura, sino también las artes gráficas peruanas. […] Sabogal fue el creador de un tipo de libro peruano […] El dibujo de los títulos, los marcos y las letras capitales, el margen adecuado, el colofón imaginativo, los grabados a pluma o madera”. El artista también hizo trabajos en xilografía y muralista (la cúpula del Panteón de los Próceres y el Hotel de Turistas del Cusco).

En los años 30 fue nombrado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Estuvo una década a cargo de los destinos de la formación de los plásticos peruanos hasta 1943, y a los 24 meses fundó el Instituto de Arte Peruano, del que fue director.

Ahí se desarrollan artistas que son afines a la corriente indigenista, como Julia Codesido, Jorge Vinatea Reynoso, Camino Brent y otros. Con ellos había empatía para desarrollar un movimiento “que buscó instalar la temática nacional como auténtica expresión nacional”, escribió la crítica de arte Élida Román.

Sabogal era un faro. Desde el instituto promueve el estudio de las artes populares del país y, entre 1945 y 1956, publica cinco libros fundamentales sobre Pancho Fierro, el mate burilado, el kero o la imaginería peruana.

Durante un homenaje que le ofrecieron los intelectuales en Lima, en 1943, dijo Sabogal sobre el indigenismo: “Pero sí, somos indigenistas en el justo significado de la palabra, y más aún, indigenistas culturales, pues buscamos nuestra identidad integral con nuestro suelo, su humanidad y su tiempo”.

El trabajo de Sabogal buscaba desligarse de la influencia hispánica, no negar su ascendencia. “Pero debemos desligarnos de ella, en pos de conseguir una auténtica obra, nacional primero, luego americana y, por último, universal”.

Sabogal no solo fue inspiración para pintores, sino también para narradores como José María Arguedas y Ciro Alegría, músicos y arquitectos.

“Casi toda la pintura peruana de intención localista se deriva, de uno y otro modo, del ejemplo y las ideas de Sabogal, quien comprendió en su arte, según ha escrito Basadre, ‘el Perú en su variedad histórica, geográfica y étnica’”, dice Milla Batres.



Portadas. Revista Amauta de 1927 con dibujos de Sabogal.