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JUEVES 14

de noviembre de 2019

•FE EN EL VALLE DEL MANTARO•

Tullupampay calaveras engalanadas

Se llama Tullupampay o “hueso enterrado” y sucede cada 3 de noviembre, cuando las calaveras salen de las casas a recibir la misa en el cementerio antiguo de Chongos Bajos (Chupaca, Junín). Aquí se lucen las tradiciones sincréticas, occidentales y andinas.

3/11/2019


El fotógrafo tiene pinta de monaguillo y ojos de diablo galopante. Fan de Raphael desde más chiquito, ha llegado al cementerio antiguo de Chongos Bajo vestido de color noche. Pero cuando entró al camposanto, a ocho kilómetros de la ciudad de Huancayo, lo que sobraba al mediodía eran colores, cielo azulado y parroquianos.

Entonces las mamitas lo confundieron con uno de esos rezadores que se desplaza cada 3 de noviembre desde Lima, Huancayo o Chupaca hasta esta localidad de 4,400 habitantes. Él no se hizo de rogar, rezó un Padre Nuestro, rogó por el alma que alguna vez anidó en esos cuencos vacíos, ahora tapados con algodones. Los familiares se lo agradecieron. Y el fotógrafo jura que la calaverita sonrió, a pesar de carecer del maxilar inferior. Cosas de la fe.

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Es 3 de noviembre por la mañana y en el viejo camposanto de Chongos Bajo ya esperan las dos hileras de calaveras. Dejan al medio un camino por donde pasará el párroco bendiciéndolas. Las testas descansan sobre mantas multicolores. Algunas llevan chullos para no enfriar los recuerdos. Otras esperan la ceremonia, en sus urnas o con lentes de sol. Hay flores frescas, choclos dientudos, tanta wawas sabrosos, cigarrillos de marca.

El rito se llama tullupampay o “hueso enterrado”, en quechua, y los reportajes dicen que se remonta al siglo XVI. Quizá porque aquí, en Chongos Bajo o Villa de Santiago de León de Chongos, se ubica el Señor de Cani Cruz, una cruz de piedra caliza traída por los españoles en 1534 para extirpar las idolatrías. Se le prenden velas hasta hoy: Cani Cruz es el vestigio más antiguo de la fe católica en el valle del Mantaro.



Manuel Perales Munguía es arqueólogo y ha estudiado el tullupampay desde la década del 2000. Ha buscado sin suerte documentos o data en los archivos del valle que hablen de esta ritualidad sincrética andina y católica. “Sería bastante especulativo afirmar que el tullupampay es del siglo XVII. No hay registros históricos ni evidencia categórica que diga que viene de la Colonia”. No existe, solo se presume.

Tampoco se descarta que el tullupampay (la misa con las que se reza y bendice a las calaveras) haya existido en otras localidades del valle del Mantaro. Porque hoy, inclusive en Huancayo, se las considera protectoras del hogar. Es decir, son guachimanes a las que se paga con rezos, caramelos o cigarros, su servicio es de 24 horas, los 7 días a la semana. De la importancia de la testa humana para estos fines sí se tiene data desde la época colonial. Como si sin cuerpo, la testa tuviera solo tiempo para ser vigía de una casa o centro laboral.



Es probable que estemos frente a una práctica mucho más extendida en todos los Andes Centrales. Gerardo Fernández Juárez, investigador de la Universidad de Castilla, La Mancha, publicó un estudio sobre una costumbre similar que se lleva a cabo el 1 de noviembre en el Cementerio General de La Paz. Allá las “ñatitas”, o cráneos humanos, asisten a misa engalanados, mientras pasan de generación en generación en los hogares paceños.

El arqueólogo Perales cree que el mayor riesgo no es la pérdida de la fe de los mileniales en las calaveritas, sino que los representantes de la Iglesia católica no deseen continuar con esta tradicional misa del 3 de noviembre. Sucedió hace tres años con un sacerdote que no estaba de acuerdo con celebrarla por considerarla pecaminosa, idolátrica, que iba en contra de la fe católica, pero terminó haciéndola a regañadientes por presión social. Por ello, Perales reitera su pedido a las autoridades de Chongos Bajo para hacer los trámites y que se declare patrimonio inmaterial al tullupampay para que se salvaguarde la manifestación.

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Una de las calaveritas que espera la llegada del párroco se llama ‘Luchito Iriarte’. La señora que lo trae dice que ambos se cuidan. “Lo quiero y también me quiere”, afirma.

“En mi sueño se ha revelado. Me ha dicho: yo soy capitán de la PIP, yo te voy a hacer respetar con esas personas que te ofenden. Avísame”. Ella lo ha visto. “Es un gordito, chatito, morenito. Así se ha revelado”. Le preguntó, ¿cómo te voy a llamar, papá? Y le dijo, Luchito Iriarte. “Di que soy tu tío y te voy a hacer respetar”. De eso ya hace 30 años. Y la señora todos los años saca la calaverita para rezarla en la misa del tullupampay.

Manuel Perales, quien investiga este ritual desde el 2000, dice que es común escuchar historias donde a las personas de una familia donde está alojada la calavera se les ‘revele’, paulatinamente, a través de los sueños, quién fue esa persona, además de saber su contextura y tamaño.

Décadas atrás, explica, se hacían faenas de limpieza del cementerio de Chongos Bajo antes del Día de Todos los Santos. Se recuperaban las osamentas, se las juntaba y se hacían una misa en su honor. Luego, se ponían los huesos en una fosa de la necrópolis y se quedaban con sus calaveras. En otros casos, han encontrado fortuitamente una calavera en la chacra, por ejemplo.

Otras historias son las de osamentas recuperadas de seres queridos en exhumaciones en el cementerio en cambios de nichos, por ejemplo, y se quedaron con las cabezas de padres, abuelos. Inclusive hay casos de hijos. Siempre les aconsejan sobre cómo cuidar mejor la casa y ellos les prenden su cigarro, les dejan caramelos, los adornan.

Como todo acto de fe, esta tradición dependerá si se cree o no. Hay quienes no quieren seguir con la tradición y tratan de deshacerse de la calaverita, lo que genera problemas mayores: pesadillas, por ejemplo. Finalmente, deciden mejor guardarla y continuar con una o más calaveras en casa sonriendo a la eternidad. Cuestión de fe. (José Vadillo Vila)