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EDITORIAL

Todos somos el Perú

Hace unos días, el Ministerio de Cultura declaró al distrito de San Luis de Cañete “Repositorio vivo de la memoria colectiva de la población afroperuana”. Este reconocimiento no es un acto vacío, más bien es reivindicatorio para un segmento de la población que ha estado históricamente postergado.

20/1/2019


La viceministra de Interculturalidad del Ministerio de Cultura, Elena Burga, explicó en la ceremonia llevada en esa localidad del sur limeño que el objetivo es reconocer el aporte de la población afroperuana a la historia y desarrollo nacional.

Como se puede corroborar en diversos estudios, como en el libro La presencia afrodescendiente en el Perú, de Maribel Arrelucea y Jesús Cosamalón, la participación de la población negra en episodios de la historia de nuestro país ha sido constante, pero se le ha invisibilizado. Eso ha motivado que muchos afrodescendientes desconozcan su origen o sufran de los estereotipos creados por su color de piel.

Es valioso que desde el Estado se trabaje para distinguir el papel de esta comunidad y otras más que también padecen del cruel racismo. Las estadísticas que se manejan respecto a la población que se considera afrodescendiente siempre han tenido una constante. Los censos que han incluido la variante de identificación con algún grupo étnico han mostrado durante la historia el bajo nivel de vida en el que se encuentra un grueso de la población negra en el Perú.

Es una tarea pendiente reconocer el aporte de este segmento de la población. Para ello se debe huir de los encasillamientos. El aporte afroperuano va más allá del deporte y de la música. También han sabido destacar en otras áreas que contradicen cierto esquematismo mental.

Un caso conocido es el de Pancho Fierro, mulato nacido cuando el Perú era Virreinato; sin duda, es nuestro más famoso acuarelista. Gracias a él perviven una serie de personajes de su tiempo por haber sido inmortalizados en sus trabajos.

Del mismo modo, está el mulato José Gil de Castro, uno de los grandes pintores de finales de la Colonia y que sirviera de maestro para la escena plástica del Río de la Plata y Chile. Fernando de Szyszlo confesó más de una vez que cada cierto tiempo regresaba a ver el cuadro de José Olaya hecho por Gil de Castro para motivarse.

La población que es descendiente de los esclavos africanos traídos durante el Virreinato es numerosa y se encuentra repartida en la mayor parte del territorio patrio. Como dice una frase atribuida a Ricardo Palma: “Quien no tiene de inga, tiene de mandinga”.

Sus ocupaciones, como sus aportes, son diversas. Reducirlos a ciertos nichos laborales es una equivocación que se supera paulatinamente. Es una necesidad que todo peruano tenga la oportunidad de desarrollarse plenamente y que no sufra de discriminación por razón de su piel o extracción social. El ideal al que debemos aspirar como Nación es que los casos exitosos de personas con rasgos africanos, andinos o de otros colectivos relegados no sean una rareza, sino algo cotidiano.